El papel de la prensa en la guerra de Cuba ha sido un tema que ha generado comentarios, análisis y trabajos más o menos académicos en uno y otro lado del Atlántico. Se evoca frecuentemente la conversación entre el editor William Randolph Hearst con uno de sus dibujantes: «Usted haga los dibujos que yo pondré la guerra». Perfecto ejemplo del cinismo del yellow journalism que dio lugar al calificativo amarillista que ha llegado hasta nuestros días. El tema fue tratado brillantemente por Manuel Leguineche en un libro que usa la frase famosa para su título y que se publicó en el centenario del conflicto.
La investigadora cordobesa Cristina Elena Coca Villar ha publicado ahora un libro sobre este interesante tema fruto de su tesis doctoral. El texto informa del estado de la cuestión en el ámbito académico, con numerosas aportaciones de distintas perspectivas. Sin embargo, el título de Leguineche no aparece en la bibliografía citada, lo que constituye un sorprendente lamparón. La autora señala que entre las aportaciones anteriores no se cuenta ningún estudio exhaustivo del seguimiento de la prensa. Ese es el vacío que pretende rellenar Coca Villar con un volcado del periódico en los últimos años del conflicto.
Así se constata el ejercicio de un periodismo crítico del Heraldo con el análisis de las informaciones oficiales en contraste con las que mandaban los civiles a sus parientes en España. El gran Mariano de Cavia firmaba aceradas críticas a la gestión del Gobierno con la mira puesta en el gasto desenfrenado que suponía el conflicto para las arcas públicas.
El periódico envió periodistas a Cuba y a los Estados Unidos, lo que le permitió ampliar el grueso de información sobre el conflicto en sus páginas con el atractivo de la exclusividad. Tesifonte Gallego entrevistó a activistas de la causa cubana en los Estados Unidos y visitó la sede del New York Herald, de la que salió impresionado por los medios con que contaba el rotativo.
Gonzalo de Reparaz publicaba incisivos análisis de la marcha del conflicto en los que no ahorraba críticas a la actuación del Gobierno de España para concluir que no había un plan director en la isla. La faena la completaba la ácida pluma del corresponsal en París, Luis Bonafoux, que trasladaba la visión demoledora de los medios internacionales ante la miope versión oficial española que, para reconocer una derrota, escribía que «los enemigos han huído cruzando nuestras líneas».
La torpeza oficial llevó a intentar contener la combatividad del periódico con el secuestro de la edición a inicios de 1897. La tropelía se completó con el encarcelamiento de Gonzalo de Reparaz por las opiniones vertidas sobre la gestión gubernamental.
Al estallar el conflicto bélico se instaló en la portada del periódico la sección Guerra con los yankees. Desde allí se acusaba a la prensa norteamericana de publicar informaciones sensacionalistas y simples falsedades. En cambio es penoso comprobar como en los días previos al conflicto el Heraldo publicaba auténticas necedades sobre el potencial del ejército norteamericano y la supuesta falta de preparación de sus soldados, que les llevaría a abandonar sus puestos en el fragor de la batalla. La miopía, la dificultad de las comunicaciones y la información oficial española llevaron al periódico a proclamar a cinco columnas la ruptura del bloqueo naval norteamericano por parte de la flota española, cuando en realidad ésta había sido hundida por los poderosos cañones de los buques enemigos.
Tras la derrota, los directores de los principales periódicos se reunieron y pusieron de manifiesto que la censura oficial no había tenido otro objetivo que el de poner trabas a la emisión del pensamiento y asegurarse contra los ataques de los periódicos. El análisis de la pérdida de las últimas colonias llevaba al articulista Gonzalo de Reparaz a renegar de toda la colonización española de América, que habría apartado a España de su destino mediterráneo y africano. Oscuras reflexiones que se enmarcaban en el Desastre como diagnóstico y planteaban la necesidad de nuevas ideas para la España del siglo XX.
El libro se completa con un vaciado de los debates sobre la guerra de Cuba que tuvieron lugar en el Congreso de los Diputados. La autora declara que su objetivo es comparar lo publicado por el periódico con lo tratado en los debates, pero no llega a cumplirlo. El lector se encuentra huérfano de interpretación del océano de información en el que se encuentra sumergido a lo largo de todo el texto. Tampoco sirve la experiencia de consultar la tesis original porque su contenido es idéntico al libro. Sí incluye unas conclusiones no publicadas en el volumen, pero tampoco aportan luces sobre lo que podía haber sido la interpretación de la línea editorial de Heraldo de Madrid sobre la guerra de Cuba. En descargo de estos déficits, el libro aporta una gran documentación que constituye una atractiva fuente para el lector interesado en el episodio.
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