Investigación

Una lupa extranjera sobre los ejércitos franquistas (I)

Ángel Viñas

En la abundante literatura sobre el franquismo ha existido siempre una tensa controversia acerca del papel político de los militares. Hay autores, en general en la derecha, que señalan que este papel no correspondió a la institución armada sino a ciertos personajes dentro de ella. En tal sentido, afirman, no cabe hablar de un “poder militar” y sí del “poder” de determinados militares. Otros autores, por el contrario, destacan el papel de las Fuerzas Armadas. Fue multifacético: cantera de personal político, generadoras de ideas y actuaciones, reserva y complemento de los cuerpos de seguridad y ultima ratio del sistema. Yo he añadido siempre los indicios que se derivan, en términos operacionales, de los despliegues realizados a lo largo de treinta años por el Ejército de Tierra. Casi siempre lo fueron con la mirada puesta en el interior.

Las Fuerzas Armadas se convirtieron en el principal bloque de poder dentro del magma que dio soporte a la dictadura. Se forjaron en una cruenta guerra civil. La entendieron nada menos que como la manifestación concreta de un combate planetario contra aquel enemigo por antonomasia de la civilización cristiana que era el comunismo. Contribuyeron a mantener el “nuevo Estado” sobre los escombros de un país golpeado y una gran masa de la población sojuzgada. Los vencedores la creían capaz de volver a las andadas a la primera ocasión. Como señaló Gabriel Cardona, la mentalidad que desarrollaron se sintió muy

“poco preocupada por el perfeccionamiento profesional, [fue] muy combativa políticamente y [estuvo] obsesionada por conservar la pureza ideológica de la guerra, centrada en las virtudes militares de disciplina, orden y jerarquía, junto a los valores anticomunistas, nacionalistas y católicos”.

Sociólogos y politólogos han cuantificado y analizado la metástasis producida en los agigantados aparatos de seguridad del Estado. También han examinado cómo los uniformados, profesionales de antes de la guerra o “educados” en esta, se infiltraron por los más insólitos vericuetos de la Administración y de la gestión gubernamental. Parcelas enteras de la política pública quedaron bajo su control. Ocurrió tanto a nivel directivo como en los escalones ejecutivos. En estos últimos militares y falangistas (a veces combinando las dos características pero casi nunca “hermanados”) se desparramaron cual mancha de aceite.

En tales condiciones, y con millones de arreglos de cuentas pendientes, hubiese resultado realmente sorprendente que quiénes habían alcanzado la VICTORIA no intentaran difundir un ethos y una praxis muy específicos. Lo hicieron en consonancia con añejos postulados del militarismo español. También en base a la arrogante creencia en su supremacía sobre el poder civil. Este no lo consideraban sino contingente y que no siempre había representado los intereses permanentes de la PATRIA. Un especialista, José Gómez Olmeda, describió tal talante en los siguientes términos:

“Las Fuerzas Armadas triunfan en un conflicto armado absoluto, en el que al enemigo se le considera como la personificación del mal y el objetivo de la contienda es destruirle tanto como sea posible (…) Una de sus secuelas demayor peso es la consolidación de la percepción de la amenaza en el escenario nacional y el acento en la teoría del enemigo interior”.

Naturalmente esta teoría echaba raíces que llegaban hasta los comienzos de la Restauración. La guerra civil añadió dos elementos novedosos: uno, la eliminación de cualquier restricción constitucional o para-constitucional y el segundo la necesidad de asentar, en último término, la nueva dictadura a la sombra de las bayonetas.

Mientras duró la dictadura las embajadas extranjeras hicieron informes sobre los más diversos aspectos de su comportamiento interno y externo. Cualquier historiador digno de este nombre lo estudiará hoy combinando la documentación con la generada por la Administración española. Por desgracia, y para el tema militar, podemos afirmar que el actual Gobierno del PP, con su cerval miedo a la historia, ha reforzado los candados a los archivos militares del franquismo. En opinión del ilustre ministro de Defensa las Fuerzas Armadas (FAS) están para otra cosa y para desclasificar papeles. Menos mal. Que las FAS cumplan su papel técnico en un Estado democrático es sumamente tranquilizador. También parece haber señalado el distinguido Sr. Ministro que abrir los archivos puede crear cierta incomodidad a países vecinos. Tendría toda la razón si supusiéramos que la Francia de Vichy o el Tercer Reich puedan sentirse molestos. Sin embargo los países que nos rodean (más Estados Unidos) llevan años abriendo sus archivos y documentación sobre España sin tener en cuenta tales significativos pudores por los cuales no le felicitamos.

En estos posts trataré de invertir la situación. Acudiré a los archivos británicos y examinaré como se vieron en Londres y en la embajada en Madrid el papel y los problemas de las FAS durante el franquismo. Por lo menos en sus rasgos esenciales. Añadiré que si alguien se molesta, lo sentiré mucho pero quien se pica ajos come. Para contrarrestar las opiniones foráneas nada mejor que dejar de hacer el avestruz y sacar la ropa a la luz del día. ¿O es que por casualidad la ropa podría estar sucia?

No haré uso de documentos norteamericanos. ¿Por qué? Porque los norteamericanos se imbricaron hasta los tuétanos en los rodajes del aparato de disuasión franquista. No hicieron mucho caso de la pregunta que el presidente Eisenhower se planteó en mayo de 1956 ante las vehementes demandas españolas de que convenía modernizar a todo trapo el Ejército de Tierra. ¿Para qué lo quieren?, expuso retóricamente. No serviría de cara a un conflicto en el que se viese involucrada la OTAN. Eisenhower se dio a sí mismo la respuesta: lo que los españoles necesitaban era “un pequeño ejército competente –a good little army- para mantener estable el país”. Coincidía con Franco en esto último. No entendió, quizá, que el Caudillo, aparte de arrendar la seguridad exterior y hasta cierto punto la soberanía nacional, también clamaba por algo más que no fuera un escuálido plato de lentejas.

Los británicos fueron más imparciales. El Reino Unido nunca destacó por su beligerancia contra la dictadura. Ahora bien, por razones de política interna tampoco se lió demasiado con ella. Es más, en ocasiones mantuvo un pulso con la misma a causa de la encendida y periódica retórica franco-falangista en torno a la recuperación de Gibraltar. Nunca les preocupó demasiado la gritería en tal sentido. Sí se abstuvieron de suministrar a las FAS durante años. Sabían que a la Armada no le hubiera venido mal, dado el respeto que a sus cuadros superiores seguía inspirándoles la Royal Navy. Lo que aquí nos interesa son, sin embargo, sus valoraciones sobre la eficacia y papel de las FAS y, en particular, del Ejército de Tierra. A ello se dedicarán los próximos posts.

(continuará)

Categorías:Investigación

Tagged as:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s