Artículo histórico

Enrique Tierno Galván: no basta con tener coche y nevera

José María Brunet y José M. Siles

Los personajes políticos son ilocalizables en los calores madrileños. El Profesor Tierno Galván presidente del Partido Socialista Popular, es excepción. Cuando queremos encontrar la casa en que nos ha citado topamos con un centro religioso: «Madre, ¿usted sabe si viene por aquí don Enrique Tierno?». Pero la monja no conoce a ese señor. Se lo contamos luego al ilustre Profesor de Derecho Político y sonríe: «Ellas sólo se preocupan de rezar y de ganar cada vez más dinero con sus enseñanzas». Nos ha recibido impecablemente vestido; chaqueta cruzada y chaleco. «¿No siente calor?». Vuelve a esbozar una leve sonrisa y nos hace ver que si se destapa se enfría; que es la costumbre que tiene desde que era pequeño, adquirida en un pueblo de Soria al que se trasladó la familia tras su nacimiento en Madrid. El rostro, casi blanco, muestra rasgos cansados: «Esto de la retina es muy pesado; llevo ya varias operaciones.» Unas gafas oscuras le protegen de la luz; pide que el flash lo dirijamos al techo. Las llamadas telefónicas se suceden; todos le felicitan por su reingreso en la Universidad: «Es el cumplido, pero yo sé que lo hacen de corazón y no solamente por la convención social. Es de agradecer.»

En el despacho se amontonan los libros; nosotros, en una sala anterior, nos acomodamos frente a una diminuta mesa de camilla. El Profesor comienza su lección y casi nos da la impresión de estar en una de esas reuniones clandestinas en las que el señor Tierno ha ido sembrando, tras su expulsión de la Universidad, la semilla socialista que ahora parece recoger. Se muestra muy moderado, pero considera que es preciso unir esfuerzos y no lanzar diatribas contra las fuerzas políticas con las que no se está totalmente de acuerdo. Es un pensamiento que le va obsesionando a lo largo de toda la charla. Nos había abierto él mismo la puerta. Ningún otro signo de vida, salvo un perro juguetón que nos impedía la marcha al terminar la entrevista.

La cálida voz femenina que nos sirvió telefónicamente de enlace no aparece. La timidez innata de don Enrique nos impide preguntarle demasiadas cosas personales. En la pared, un reloj marca obstinadamente el ritmo de nuestra charla. Es sosegada, tranquila; las contestaciones se hacen largas, extensas, primorosamente elaboradas y planteadas con lúcidos razonamientos. En la salita hay varias pinturas. Una litografía nos ofrece la figura de Quevedo. Las palabras del Profesor Tierno nos recuerdan la fluidez incisiva de aquél, pero no así el aire de timidez frente al aparente desparpajo de la prosa quevediana. A nuestras espaldas toda una colección de novelas policiacas: Ágata Cristie, Simenon…

«Afortunadamente ya no somos el “Partido del Profesor”. Mis amigos estaban de acuerdo conmigo y no habían demasiados puntos de discusión; ahora tenemos mucha gente y no somos más porque no sabemos qué hacer careciendo de suficientes cuadros», nos dice. Esto ocurre así «porque el español está muy vinculado al verbo apuntarse». Parece no gustarle demasiado el papel de líder y acepta complaciente el deseo nuestro de intentar desmitificar su imagen: «Sí, es verdad que me han convertido en mito. Eso no me gusta nada. Todos somos del mismo barro; lo que ocurre es que unos han estado en mejores condiciones que otros, o han tenido unas posibilidades mayores que otros». Piensa que, cualitativamente, todas las inteligencias vienen a dar un índice muy parecido. Su modestia no nos parece falsa. Tras los cristales oscuros protectores y los propios de su miopía nos imaginamos los ojos de un hombre que dice lamentar el haber dedicado demasiado tiempo al trabajo teórico: «Eché demasiado en falta el no haber vivido más intensamente». Unos ojos cansados, pero dispuestos a seguir luchando por las ideas que han hecho a Enrique Tierno Galván relegar a un segundo plano su actividad teórica para pasar a la praxis unos conceptos que considera esenciales para la evolución social. Nos dice que su Partido es marxista, pero con nuevas dosis de Humanismo. Que él lucha por hacer ver a los militantes que existen otros soportes revolucionarios que no son los clásicos.

—Pero, ¿asimilará la gente de la calle ese lado humanista que pretenden infundir ustedes a las directrices del Partido Socialista Popular?

El que podemos ser un partido de masas, con gente que intuya los verdaderos valores que nosotros pretendemos defender y realizar, es algo muy claro. Después de cuarenta años de corrupción hay una inclinación por la pureza y por encontrar alguien que pueda encamarla. El hombre que tenga coche y nevera no habrá perdido, por ello, conciencia de los valores; sabe muy bien que eso no basta y no es feliz.

—¿Qué les separa del PSOE?

Yo creo que hay unos elementos residuales y inertes que aún no se han disuelto. Será preciso entrar en unas conversaciones que permitan limar las diferencias.

Pasamos luego a dialogar sobre temas muy diversos. Le interrogamos sobre la opinión que le merece una enseñanza alejada de todo contenido político e ideológico. Y el Profesor confiesa que los problemas ciudadanos deben ser comprendidos por el niño: «Si lo que me preguntan es si el niño debe ya militar en algún partido, yo les contestaría que eso me parecería exagerado». Luego saldría, inevitablemente, el tema de la amnistía..

—Bueno, no ha sido una amnistía plena, sino parcial. Ha sido una mezcla de amnistía e indulto. Unos salimos mejor, otros peor; y cuando hay una parte privilegiada no se puede decir que predomine la equidad. En ese sentido, la amnistía no es satisfactoría. Lo de los militares, por ejemplo, me parece totalmente injusta Porque los militares sancionados por los vencedores eran los que defendían la legalidad legítima. No sé hasta qué punto se puede amnistiar a alguien por ser fiel a sus juramentos.

Aparte de eso, las restrícciones son muchas. La amnistía, en el orden laboral, ha sido muy mermada. La cuerda se ha roto por lo más flojo. En algún aspecto se podría apreciar que ha habido una cierta discriminación que, por una circunstancia u otra, atañe a la región vasca particularmente. No se trata solamente de los delitos de terrorismo, sino que la amnistía podia haber llegado más allá. Si no es tan amplia que se detenga en el límite justo del que ha derramado sangre, me parece que la amnistía podría considerarse discríminatoría para los vascos; y eso es malo para todos. La amnistía tendría que ser muy generosa porque en nuestro país se han dado unas circunstancias de tal condición que, realmente, cuando se reflexiona sobre ellas uno ve justificada una amnistía amplísima.

—El Gobierno Suárez hablaba del interés de dialogar con la Oposición. ¿En qué medida se está cumpliendo esa intención y en hasta qué punto el PSP se ha beneficiado del diálogo?

El Presidente del Gobierno ha hablado con los grupos principales de la Oposición. Y no me refiero a los principales cuantitativamente, puesto que no ha tenido en cuenta a los que se mueven en las diversas nacionalidades. Pero ha hablado con Ruiz-Giménez, con Gil-Robles, con el PSOE, con el PSP y con otros grupos que están intentando coaliciones. Aunque creo que todavía no ha hablado con el Partido Comunista; éste tiene un peso específico que le impedirá quedar marginado. ¿Beneficio? Bueno, en el orden de un solo partido no creo que haya beneficios. Si acaso es un beneficio general derivado de haber roto la muralla que separaba al Gobierno con ese grupo amplio llamado Oposición. Y todo lo que sea conversar y dialogar es un acto positivo, aunque no conduzca a ninguna parte en cuanto negociación.

—¿Y qué diferencia hay entre este diálogo y el que había «permitido —así, entre comillas— Fraga cuando estaba en Gobernación?

Esas comillas son importantes. Aquél era el comienzo, pero se cortó. Aprovechando aquella experiencia, me parece que el Gobierno actual ha ido más lejos. Pero ésta es una apreciación mía, no del Partido. El Gobierno está intentando conseguir, con las particulares condiciones actuales, lo que hizo Cánovas: un pacto político que no implique ninguna transformación social y económica. Pero tiene un fallo esa salida, que es no romper con los intereses heredados y con los futuros. Lo que estaría por ver es si es viable este proyecto en las actuales condiciones españolas.

COORDINACIÓN DEMOCRÁTICA Y EL CAMBIO

Nos dice que la Platajunta está en una situación de reorganización. Que el marco se va haciendo más flexible y, por tanto, más ambiguo. También hay que reconocer que en Coordinación Democrática faltan integrar fuerzas esenciales: las plataformas regionales y otros grupos de importancia.

«Me parece que C.D. es una entidad conveniente que en ningún caso puede desaparecer y a la que es preciso vigorizar; en otro caso caeríamos en el error de ostentar más fuerza de la que poseemos en realidad».

El Profesor siempre se ha declarado enemigo de la violencia, de las soluciones violentas. En un aparte nos contó que había jugado al fútbol, como defensa, en su pueblo; pero mostraba su disconformidad con aquel «juego arbitrarío de los pueblos». Su misma personalidad le dificulta enfrentarse con posibles contextos en que la violencia esté presente. ¿No le asusta el «otoño caliente» que parece avecinarse?

El creer que la violencia no piense en que la violencia no existe. Además, está en la naturaleza humana. Hemos vivido en el seno de una cultura violenta y ahora no nos la vamos a quitar como quien se quita la chaqueta. Probablemente se producirá violencia, pero no creo que —en este caso— la violencia sea una solución para la España de hoy porque el control de la violencia, pasado cierto nivel, lo tiene realmente aquel sector de españoles que no están —aún— convencidos de las ventajas de la democracia. Al margen de las consideraciones morales cuando la violencia rebasa cierta cota se puede producir una reacción contra esa violencia que puede retrasar las auténticas salidas hacia la democracia en este país. Creo que en pocos casos la violencia es una solución, pero —concretándonos a España— el desarrollo de la violencia es algo que no vendría mal a la derecha turbulenta ni a la derecha que todavía no cree en la democracia.

—En las explosiones del pasado julio, ¿qué intuye usted?

No quiero opinar porque no tengo muchos elementos de juicio, pero soy reacio a aceptar que ha sido una organización de extrema izquierda la que lo ha hecho. Creo que hay elementos extraños. Soy reacio tanto por las condiciones en que todos sabemos se produjeron los atentados como por el recuerdo vivo de lo ocurrido cuando la explosión de la calle del Correo. A veces veo la televisión; no por auto-torturarme, sino porque tengo interés en ver cómo modulan las cosas, cómo las organizan y cómo las exponen. En aquel entonces oí a un técnico de la policía con una explicación en que los nexos causales parecían perfectos, en que se acusaba a bastantes personas y en que todo estaba resuelto y aclarado definitivamente. Aparecieron pisos francos, huecos en los que se escondían armas y objetos de propaganda, etcétera. Conforme ha ido transcurriendo el tiempo, todo aquello se ha deshecho. Los tríbunales militares han tenido que sobreseer, uno a uno, a todos los implicados en ese asunto. La formulación de los expertos era equivocada. Después de aquella experíencia es lícito pensar que ahora sea un caso análogo y que toda la explicación estaría perfectamente causalizada, pero con visos de que podría repetirse el error de antaño. Me incliné a pensar que tantas posibilidades tiene de ser obra de la extrema izquierda como de la extrema derecha. El asunto, sin embargo, no me parece nada claro.

—¿Considera a la ultraderecha con fuerza suficiente como para frenar el proceso democrático?

—Si los demócratas tenemos suficiente capacidad para esperar desde nuestro nivel de burguesía y pequeña burguesía; si el trabajador proletarizado y consciente de su condición no lleva su protesta a un límite que provoque reacciones que destruyan nuestros esquemas, yo creo que la extrema derecha no tiene ninguna posibilidad. Ella está pensando en que nosotros, con nuestros errores, le vamos a dar la posibilidad de justificar su actitud

EL REGRESO A LA UNIVERSIDAD

El tiempo se va agotando. Las preguntas se agolpan, las contestaciones se condensan y el Profesor va desgranando, condescendiente, sus opiniones sobre la mujer, sobre su papel en la lucha política o sobre su escasa ambición por encumbrarse:

«Para mí el Poder no tiene atracción. La erótica del Poder no significa nada para mí. Es cierto que sin poseerlo no se puede transformar la sociedad, pero no me atrae». Durante largos años, la mujer ha sido para Tierno Galván «el objeto de la atracción y del deseo»; nos dice que llegó a darse cuenta tarde de que la mujer es el camarada ideal. Pero tenemos que terminar la conversación y volvemos a felicitarle por la anulación del expediente académico que pesaba sobre él.

Muchas gracias. Realmente, lo ocurrido es algo que me satisface. Y no tanto personalmente —yo había montado mi vida desde fuera de la Universidad—, sino como un triunfo para todos los que han pedido mi vuelta: los claustros, los alumnos…

Me parece una gran conquista que demuestra que la Universidad posee una capacidad de penetración, en el orden político, que nunca ha tenido. Jamás se ha hecho caso de estas cosas. En el sentido de triunfo político estoy muy satisfecho, A pesar de todo, aunque yo haya construido mi vida al margen de la Universidad, me satisface volver a ella. Al fin y al cabo la enseñanza siempre ha sido el eje de mi actividad. Gracias a las clases particulares podía mantenerme y subsistir. La vuelta de ahora me satisface; podemos estar contentos. que se lleva los millones a Suiza», le preguntamos.

Esa no es la derecha, sino el franquismo residual. Gente que no tiene ideales políticos ninguno: ni democráticos ni antidemocráticos. Pertenecen a lo que solemos llamar los animales corrompidos y corruptores. Los millones se los pueden llevar una parte minoritaria de la población que dispone de esas cantidades. Una población que está fuera de donde debe estar: la cárcel. Hay sectores aquí, de extrema derecha, pues son los que creen que pueden perder; y por eso pretenden huir. Lo que es una creencia absurda porque nadie tiene por qué huir de España si llega una democracia; y sobre todo una democracia burguesa, que es lo que va a venir.

—Antes de llegar a las corrientes homologables con las social-democracias europeas, ¿qué otros grupos contempla en el actual panorama político?

Al margen de la derecha, hay una zona liberal que no puede clasificarse como derecha democrática, pero que está perdiendo los prejuicios y ve con mucha simpatía a la izquierda democrática. Es una zona que se define por comprender que no basta, solamente, con una reforma política; que es preciso una reforma social y una reforma económica profundas. Hay sectores liberales de gentes que, sin estar metidas en partidos poUticos, participan de la idea de la necesidad de un cambio que haga todo más justo a través de acciones concretas. Es un sector constituido por observadores, por personas marginadas, pero que saben la imposibilidad de que la situación continúe así. Un sector poco numeroso, pero importante.

—¿Dónde comenzarían, pues, las izquierdas?

Opino que las izquierdas vienen definidas hoy en España por todos aquellos que creen que el pacto político es absolutamente insuficiente si no es prolegómeno de un cambio social y económico profundo que lleve a una mayor equidad en la distribución de la riqueza y a una mayor perfección en la convivencia. Y aquí podremos encontrar desde la socialdemocracia hasta la izquierda que cree que este cambio tiene que ser tan profundo que pueda ser considerado revolucionario y que tiene que hacerse desde supuestos marxistas leninistas o maoístas. Esta izquierda es muy numerosa y fraccionada. Pero ese fraccionamiento está producido por circunstancias ocasiones y posiblemente breves. La homogeneidad en la izquierda llegará, en corto plazo, a ser casi total.

La social-democracia: El Profesor Tierno nos indica que esta corriente vendría definida por la idea de que es preciso hacer una reforma social y económica profunda, pero compaginándola con los intereses del sistema capitalista ya que éste lleva, en sí mismo, la necesidad de un cambio. Por lo que lo que le interesaría al capitalismo es transformarse cuanto antes; al acelerar el cambio, lo único que se hace es coincidir con los propios intereses del sistema. «El neocapitalismo se ha dado cuenta de que es preciso romper los moldes antiguos y llegar a una distribución y a un perfeccionamiento en los beneficios del capital». Frente a esta tesis está la que defienden los socialistas, que consistiría en pensar que lo que se precisa es sustituir el capitalismo y no en dejar que las propias contradicciones internas cambien o modifiquen sus estructuras. El problema que se le presenta a un socialista es cómo sustituir el capitalismo: «Su evolución no lleva a la autodestrucción; y si un proceso dialéctico pudiera pensarse que va a provocar su destrucción, sería en un tiempo histórico tan lejano que no tenemos derecho a admitir que ese tiempo histórico entre dentro de los cánones de la Etica». Por lo que el papel moral de los socialistas no es hacer esperar a muchas generaciones de gentes destrozadas, sino destruir el capitalismo y sustituirlo utilizando las tácticas más apropiadas para cada momento y lugar. Los socialdemócratas piensan que, por sí solo, el capitalismo les cederá el Poder para crear una sociedad socialista. «Nosotros los socialistas, creemos que eso no es viable».

Los socialismos: El socialismo de izquierdas -—entre el que se encuentra el PSP— se esfuerza por no colaborar con el capitalismo, de tal manera que éste siga su propia dinámica. También, agrega el señor Tierno Calvan, se esfuerza por destruir cualquier posibilidad de supervivencia que el capitalismo tenga. Este socialismo de izquierda tiene los mismos intereses que el comunismo, «pero desde otros supuestos, porque el comunismo no se ha planteado algunos problemas de hoy por su actuación desde esquemas antiguos». El Profesor aplica un símil humorístico, haciéndonos ver que sus amigos comunistas no se van a molestar por su comparación: «El comunismo es como un hipopótamo; es tan grande y pesa tanto que cuando se lanza tarda en parar. Si los partidos comunistas toman una posición la aplican durante mucho tiempo antes de corregirla. Otros partidos, menos fuertes y menos numerosos, son como un gamo; tienen menos peso y pueden parar antes». Explica que el comunismo está en trance de cambiar sus hipótesis de trabajo, sus proyectos y supuestos; están empezando a releer algunos de los criterios de Lenin y de Marx. Comienzan a comprender qué es lo que debe interpretarse por masa, por disciplina, por obediencia al Partido, por Unidad del Partido: «conceptos, todos, que tienen que renovarse». Los socialistas de izquierda estarán, hasta que aquéllos los renueven, cultivando antes un terreno en el que «forzosamente vamos a coincidir con ellos».

Las otras izquierdas: «Más allá de ese comunismo «lento», que ha de revisar sus posiciones están conviviendo con la burguesía unas izquierdas que creen como posible el asalto súbito al Poder. Están tiñiendo al comunismo de una especie de púrpura conservadora, de la que se está liberando el socialismo de izquierda. Falsa púrpura, purpurina; se confirma, una vez más, eso que yo digo siempre: «A la izquierda de la izquierda siempre cabe otra izquierda, pero a la derecha de la derecha no cabe nada».

—¿Hasta qué extremo cree necesaria la actuación de esta izquierda? ¿Qué misión socio-política cree que cumple?

Es necesaria y respetable. Me lo echan en cara: «¿Cómo puede usted decir que la extrema izquierda es necesaria…?». Pues porque esa izquierda tiene a su cargo el decir las verdades; y eso es ya muy importante. Por razones tácticas, por estar más metidos en la batalla contra las fuerzas establecidas, los partidos que están están en la izquierda pueden callar las cosas; incluso no decirlas como son. La verdad como utopia quien la dice es la extrema izquierda; muchos de nosotros nos callamos. Tiene ese sector un papel de «fermento», incluso son la conciencia de cuando nos desviamos, de cuando no cumplimos y de nuestros errores. Son la conciencia de excesivas concesiones tácticas.

. —¿Y a la hora de las elecciones?

Creo que deberán tener los derechos electorales como cualquier otro sector político. Tendrán derecho a reclamar su clientela y ésa será una forma de medir su auténtica fuerza. Cuando se produzca el revulsivo social de una revolución económica, la extrema izquierda va a tener un papel importantísimo. Un gran núcleo de la sociedad europea se va a dar cuenta de que muchas de las cosas que quiere están ahí: en la extrema izquierda.

—¿Y las plataformas electorales? ¿No ve difícil la unión efectiva y eficaz de todas estas izquierdas que ha ido analizando?

La unión, efectivamente, es muy difícil. Pero considero que no debemos dar cartas a las derechas; es preciso que ahora hablemos de los puntos que nos unen y no de los que nos separan. En ese futuro democrático, al que nos dirigimos, habrá dos tendencias: una que mantendrá una posición social-democrática conservadora, al estilo alemán y sueco; otra que avanzará cada vez más hacia la izquierda.

Interviu, 28 de septiembre de 1976

www.interviu.es

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