Vuelta a Europa

El “Ku-Ka” y los honrados burgueses de Berlín

Manuel Chaves Nogales

El “Ku-Ka”, o Klunster Kafee (café de los artistas), es un pequeño “cabaret”, en el que se reúne de ocho a doce de la noche hasta un centenar de personas de la más humilde y sencilla burguesía: burócratas, comerciantes, pequeños industriales, algún modesto propietario.

Este público prudente y sensato viene sin embargo al “Ku-Ka” para presenciar, regocijado, un espectáculo que en España horrorizaría a un burgués.

En el centro del “Ku-Ka” hay una tarima y un piano. Mientras la gente toma tranquilamente su café, esta tarima es asaltada sucesivamente por los tipos más explosivos de Berlín: poetas, filósofos, polemistas, recitadores, calculistas, actores, actrices, cancionistas, bailarines, negros, amarillos, cobrizos, todos los exotismos de raza o intelecto. Estos tipos suben a la tribuna libre del “Ku-Ka” a lanzar una bomba; son artistas en formación, en agraz, gente agria y detonante, que quiere ante todo llamar la atención. Ya se sabe por los pequeños burgueses del público que cada muchachito de estos que salta a la tarima lleva un petardo en el bolsillo.

Esta noche se ha plantado de un salto delante del piano un judío joven, un inconfundible judío, ya un poco en arco el cuerpo, a pesar de su juventud; pálido, brillantes los ojos negros, curva –como no- la nariz. Con las manos metidas en los bolsillos del “smoking” ha pasado la mirada por el auditorio, con ese mecer la cabeza característico  de los judíos, y se ha puesto a recitar. Es una poesía suya contra la juventud deportista. A este pequeño judío le molesta el deporte, el sentido deportivo de la existencia, y arremete bravamente, más que contra quienes lo practican, contra quienes hacen de él poco menos que un sistema filosófico y una escuela literaria. Me dicen que este joven poeta está en la vanguardia literaria alemana y, aunque desconocido todavía –al “Ku-Ka” no vienen más que los inéditos- goza ya de cierto prestigio como representante de una reacción contra el sentido deportivo del arte.

El honrado público del café de los Artistas aplaude al joven judío, y entonces este se envalentona, levanta el espolón de su nariz, y recita de nuevo. Es una agria poesía contra la iglesia erigida a la memoria del káiser Guillermo en la August-Victoria Platz. Esta iglesia, situada a cien metros del “Ku-Ka”, es uno de los monumentos más artísticos de Berlín. Enclavada en el centro de la ciudad, entre la Kunfurstendam y la Tauentzienstrasse, es realmente con su arquitectura gótica del florecimiento, reforzada con elementos románicos, un claro símbolo del imperialismo, subsistente en el corazón de Berlín.

A nuestro pequeño judío le molesta la supervivencia de este símbolo en el Berlín de la República, y quiere destruirlo. Arremete contra él, no con grandes palabras, sino arteramente: la iglesia estorba, estorba, estorba. Hay que derribarla sencillamente porque dificulta el paso de los tranvías y de los “taxis”. La Alemania de hoy no puede consentir a la Alemania de ayer esta pequeña molestia de tener que dar la vuelta alrededor de una iglesia. “Esta iglesia –dice- no es nuestra; es del káiser Guillermo; se erigió a su memoria. Debemos, pues, mandársela piedra a piedra, para que en su destierro se entretenga en jugar con los sillares de piedra como juegan los chicos con sus cuadritos de madera.”

El desprecio hacia el kaiserismo que esta poesía rezuma, produce un entusiasmo indescriptible entre el público de burgueses del “Ku-Ka”. Se aplaude frenéticamente al pequeño judío enemigo del káiser con tanto fuego que uno se queda sorprendido un momento, incapaz de reconocer en este pueblo al pueblo de antes de la guerra, del gran tiempo, como los alemanes dicen.

Después de escuchar estas explosiones de júbilo antiimperialista aun público de burgueses alemanes, yo estaría absolutamente convencido de que en Alemania se había operado la revolución más grande que registra la Historia, si no hubiera sido por un amigo valenciano que hace poco me contaba la siguiente anécdota:

Se celebraban elecciones en Alicante, y un famoso hombre de ciencia alicantino había presentado su candidatura. Para defenderla convocó a un mitin, al que acudieron diez, doce, quince mil personas. Hizo su discurso el candidato y, al final, quiso conmover a sus paisanos relatándoles como en cierta ocasión se había encontrado en el tren, camino de Madrid, con un viejo repúblico, por cuya venerable faz corrían abundantes lágrimas a medida que se alejaban de Alicante. Quiso el candidato participar de su dolor, y le interrogó sobre la causa que tuviera.  “Soy –dijo el acongojado caballero- Maisonave, ex ministro de la República. He consagrado mi vida al bienestar de mi patria, y principalmente al bienestar de mi ciudad, Alicante. Lloro porque acabo de ser derrotado precisamente en Alicante.”

Esta anécdota, que el candidato alicantino contó a sus electores, produjo tal emoción, que las diez, doce o quince mil personas que lo escuchaban prorrumpieron en un grito unánime: “!No!… ¡No!” Aquellas buenas gentes de Alicante, tocadas en lo más vivo del sentimiento regional, estaban dispuestas a rasgar sus vestiduras, y vociferaban jurando dar el triunfo al candidato alicantino por encima de todas las cosas.

En efecto, se celebraron las elecciones y el alicantino obtuvo siete votos.

Después del poeta judío antiimperialista, ha subido a la tribuna un negro. Este negro también es enemigo personal del káiser. Cuenta, en desprestigio del kaiserismo, unos chascarrillos grotescos, que acompaña con una expresiva mímica negra. La gente ríe estas burlas a mandíbula batiente. No hay en toda la sala ni un signo de desagrado, ni siquiera una actitud indiferente. Todos son felices cuando alguien sale a ridiculizar al viejo emperador.

Sin embargo, he podido hacer una observación: los alemanes se divierten, eso sí: pero los que arremeten contra el viejo imperialismo no son nunca alemanes: judíos, negros, eslavos… Me falta ver al alemán. Mientras tanto, no olvidaré la historia del candidato alicantino.

Finalmente ha subido al estrado del “Ku-Ka” una muchachita que ha dicho su poesía con un acento angelical. Esta muchachita poetisa hace unos versos dulcemente irónicos contra las jovencitas de su tiempo, contra las que, usando la fraseología madrileña, llamaríamos “las niñas pera” de Berlín.

El principal pecado de que esta cándida poetisa acusa a sus compañeras, es el desvío para con el hombre. Las “niñas pera” de Berlín se entregan cada vez más fervientemente al ejercicio del amor sin objeto, y este pecado, cuya prosperidad nos deja a nosotros, varones, tan desairados, era descrito por la joven moralista tan al vivo, con tal morosa delectación, que no pude menos que ruborizarme, mientras a mi lado, un honrado padre de familia con su respetable esposa y sus tiernas hijas, aplaudía amable la sátira de la poetisa.

Cada vez estoy más convencido de que la interpretación de la moral es una simple cuestión de latitud.

20/8/1928

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