Investigación

Exilio, represión y expolio económico

ArgelésGil Toll

Los primeros exilios de la gente de Heraldo de Madrid llegan en 1937. El director histórico, Manuel Fontdevila, se instala en París, acompañado del jefe de redacción, Alfredo Muñiz. Allí coinciden con otros periodistas destacados, como Manuel Chaves Nogales, que tras su paso por Heraldo de Madrid había ocupado la subdirección de Ahora.

Los periodistas exiliados se dedican a su trabajo, escribiendo para medios internacionales y elaborando periódicos de escasos recursos para la creciente colonia del exilio republicano. Junto a los periodistas empiezan a llegar personalidades que escapan de la violencia de la guerra. Todos tienen en común un nivel económico notable y unas relaciones en altas esferas que les permiten saltar fronteras y encontrar cobijo en Francia, referencia intelectual y política para la mayoría.

Amadeu Hurtado es uno de estos exiliados. Fue el abogado y socio de los hermanos Busquets cuando, en 1922, se hicieron con la propiedad de Heraldo de Madrid y el resto de periódicos de la Sociedad Editorial de España (refundada como Sociedad Editora Universal), el antiguo trust del patriarca del periodismo madrileño, Miguel Moya. Hurtado fue un hombre clave durante años en la relación de Catalunya y España. Amigo íntimo de Francesc Macià y de Niceto Alcalá Zamora. Medió en los conflictos de 1934 y halló soluciones que los exaltados ignoraron.

Hurtado era un francófilo a carta cabal, igual que Manuel Busquets, educado en Francia y casado con Henriette Salomó, natural de Perpignan. Los Busquets se establecieron en Marsella tras salir apresuradamente de España al ser amenazados por los anarquistas de la FAI. Retomaron el contacto con la Standard Oil a través de su representante en París, William D. Crampton. La multinacional les ayudó a montar una fábrica de tinta en Marsella, que conservaron hasta los inicios de la II guerra mundial.

El fin de la guerra civil española significó la dispersión del núcleo de periodistas de élite concentrado en París. Manuel Fontdevila embarcó en el Massilia rumbo a Buenos Aires, donde coincidiría con una decena de redactores de Heraldo de Madrid. Contaron con la ayuda del editor del diario Crítica, Natalio Botana, viejo amigo de los españoles, que le habían acogido en 1931 cuando su periódico sufrió persecución en la dictadura de José Félix Uriburu.

Los periodistas españoles se incorporaron a Crítica y Manuel Fontdevila llegó a dirigirlo un tiempo, pues Botana murió en un accidente de tráfico y se truncó la suerte de la gente del Heraldo. De todas formas, hubo tiempo para que se diera la extraña casualidad de que Fontedevila estuviera al frente de Crítica y que Alfredo Cabanillas, su sucesor en Heraldo de Madrid en 1936, dirigiera el Diario Español de Buenos Aires. Cabanillas ya había hecho su tránsito a los círculos franquistas en la capital argentina y hacía méritos para conseguir su redención. Dos ex directores de Heraldo de Madrid dirigiendo dos periódicos en Buenos Aires, así de intensos fueron aquellos años de la inmediata posguerra en la lejana América del Sur.

En Madrid las cosas eran muy distintas. Al menos 15 periodistas fueron fusilados tras el fin de la guerra, entre ellos Javier Bueno, presidente de la Agrupación de Periodistas y director de Claridad. Entre la gente del Heraldo hubo numerosas condenas de muerte, pero ninguna se llegó a ejecutar. Fueron conmutadas por largas condenas de prisión que también se recortaron, por lo que los periodistas acabaron cumpliendo entre 5 y 10 años de cárcel. Los fiscales que llevaron la acusación argumentaron que los textos de los periódicos impulsaban a los defensores de la República a luchar, por lo que a su juicio resultaban igualmente culpables de oponerse al alzamiento militar.

La condena no acabó con la salida de la cárcel, pues ninguno de los periodistas condenados pudo volver a ejercer su profesión. La delegación de prensa de Falange tenía bien controlado el acceso a la profesión mediante el Registro Oficial de Periodistas, que se erigía en un gran filtro político. Hubo ex redactores de Heraldo de Madrid que trabajaron en un almacén de libros, tal fue el caso de Vicente Ramón. Y más humillante aún, el destino del último director del periódico, el veterano Federico de la Morena, que terminó como portero de una finca.

Los hermanos Manuel y Juan Busquets, que habían desarrollado su fábrica de tinta en Marsella, se trasladaron a pueblo pirenaico de Bagneres de Bigorre cuando la ocupación nazi de Francia hizo temer represalias. Desde allí mantuvieron contacto con sus familias y empezaron a intentar poner orden a sus asuntos, querían volver a España.

A través de sus hijas y abogados, se sometieron al proceso de responsabilidades políticas. Sus bienes se encontraban incautados y los familiares debían abonar un alquiler a Falange para usar sus propios domicilios. El fiscal acusador en el proceso de responsabilidades políticas pedía multas de 250.000 pesetas. La defensa argumentó que los editores del periódico se ocupaban de los asuntos económicos de la sociedad y que la línea editorial estaba enteramente en manos del director. La maniobra funcionó y los hermanos Busquets consiguieron rebajar las multas hasta 5.000 pesetas y superar el proceso en 1945.

Manuel y Juan Busquets volvieron a España y comprobaron la dureza de la situación de sus empresas. La Sociedad Editora Universal tenía sus activos incautados por Falange, que los había cedido al periodista Juan Pujol, quien editó el periódico Madrid con los enseres y la rotativa de los Busquets. Pero los pasivos de la sociedad no estaban incautados y los acreedores tiraron de la soga para hacerse con la propiedad del edificio de la calle Marqués de Cubas. No quedó más alternativa que vender al ocupante del edificio, Falange, que se inhibió en favor del Banco de España, interesado en una finca que lindaba con su propiedad. Así se inició el camino por el que el edificio de Heraldo de Madrid acabaría formando parte del complejo del Banco de España en pleno centro de la capital. Por supuesto, fue una negociación desigual y el banco obtuvo rebajas de precio y la asunción de otros costes por parte de los vendedores.

Sin embargo, los Busquets no se arredraban. Formaron un nuevo consejo de administración con la presencia de importantes figuras de cariz liberal y presentó un escrito ante Falange Española en 1947 firmado por el letrado Joaquín Ruiz Giménez en el que se instaba la devolución de los bienes incautados. Fue el primer acto de decenas de iniciativas administrativas, judiciales y políticas en las que tuvo un papel destacado el abogado Guillermo Busquets Le Monnier. Ninguna tuvo el resultado esperado.

Categorías:Investigación

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