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Los viejos maestros del periodismo nunca mueren

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Eduardo del Campo

En octubre de 2004 curioseaba en Nueva York en la extensa librería de la Columbia University (bookshop, no library: no sé si muchas universidades en España tienen tienda de libros además de biblioteca) y encontré un volumen que compré sobre la marcha y que recomiendo a todo el mundo, The Art of Fact, A Historical Anthology of Literary Journalism. La antología de los profesores Kevin Kerrane y Ben Yagoda reúne grandes obras del periodismo literario anglosajón (con la excepción del polaco Ryszard Kapuściński y la bielorrusa Svetlana Alexiyevich), desde Daniel Defoe en el siglo XVIII con su perfil del criminal Jonathan Wild hasta las crónicas de la guerra de Vietnam en el siglo XX de Michael Herr, pasando por fragmentos de Walt Whitman, Jack London, Charles Dickens, Gay Talese, Truman Capote, Norman Mailer, Rebecca West, Martha Gellhorn o Tom Wolfe. Casi nada.
Enseguida pensé que sería maravilloso, y de gran utilidad para los estudiantes, profesores, practicantes y lectores de periodismo y narrativa de no ficción (si es que no son la misma cosa) de España y América disponer de una colección parecida de viejos maestros del oficio (literatos metidos a reporteros y reporteros a secas) que escribieron en español piezas no menos apasionantes y brillantes que las de sus famosos colegas británicos o estadounidenses. Apunté la idea.
En septiembre de 2006 estaba en Baeza, la preciosa ciudad renacentista de Jaén, cubriendo para El Mundo un curso de verano sobre la guerra civil española que impartían Jorge M. Reverte y Antony Beevor, entre otros (nos llevaron a ver las trincheras del frente de Lopera, donde todavía los vecinos siguen encontrando proyectiles enterrados junto a los olivos), y aproveché un hueco para visitar el antiguo instituto donde había enseñado Antonio Machado. No había nadie. En su clase, conservada como entonces, mostraban en una vitrina una copia de un artículo suyo en Idea Nueva en el que en 1915 celebraba el primer aniversario de este periódico local. El texto, sencillo y profundo, reivindicaba el periodismo como bastión de la cultura y la razón. Me emocionó. Le hice una foto a la reproducción sabiendo que tendría que difundirlo cuanto pudiera (curiosamente, no venía en la edición de sus Obras completas).
Dice ahí Machado: “Desde hace algunos años, se acostumbra en España a hablar mal de la Prensa. Yo no me he sumado nunca a los maldicientes. Estoy plenamente convencido de que, en nuestra patria, es el periódico el único órgano serio de cultura popular. La Prensa contribuye a crear la vida ciudadana, es un reflejo, acaso el más fiel, de la conciencia colectiva. Sin la Prensa, dada la constitución de las modernas sociedades, nuestra vida languidecería en un privatismo torpe, inmoral, egoísta. La ignorancia de cuanto atañe al interés de todos, consecuencia inmediata de la falta de Prensa, disolvería pronto a las naciones en cabilas, las ciudades en tribus. Sólo los partidarios más o menos conscientes, más o menos embozados, de un retroceso a la barbarie pueden ser enemigos del periódico”.
En junio de 2009, me encontré con Alfonso Armada en una cafetería de Madrid cerca de Ópera (en la pared había una foto de Francis Ford Coppola de cuando paró allí un día como cliente) para proponerle publicar una serie en la revista digital FronteraD, cuyo nacimiento él estaba gestando. Se titularía “Maestros del periodismo” y recuperaría fragmentos de textos ejemplares de autores en español muertos hace tiempo, unos clásicos y otros olvidados, precedidos de un comentario por mi parte para contextualizar su época, analizar su estilo y animar al lector a seguir leyendo más de cada maestro o maestra en los libros completos existentes en el mercado. Lo aceptó inmediatamente. Así, aquel texto encontrado en Baeza se publicó en noviembre de 2009 en el número inaugural de FronteraD como primera entrega de la serie y con el título “La lección de Antonio Machado”.
Le siguieron poco a poco otras diez entregas, con historias que abarcan desde principios del siglo XIX hasta los años 30 del siglo XX, antes de la Guerra Civil: “Rafael Barrett denuncia la esclavitud”, “Magda Donato en la cola de los hambrientos”, “Luis de Oteyza entrevista a Abdelkrim”, “Ramón J. Sender en Casas Viejas”, “Sofía Casanova en la Revolución Rusa de 1917”, “Chaves Nogales se encuentra con Kérenski, el ‘carcelero’ del zar”, “Carmen de Burgos en la audiencia del papa Pío X”, “Blanco White e Isidoro de Antillón, tinta liberal en la Guerra de Independencia”, “José Martí hace temblar con el terremoto de Chárleston” y “Pedro Antonio de Alarcón, testigo de la Guerra de África (1859-1860)”. Es una colección modesta en su amplitud comparada con el grueso volumen estadounidense que le sirve de modelo, pero no me cabe duda de que la calidad de los textos que he recogido es igual a los de aquél. Lo bastante en todo caso como para que Alfonso Armada y Carlos García Santa Cecilia, responsable de la nueva editorial de FronteraD, hayan decidido en junio de 2014, en colaboración con la revista Jot Down, publicar la serie en forma de libro de papel y electrónico. El volumen resultante es el tronco joven de un árbol que podría crecer y ramificarse hasta casi el infinito añadiéndole más capítulos de autores ejemplares del pasado cuyas historias siguen vivas y conectan con nuestro presente.

El 24 de junio presentamos en la librería La Central de Callao en Madrid el libro de Nazaret Castro Cara y cruz de las multinacionales españolas en Latinoamérica y Maestros del periodismo. Esa tarde le dije a la periodista Ana Pastor, que vino a presentar el Maestros, que, pese al deterioro de las condiciones laborales del oficio, que todos conocemos, estoy seguro de que también podríamos hacer numerosas antologías de trabajos extraordinarios del periodismo de hoy, de tantos profesionales que desde el medio más poderoso hasta el más humilde periódico digital de pueblo se niegan a sucumbir a la información basura, valga el contrasentido de esta expresión. Creo que las historias de Maestros del periodismo, con su grandeza, nos invitan a los cronistas de ahora (los que estudian para ello y los que ya ejercemos) a escribir exigiéndonos lo mejor, para iluminar no sólo al lector actual, sino al que quiera conocer nuestra historia dentro de cien años.
Basta con seguir el camino que se marcó Isidoro de Antillón en 1808 cuando junto a su compañero José María Blanco y Crespo (luego Blanco White) exponía sus principios en el Semanario Patriótico, dividido entre la necesidad de contener la invasión napoleónica y el deseo de que en España triunfara el liberalismo. Dice Antillón al describir, rechazando la censura o la autocensura impuestas por el patriotismo, los pillajes cometidos por el ejército propio en su desbandada: “Su tránsito fue por Miajadas, Medellín y Quintana y en los cuatro días desde su salida de Jaraicejo anduvo sobre 27 leguas en retirada sin hacer descanso alguno. Pero ¡qué retirada! La más vergonzosa y cubierta de excesos que entre tantas escenas de desorden militar presentan hasta ahora los fastos de nuestra re¬volución. Quisiéramos ocultar lo ocurrido en aquellos días de crímenes y de oprobio: la verdad histórica, que es nuestra guía, no nos da permiso para oscurecerlo o paliarlo. Clamen enhora¬buena los débiles o los malvados contra esta santa ley de no mentir que nos hemos propuesto. Despreciando su persecución o sus calumnias, la respetaremos eternamente sobre cuanto hay en el mundo. Si en fuerza de un sistema tan severo no siempre conta¬mos glorias o hacemos panegíricos, estamos al mismo tiempo seguros que trasmitiremos a nuestros coetáneos lecciones útiles y a la posteridad cuadros bastante parecidos al original mismo. Esto es lo que se pide a la historia y esto es lo que pretendemos hacer nosotros, prescindiendo de pasiones miserables, contemplaciones cortesanas o miras tímidas”.
Más de doscientos años después, su declaración de principios no ha caducado.

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