Vuelta a Europa

La entrada en Rusia: Smolensk

Manuel Chaves Nogales

Vamos siguiendo el curso del Duina, que a costa de muchas vueltas y revueltas cruza toda la planicie letona y se mete en Rusia por la intersección de las tres fronteras polaca, letona y rusa.

Hemos cruzado la frontera y estamos ya volando sobre el territorio ruso sin haber advertido ninguna solución de continuidad. Menos en estado de las fronteras la tierra es exactamente igual a como se la habían imaginado los cartógrafos; a cierta altura y por determinados paisajes volar es exactamente igual a pasar el dedo sobre el mapa. Se encuentra todo tal como el cartógrafo lo había previsto. Ahora están incluso los grandes letreros de las ciudades escritos sobre el césped de los aeródromos. Todo exactamente igual. Menos las fronteras, que se ve en seguida lo falsas que son, lo que tienen de inexistentes.

Se va entrando en Rusia sin transiciones, suavemente. Sólo se advierte que los tejados de las casas campesinas son más obscuros, más pobres, más viejos. En las repúblicas bálticas, los campesinos cubren sus casas con tejados brillantes de maderas blancas y barnizadas; ya en Rusia, la isba, la literaria isba, muestra su cubierta obscura de cañas y barro dando una inequívoca sensación de pobreza al paisaje.

Las pequeñas casitas campesinas son cada vez más frecuentes. Todo el campo está sembrado de millares de isbas aisladas o reunidas en minúsculas aldeas de cinco o seis a lo sumo que toman posesión auténticamente de la tierra. El campo ruso da la impresión de estar absolutamente ocupado, tomado por esos millones de campesinos perdidos en la inmensidad del territorio ruso. No he visto ningún país en el que la población esté tan extendida, tan diseminada por la superficie de la tierra. Cada 500 metros un grupito de isbas, cada 200 una cabaña y así leguas y leguas. Mientras en el resto de Europa la población se concentra en grandes pueblos huyendo de la soledad de los campos, aquí éstos se hallan auténticamente habitados. El campesino ruso vive sobre el campo, a solas con él, sin formar esos pequeños núcleos urbanos que son los pueblos de Europa.

El pueblo, la pequeña villa rural, no existe. Aldeas, millones de aldeas de quince, veinte, cincuenta habitantes a lo sumo. Parece imposible que este pueblo así diseminado pueda ser gobernado jamás. La tradicional burocracia rusa, aquella formidable máquina que tanto sorprendía a los occidentales y que los soviets han heredado, se explica y justifica por esta fragmentación, esta atomización del pueblo extendido a lo largo de los campos.

El paisaje llega a ser desesperante. La inmensidad de Rusia es tal que ataca los nervios. Horas y horas de camino a una marcha de 200 kilómetros no ofrecen el consuelo de un cambio de decoración, de un accidente en el terreno, de una ciudad. Nada, bosques y campos de siembra sobre una planicie interminable cuya redondez se muestra netamente en la línea del horizonte.

La vida rudimentaria, intemporal, eterna, que revelan esas chozas miserables de los campesinos rusos no tiene más signo de actividad superior que las iglesias. Millares de iglesias con sus cúpulas brillantes que alzan sus agujas al cielo como único indicio de un anhelo espiritual. Se ve en seguida que hasta ayer mismo ha sido la religión la única actividad espiritual de estos millones de seres apegados al terruño que se ven desde la altura como hormiguitas que van arañando con la uña del arado la corteza del suelo. Las iglesias en el campo ruso son la única flor espiritual de esta humanidad parda, del color de la tierra, tierra misma todavía. En sus cúpulas doradas o verdes y sus muros cuidadosamente enjalbegados ha puesto el campesino ruso toda su capacidad radiante, todo el pigmento de su alma.

Las iglesias van jalonando todo el campo. ¿Se comprende ahora la fuerza indestructible de la religión entre esta gente, fuerza que ni siquiera la gran conmoción del comunismo ha podido anular?

Sin un accidente del terreno, sin encontrar el descanso de una pequeña ciudad –cien isbas y una iglesia, cien isbas y una iglesia- recorremos los 500 kilómetros que nos separan de Smolensk, primera etapa de nuestro viaje por territorio ruso.

Smolensk nos sorprende con su dramática apariencia de burgo medieval. La ciudad amurallada íntegramente se levanta en el fondo de una cazuela como una apretada masa de casitas temerosas apiñadas en torno de una fortaleza, palacio o iglesia que domina el burgo con talante feudal y lo protege.

El avión cruza sobre la vieja ciudad y va a posarse en un campo que tiene más aspecto de sembradura que de aeródromo. Se abre la portezuela de la cabina y una muchachita sonriente de cara ancha y redonda, un impermeable masculino y una gorra inglesa con visera sobre los ojos nos pide nuestro pasaporte. Es una agente de la Guepeú.

Esta muchachita lleva bizarramente al cinto una pistola y en la comisura de los labios tiene un cigarrillo al que da grandes chupadas mientras revisa los sellos y pólizas de nuestro pasaporte. Es muy gracioso y sorprendente el aire descarado y amable de esta joven y bella agente de Policía. Todo está en regla y la pintoresca muchacha nos autoriza para continuar nuestro viaje, para el que nos desea en correcto francés muchas felicidades.

Antes de reanudar el vuelo hacia Moscú pasamos a una barraca con honores de restaurante donde nos sirven un “lunch” suculento. En Rusia, esto lo he confirmado después, se come maravillosamente.

Por los alrededores del aeródromo merodean algunos aldeanos con sus camisas de colores vivos y un grupo de soldados rojos. Ya en todas partes encontraremos soldados rojos hasta el punto de que llegaremos a tener la impresión de que Rusia es el país más militarizado del mundo. En todas partes la silueta del soldado rojo con la bayoneta calada.

Estos campesinos y estos soldados nos despiden agitando las gorras cordialmente cuando el avión levanta nuevamente el vuelo. Buena y amable gente.

 

10 de septiembre de 1928

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