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Los rebeldes y bohemios periodistas de 1900

Miguel Ángel del Arco

Los cinco cronistas bohemios escogidos fueron de los que más hicieron por el periodismo. Son los nombres que podrían recibir mayor consenso entre los estudiosos del periodismo, de la literatura y de la bohemia. Todos fueron bohemios sin disimulo, como veremos por sus biografías; todos participaron en los movimientos de la Gente Nueva; todos practicaron como profesión principal el periodismo; todos colaboraron en un buen número de periódicos, y la firma de todos ellos fue admirada y respetada durante aquellos años de finales del siglo XIX y de inicios del XX.

Ningún investigador pondrá en duda que Alejandro Sawa, Joaquín Dicenta, Antonio Palomero, Luis Bonafoux y Pedro Barrantes fueron grandes periodistas, bohemios y cronistas. Sus actitudes vitales, sus lenguajes nuevos, sus denuncias de la España del caciquismo, sus aspiraciones de modernidad, su manera de contar lo que pasaba, sus relaciones, su liderazgo, sus peripecias nocturnas… Fueron protagonistas del fin de siglo y ayudaron, sin pretenderlo, a sentar las bases del periodismo que se hizo después. Y lo que quizá sea más importante: lo que escribieron en los periódicos merece la pena leerse hoy, ya que muchas de sus crónicas y reportajes han soportado el paso del tiempo.

Cuando el periodismo empezaba a asentarse como profesión mostraron su talento estos cronistas bohemios. Formaron parte activa de la llamada Gente Nueva, fueron inmortalizados en 1888 en el libro de Luis París, compartieron tertulia y paseos nocturnos con noventayochistas y modernistas, se opusieron sin complejos a la Gente Vieja, criticaron la España del caciquismo, firmaron historias que tenían mucho de sociología y fueron reclamados por los principales periódicos.

Los cinco vivieron una peripecia parecida: llegaron a Madrid, para quedarse, desde otros lugares de España, deambularon por las tertulias, pasaron necesidades y estrecheces, epataron a los burgueses, escribieron mucho en los periódicos, o los dirigieron o emprendieron proyectos periodísticos. Todos desarrollaron un estilo propio que los distinguió y que se erigió en su carta de presentación: el humor ingenioso de Antonio Palomero, la ironía y mordacidad de Luis Bonafoux, la denuncia culta de Alejandro Sawa, la investigación incisiva de Joaquín Dicenta, el tremendismo lírico de Pedro Barrantes.

Casi todos tenían estudios universitarios, lo que desmiente algunos estereotipos que relacionan a la bohemia con la golfemia, la vaguería y la ignorancia. Al contrario, en sus textos demuestran una considerable cultura, y en la forma de enfocar sus denuncias e investigaciones, su narrativa, encontramos semillas de lo que luego será el nuevo periodismo, el periodismo narrativo, el periodismo social, el periodismo de datos o el periodismo ciudadano. Es decir, investigación, preparación intelectual, reportaje, rigor, comprobación y estilo.

Coetáneos y compañeros de viaje de los modernistas, formaron parte de lo que se conoce como la Edad de Oro del periodismo y practicaron lo que aconsejaba en su manual teórico Rafael Mainar, El arte del periodista, en 1905. Por ellos, por los trabajos de los cinco, leemos hoy cómo vivían los mineros, qué pasaba en las cárceles o en los hospicios; nos encontramos con crónicas de viajes, con relatos sociales, con el seguimiento en primera fila del asunto Dreyfus, con críticas al papel que estaba desempeñando alguna prensa, con mandobles inmisericordes a los malos gobernantes, con retratos puntillistas de la sociedad española, con fotografías de la miseria…

Los cinco tienen una obra periodística importante, pero también una obra literaria, porque todos publicaron novela, teatro, ensayo y poesía. Luis Bonafoux fue para muchos el mejor cronista del momento: sus textos destilan agilidad mental, brillantez, información de primera mano e intención. Corresponsal en París del Heraldo de Madrid, siguió el asunto Dreyfus y trabó amistad con Émile Zola. Joaquín Dicenta bajó a la mina para escribir los primeros reportajes de mineros, en Linares y en Almadén. Periodista emprendedor, dirigió Germinal y El País, y lo reclamaban para cuanto proyecto periodístico se ponía en marcha. Antonio Palomero fue también autor de teatro y traductor del francés, y con su pseudónimo Gil Parrado fueron célebres sus crónicas parlamentarias y políticas en romance. Pedro Barrantes desempeñó el papel de hombre de paja: figuraba como director de periódicos para pagar él mismo con la cárcel las denuncias y condenas al medio. También practicó el tremendismo en sus poemas, y es autor de biografías polémicas como la del general Polavieja. Alejandro Sawa fue el más internacional y adelantado de todos, con su estancia en París y su trato con Víctor Hugo y Paul Verlaine. Por si quedara duda de su trascendencia periodística, fue uno de los primeros ‘negros’ de los que tenemos constancia: él escribió varios de los reportajes que firmó Rubén Darío para el periódico La Nación, de Buenos Aires.

Todos fueron bohemios, en mayor o menos medida, no sólo porque llevaron vida desordenada, nocturna, pegada al café y al vino, dedicada en buena parte a epatar al burgués y a criticar el poder establecido, también porque fueron inconformistas y adoptaron una estética y unas maneras claramente provocadoras para la sociedad biempensante del Madrid de la época. Se interesaron por los bajos fondos, los visitaron, denunciaron la situación de los barrios de reciente creación por la llegada de inmigrantes… Y, como periodistas de raza que eran, lo contaron.

Fueron periodistas dignos de estudio porque ejercieron la profesión con las fórmulas exigibles hoy día al mejor periodismo: curiosidad, investigación, búsqueda de la verdad, control del poder, mirada personal, compromiso, independencia y estilo cuidado.

Podría pensarse que tales perdularios escribían en publicaciones alternativas o en los cientos de panfletos y libelos que entonces se editaban. Pues no, estaban contratados por la prensa generalista, firmaban en los grandes diarios de grandes tiradas: El País, El Globo, El Liberal, Heraldo de Madrid, La Época, El Imparcial, Alma Española, Don Quijote, El Evangelio

Estos cronistas confirman que la bohemia tuvo tres grandes aportaciones a la historia del periodismo, a esa Edad de Oro de la prensa española: el lenguaje, los contenidos sociales y el humor. El descreimiento, la crítica, la autocrítica, eran continuos en las declaraciones y posicionamientos bohemios. Expresiones festivas, un tono un tanto macabro con grandes pinceladas de humor negro, adjetivos llenos de intención, ironía o burla sobre la propia miseria, ninguna consideración con la autoridad, piedad con los desamparados… son algunas de las referencias que alimentan las metáforas y los dichos, y que podemos comprobar, repetidas, en buena parte de los textos periodísticos bohemios.

Probablemente la aportación más interesante de la bohemia fuera la creación de un lenguaje basado en la paradoja utilizando la palabra como explosivo. Un lenguaje que sirvió como vehículo de frustraciones políticas y de denuncia de la miseria, a veces truculento, en ocasiones patibulario. Para los críticos y contrarios a la bohemia, era hueco, alambicado, repleto de verborrea, extravagante, lleno de palabrería en torno al azul del ideal —el color y el sueño bohemio, y el libro principal del modernismo—que no iba a ninguna parte. En cambio, para otros estudiosos, amigos y partidarios, ese lenguaje propio era rico, irreverente, audaz, irónico, hiriente y sugerente, y sería llevado a sus últimas consecuencias por Valle-Inclán. Lo que buscaban era la renovación del estilo y la subversión de los códigos establecidos, que identificaban con la escuela realista. En Luces de bohemia y en los esperpentos encontramos su mayor exponente, pero ese lenguaje nuevo, singular, colorista, en ocasiones tremendista, atrevido, se hallaba también en los periódicos.

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