Vuelta a Europa

Cómo vive Trotski en el exilio

Manuel Chaves Nogales

Todo Moscú está lleno de iconografía revolucionaria. En los escaparates de todas las tiendas, en los quioscos de periódicos, en las vallas de los solares, en todas partes, se encuentran siempre las caras de los “leaders” de la revolución reproducidas millones de veces por esa horrible litografía rusa de un mal gusto que crispa los nervios.

No hay modo, sin embargo, de encontrar un retrato de Trotski en toda Rusia. El trotskismo es el culto más perseguido de hoy. Se ha llegado hasta el extremo de suprimir la cabeza de Trotski en los grupos fotográficos que aparecía Lenín rodeado de todos sus colaboradores; al cuerpo de Trotski se le ha puesto, recortada, la cabeza de otro “leader” cualquiera. He visto incluso que los trotskistas más fervientes ni siquiera en la más escondido de su hogar, ni en la cabecera de la cama, se atreven a tener la efigie de Trotski y los que por devoción la conservan, para evitar el verse denunciados la tapan durante el día con un paño blanco y únicamente cuando se quedan solos y atrincherados en la intimidad de su alcoba se atreven a descubrirla.

Pero a pesar de todo…

Con un muchacho comunista que me sirve de intérprete en mis andanzas por Moscú me he acercado una vez a un quiosco de periódicos para comprar fotografías de los “leaders” revolucionarios.

-¿No tiene usted a Trotski?

-Trotski –me ha dicho con un acento bastante significativo- es el único “leader” revolucionario que no se vende.

Aunque la personalidad de Trotski es una de las cosas que más me interesan de Rusia no he podido llegar al lugar donde está desterrado; nadie puede llegar hoy hasta él. La vigilancia de la G.P.U. impide todo contacto con el creador del Ejército Rojo.

Recientemente se ha dado un paso emocionante. Trotski es uno de esos tipos subyugantes, avasalladores, que ejercen una atracción irresistible sobre quienes les rodean. Compadecidos de su destierro, dos muchachos comunistas que durante los últimos años le habían servido de secretarios pidieron ser desterrados con él para poder auxiliarle en sus trabajos.

-¿Cómo va a poder trabajar estando solo? –se decían- Nos necesita; somos sus manos y sus pies.

El gobierno de Moscú se negó a desterrarlos, y entonces ellos, por propia iniciativa, sin ningún contacto con los directores de la oposición, sin ningún propósito político, impulsados solo por el afecto personal al que había sido su jefe, emprendieron el camino de Almahata, donde Trotski está desterrado. No pudieron llegar: los agentes de la G.P.U. los sorprendieron por el camino y encarcelados están y estarán ya para mucho tiempo.

Este celo del gobierno de Moscú no es superfluo. Trotski es un tipo de tal entereza que nunca se le tendrá totalmente sometido. El destierro, allá casi en la frontera china, la estrecha vigilancia que se ejerce sobre él y las persecuciones, encarcelamientos y deportaciones de sus partidarios no han sido medidas eficaces para eliminar la oposición.

Todavía en el último congreso los delegados de todo el mundo recibieron clandestinamente el informe que Trotski enviaba desde su destierro. Las cartas del desterrado –y esto parece milagroso dado el régimen policíaco de los soviets- circulan de mano en mano mecanografiadas, reproducidas por medio de multicopistas y hasta impresas. En todo momento, frente a cualquier resolución del gobierno, ante cada uno de los problemas que van planteándose, la voz del desterrado Trotski se hace oir implacablemente.

En vista de que la actuación policíaca no bastaba para inutilizar la oposición, Stalin emprendió una campaña política de descrédito del trotskismo ante las masas trabajadoras. Se acusaba a los trotskistas de contrarrevolucionarios y se insinuaba que la G.P.U. tenía pruebas de que estaban en connivencia con elementos de los ejércitos blancos. Se dejó caer la noticia de que la oposición se había proporcionado una imprenta clandestina gracias a la colaboración de un ex oficial del ejército de Wranjel.

Como obedeciendo a una consigna, los elementos simpatizantes con la oposición contestaban a esta campaña pidiendo en las células, en los comités de fábrica y en los soviets locales el nombre del agente contrarrevolucionario. La consigna era ésta: el nombre.

Estrechado por esta demanda unánime el gobierno tuvo que declarar que no podía hacer público el nombre del agente contrarrevolucionario porque se trataba de una persona que había prestado importantes servicios secretos a la policía. Se trataba –como es natural- de un agente provocador de la G.P.U.

Todo esto hace que el cerco puesto por gobierno de Moscú a la persona de Trotski se estreche cada vez más. Los miembros de la oposición han llegado a temer por su vida. Realmente Trotski es de esa clase de gente de hombres que sólo pueden inutilizarse con la muerte.

Respondiendo a esta alarma las agencias periodísticas de los gobiernos burgueses han hecho circular fantásticos rumores sobre un intento de asesinar a Trotski cometido por los agentes de la G.P.U. Esto es perfectamente absurdo. Salvaguarda la vida de Trotski la íntima devoción que por él sienten hasta sus más enconados adversarios políticos. El gobierno de Moscú es el más interesado en que a Trotski no le pase nada. Si a Trotski le sobreviene mañana una enfermedad que le cueste la vida los ciento treinta millones de ciudadanos de la Unión creerán a ojos cerrados que ha sido víctima de un asesinato y ésta sería la más formidable plataforma de la oposición.

A pesar de la rudeza de la lucha el gobierno de Moscú no se ha atrevido a prescindir de las buenas formas con su prisionero. Trotski está descansando en Almahata, donde disfruta de una apariencia de libertad. Vive con su mujer y sus hijos en una casa cualquiera de la ciudad; ahora bien: esa casa en la que vive Trotski está bajo la administración de la G.P.U. Es decir, Trotski es un inquilino de la policía.

Cuando una mañana Trotski se levanta temprano y coge su escopeta dispuesto a pasar el día en el campo tirando a los conejos se encuentra con unos amables vecinos, también aficionados a la caza, que le acompañan en su excursión. Y estos obsequiosos vecinos son también agentes de la G.P.U.

La situación económica de Trotski y su familia en el destierro es realmente angustiosa. El hombre que en un momento pudo declararse emperador de Rusia no tiene qué comer. Para mantener a los suyos, Trotski invierte toda la mañana en hacer traducciones. De lo que le pagan por sus traducciones vive exclusivamente.

El gobierno le pasa el socorro de treinta rublos mensuales –unas ochenta pesetas- que desde la época del zarismo se pasa a los deportados; pero Trotski se niega a cobrar ese socorro y vive exclusivamente de lo que produce su trabajo de tracductor y de lo que subrepticiamente le envían sus fieles partidarios.

Muchos de estos dedican unas horas de la jornada a trabajar para Trotski. Sé que no pocas de las obras rusas que se editan en el extranjero han sido traducidas únicamente para obtener algún dinero con que auxiliar a la familia del caudillo revolucionario.

El trabajo de éste en el exilio sigue siendo intensísimo. Aparte su labor de traducciones dedica muchas horas del día a la labor política, porque para filtrar a través de la vigilancia policíaca una carta o un informe tiene que hacer por sí mismo, de su puño y letra, muchas copias que luego se quedan entre las uñas de la G.P.U. Esto por lo menos sirve para que en todo momento el gobierno de Moscú sepa cómo piensa Trotski.

Se dice que además Trotski está escribiendo sus memorias, que por ahora no piensa publicar porque no cree que su vida pertenezca todavía al pasado.

Fuerte, sano, joven todavía, Trotski espera que llegue nuevamente su hora. Mientras, se dedica a la caza, la pesca y la literatura con la misma intensidad, la misma energía y el mismo coraje con que antes se aplicaba a la organización de los servicios ferroviarios o a la creación del Ejército Rojo.

-Es un hombre terrible- me decía un amigo suyo que hace poco estuvo acompañándole unos días- Tiene la obsesión de hacer las cosas a fondo, el culto a la obra bien hecha. Salíamos a pescar tranquilamente y apenas se enfrascaba en la pacífica tarea de la pesca, Trotski se exaltaba, se enconaba, ponía sus cinco sentidos en lo que estaba haciendo y luchaba con los peces que querían escaparse del trasmallo como luchó con los contrarrevolucionarios. Es el hombre que menos comprende el sentido deportivo de la existencia que postulan ustedes en Occidente.

9/10/1928

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