Vuelta a Europa

La censura del Dictador en el vuelo de Chaves Nogales

Maribel Cintas*

Desde la publicación en la primavera del 1927 de la novela inédita de Valle Inclán El coto de los Carvajales en la primera de Heraldo de Madrid, el nivel de calidad había subido extraordinariamente en un periódico que peleaba por mantener un puesto de primera línea en la prensa nacional. Las entregas eran seguidas con fervor por el público lector mientras el diario (con su redactor jefe a la cabeza, un joven Manuel Chaves Nogales) se esfuerza, como así ocurrió, en que el público lector arrebate los ejemplares de las manos de los vendedores y, en la calle, en teatros y cafés, en el metro, Heraldo, diario de la noche, se vea en todas las manos.

Chaves va de la redacción a la sala de máquinas, que suenan sin parar. El tecleteo es incesante; el nervio de la edición mueve a este joven de apenas treinta años que se empeña en conquistar el mundo informando de lo que ocurre. Y le interesa eso, “el mundo”, por encima y más allá de la ridícula censura impuesta por el dictador, Primo de Rivera, para evitar que la gente lea, justo lo contario de lo que Chaves pretende. Porque el mundo está en ebullición, España forma parte de Europa y las cosas ocurren con celeridad. Un auto anunciador recorre las calles de Madrid provisto de un potente altavoz que difunde las informaciones del periódico. La montaña viene hasta Alá.

Los aviones irrumpen en el espacio informativo: en enero de 1928 Luis de Oteyza realiza un reportaje que publica Heraldo, “Al Senegal en avión”. Como fotógrafo le acompaña Alfonsito, el hijo de Alfonso, para traer espectaculares fotos aéreas, lo nunca visto, de las costas española y africana, del desierto, de Casablanca; incluso con accidente incluido… El periodismo, más que nunca, se convierte en aventura.

Chaves persigue la hazaña de la joven aviadora Ruth Elder y logra ganar el premio Mariano de Cavia de 1927, que se hace efectivo en 1928. La fiebre del aire toma nuevas proporciones. Al hilo de la moda, el director, Manuel Fontdevila, encarga a Chaves que se dé una vuelta aérea por Europa, URSS incluida, y le da para los gastos quinientas pesetas. El objetivo es otear el panorama europeo a los diez años del fin de la primera Gran Guerra y el ruso a los once de instauración del régimen bolchevique (ya Heraldo había publicado con éxito un reportaje de Vicente Sánchez-Ocaña el 7 de noviembre de 1927 haciendo un balance de los diez años en el poder de los bolcheviques).

Se planea para Chaves un vuelo de diez mil kilómetros, en un intento de emular la hazaña del comandante Franco en su viaje alrededor del mundo. Y se presenta en entregas ilustrado con fotografías y en primera página del periódico. No conocemos el nombre del fotógrafo que toma las imágenes insólitas de las ciudades por las que transita, tal vez sea el propio Chaves: Vistas aéreas de la catedral de Colonia, el Rhin, o Dusseldorf a vista de pájaro; Moscú desde el avión… Ya en Rusia las fotos las proporciona la agencia Russ Photo.

El Dictador, periodista frustrado aunque no consciente de ello, asoma continuamente a las páginas de prensa haciendo observaciones, comentando noticias, con lo que “el paternalismo y la arbitrariedad, sostenes angulares de un férreo dogmatismo con el que ni siquiera lograba disimular la desoladora simplicidad de su pensamiento, quedan de nuevo al descubierto” (Gonzalo Santonja, Del lápiz rojo al lápiz libre). Determina que los libros que superaban las doscientas páginas estaban exentos de la censura previa al considerar la Dictadura que por extensión y precio resultaban inalcanzables para la clase obrera. Ello afecta a la edición del reportaje en libro. La editorial Mundo Latino publica La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja en 368 páginas. En el libro se aprecia la presencia de censura o autocensura, de “crítica rebajada” respecto a los casos que se evidencian en la edición en prensa. Y además, mientras el Dictador se mostraba condescendiente con todo lo relacionado con la ideología fascista, el tratamiento de todo lo relacionado con el tema ruso era siempre analizado con el máximo rigor.

En la edición en prensa de las entregas de La vuelta a Europa en avión dos veces aparece la referencia expresa de “visado por la censura”. La primera es la que relataba el episodio que tenía lugar tras un aterrizaje forzoso (¡aquellos vuelos en los que se conocía el punto de partida pero no el de llegada!) en los campos de Béziers. Estaba directamente relacionado con el hecho bien conocido de la fuerte emigración que se produjo durante la Dictadura, forzada para los disidentes del régimen, trabajadores sin trabajo e intelectuales también disidentes. Con el episodio terminaba la crónica segunda, pero en el libro se cuenta la continuación: los campesinos, que han visto la maniobra obligada del avión, acuden al lugar. De los veinte campesinos que se acercan, “hasta una docena son españoles y prófugos o desertores” que añoran España, pero se contentan con tener un trabajo que les dé de comer.

Brava gente que emigra de nuestro país buscando un poco de bienestar. Ese pequeño bienestar del trabajador francés que no hemos sabido todavía dar al trabajador español. Son gente sobria que se contenta con poco: una buena comida, una gran independencia y alguna que otra moza amable. No tienen más que esto aquí. Pero ni siquiera esto se les da en España y por eso emigran a millares los braceros españoles a esta tierra del Mediodía francés, en la que se encuentran felices a cambio de tan poca cosa.

Chaves realizó un reportaje sobre el tema cuya publicación fue prohibida. Hemos de esperar un tiempo para encontrar el relato de lo ocurrido. En un artículo de Ahora de 10 de noviembre de 1932 titulado “El nacionalismo bajo la República” y antetitulado “Para qué vino a España Monsieur Herriot” (a la sazón jefe del Gobierno de la República francesa que viene a España y, entre otras actividades, firma un acuerdo con Azaña, jefe del Gobierno de la República, para la protección y mutua asistencia de los obreros, franceses y españoles, emigrados), cuenta el periodista como años antes recorrió todo el Mediodía francés, pueblo a pueblo, en busca de los emigrados económicos españoles a los que se unían los exiliados políticos, formando una masa de un elevado número de españoles. Quería contar cómo vivían y cuáles eran sus necesidades y los deberes de su patria para con ellos, pero la Dictadura prohibió su publicación.

Primo de Rivera, él mismo, personalmente, prohibió que se publicase una sola línea dedicada a los españoles emigrados. No me resigné fácilmente. Insistí, escribí al dictador, expuse detalladamente al censor del Gobierno la finalidad de mi campaña, puramente nacionalista, acaso el único punto de coincidencia que un periodista liberal podía tener con aquel Gobierno. Recuerdo que en mi entrevista con el censor invoqué el precedente que podía ofrecer más garantías a la Dictadura; el Cardenal Primado de España acababa de dirigir un memorial al rey abogando por los pobres españoles emigrados. “No voy a decir más que lo que ya ha dicho el Cardenal Primado de España”, prometí. Todo fue inútil.

No se publicará nada de este asunto –me dijo de manera terminante el censor-. Y en cuanto a ese cardenalito, ya le arreglaremos las cuentas.

Ese cardenalito era nada menos que el cardenal Segura, Primado de España.

El segundo caso de censura expresa del reportaje que comentamos aparece en la crónica dedicada a Mijail Ivanovich Kalinin, presidente de la URSS, aldeano que “sabe hablar en su lengua al pueblo”. Así decía el párrafo censurado: “Esta farsa que los monarcas y los presidentes de todo el mundo quieren ensayar cuando se dirigen llanamente a sus súbditos más humildes para conquistarse un poco de popularidad es siempre una torpe bufonada. A través de las palabras amables del magnate se ve siempre un fondo insincero”. ¿Alguien se podría dar por directamente aludido?

Con las escasas armas que deja una Dictadura para expresar opiniones disidentes, constatamos que en el periódico que citamos no deja de aparecer de continuo el recuadro de “visado por la censura”, como llamada de atención sobre la situación vigente.

Mucho más abundantes son los casos de autocensura, sobre todo los referidos al catalanismo, verdadera bestia negra para el Dictador, así como las alusiones al régimen ruso y a aspectos religiosos que era preciso obviar para no herir sensibilidades. No menos autocensura se ejerció sobre el tema relativo a la Sociedad de Naciones, cuyo carácter europeísta no era comprendido por los españoles, “tan aislados, tan encerrados dentro de nuestro casticismo”, crítica dirigida en especial a la prensa española, “que refleja la misma indiferencia que el Gobierno ante el internacionalismo”, que no era sino una muestra de que España no sabía llevar una verdadera política internacional. Y solapadamente criticaba Chaves el infantilismo de la política española que evitaba el diálogo como forma adulta de relación.

El reportaje en prensa, más largo y amplio de recorrido en libro, se suspende bruscamente cuando el periodista informa sobre aspectos de la vida rusa bajo el régimen bolchevique, en el momento en que hasta La Nación de Buenos Aires sigue el viaje con interés. El libro por el contrario completa el periplo hasta la vuelta.

El 28 de enero de 1930 cayó el Gobierno de Primo. El periódico, en recuadro, recomendaba: “Seis años, cuatro meses y trece días de dictadura… ¡No lo olvidéis nunca!”. Y en otro recuadro: “La España de los caciques, con su tinglado electoral, no debe volver… Seis años, cuatro meses y trece días sin garantías constitucionales son espolazo suficiente para despertar del marasmo ciudadano”.

Se puede decir que el viaje de Chaves por Europa no fue un inocente paseo turístico. Como postulaba la nueva Masonería en la que Chaves se inscribe en 1927, su implicación en los asuntos políticos y su compromiso no dejan lugar a dudas. El periodista dijo claramente lo que quiso decir: que España era Europa, pero no estaba en Europa; que si bien tenía mucho que enseñar, también le quedaba no poco por aprender; que Rusia no era el paraíso que muchos pretendían, pero tampoco el infierno que deseaban otros. En definitiva, que los extremismos son malos, pero todavía peor era la ignorancia o la evasión de la realidad. Y, como siempre, su ánimo premonitorio y analítico fue capaz de ver que la amenaza de una nueva guerra se vislumbraba en el horizonte.

*Maribel Cintas es la principal responsable de la recuperación de la obra de Manuel Chaves Nogales con un ímprobo trabajo a lo largo de más de dos décadas. Asmismo, es autora de la biografía del periodista, premiada por la Fundación José manuel Lara en 2011.

Chaves by Cintas

 

 

 

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