Artículo histórico

El coche oficial… para familias

Diego San José

Parece que el Gobierno, que no ha querido reglamentar el juego- y ha hecho bien, pese a los círculos y casinos que se mueren por no jugar-, se propone hacerlo con el sistema urbano de locomoción para los señores ministros; pero no en la parte que atañe a su uso y abuso, sino a lo que toca a su administración y conservación, protegiendo desde luego la fabricación nacional.

De perlas me parece el propósito; pero entiendo yo que como preliminar debiera dosificarse su empleo a sus excelencias, y con ello al cabo del año también ahorraríase un buen por qué de miles de duros la escuálida Hacienda pública.

Desde que tenemos ministros en España, y no hago memoria de los privados y favoritos de la Casa de Austria, sino de los que Carlos III nombró como “secretarios del despacho universal” hasta nuestros días, el carruaje ha sido uno de los momios que la esplendidez del Estado, mantenida con dinero del pueblo, ha consentido a las familias ministeriales.

Bien está que sus excelencias tengan a su disposición a todas horas el coche, que al fin puede exigirlo alguna vez el buen servicio de la nación; pero de ahí a que valga para pasear a su distinguida prole, deudos, parientes, amigos y testamentarios, no sólo por los paseos de Madrid, sino por las carreteras de España, me parece de una anchura de manga digna de esos avispados frailes que en La Coruña pretenden cobrar el 3 por 100 de los billetes premiados en la Lotería.

Y como el Estado paga, no hay limitación en el placer de andar sobre ruedas; lo mismo lo usan las señoras “ministras” para ir a casa de la modista, a un té en el Palace o a una junta de esas en donde distraen sus ocios jugando a la caridad, que para darse una vueltecita por las feroces orillas del Pisuerga, pongo por punto “cercano”, en donde no hará mucho tiempo tuve el disgusto de ver el magnífico auto de una señora “subsecretaria” bien repleto de niños, doncellas y amas de cría…

Esta consideración me trae de la mano otra respecto a la ocupación por los señores secretarios de la Corona y hasta concejales del Municipio de los edificios oficiales, que habilitan para sí y los suyos durante el espacio que les dura el ser mangoneadores de la cosa pública; y esto lo han hecho los ministros de todos los partidos, desde el más demócrata hasta el más reaccionario- “a todos y a ninguno mis advertencias tocan”-; díganlo sino ese bello palacete de la vieja Moncloa, que ha sido estancia veraniega gratuita de casi todos los ministros de Fomento, y por la parte munícipe esotras casitas de la carretera del Pardo y los pabellones de la Dehesa de la Villa.

El pueblo “pagano” es como esos grandes señores que satisfacen el total de sus cuentas sin entretenerse en mirar el detalle…

¿No es verdad que los coches oficiales para familias deben pagarlos de su uso particular los señores ministros? Mírenlo nuestros austeros gobernantes, ahora que se proponen hacer grandes rebajas en el presupuesto, y aunque les parezca que es el chocolate del loro verán cómo al hacer la suma total, quitando éste y otros gastos abusivos, hijos de la gorronería, queda una respetable suma a favor del Estado, que por lo que dicen, y según tiene necesidad de “apretar las clavijas” en impuestos y gabelas, harto lo ha menester.

El Imparcial, 9 de enero de 1926

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