Comentario

El periodista y escritor Diego San José, de celebridad popular a las cárceles de Franco

María del Carmen San José

Mi padre, Diego San José de la Torre, había nacido en Madrid el día 9 de agosto de 1884. Fueron sus padres Rufina de la Torre Bayo y Manuel San José y Corte, éste ferviente seguidor de cuanto se publicaba en el diario nocturno El Heraldo de Madrid, sobre todo, como la mayoría de los madrileños, cuando en los últimos tiempos de la guerra de Cuba, los magníficos corresponsales que allí tenían les informaban detalladamente de las noticias que, en honor a la verdad, no eran muy alentadoras. Teniendo mi padre solamente 14 años, iba a comprar el periódico y ávido leía cuantas noticias y artículos venían en el famoso diario, principalmente las dedicadas a los últimos estertores de aquella guerra en la “perla de las Antillas”, como hacían siempre los asiduos lectores que esperaban a pie firme la salida de los vendedores de prensa dónde se imprimía, en la calle de la Reina. Ello dio motivo para que la empresa crease el famoso Salón del Heraldo, siguiendo la norma de los rotativos de Francia, a dónde acudían sus lectores no sólo para presenciar la exposición permanente de novedades y objetos de los campos de batalla, había vistas de capitales del mundo y varias atracciones más que hacían las delicias de los que iban allí diariamente.

Sus primeros versos los publicó en el Globo, por mediación de Emilio Carrere, que dirigía la página literaria que salía los domingos, también lo hizo en los Lunes del imparcial, revista de Sinesio Delgado, dónde todas las jóvenes promesas deseaban publicar. Uno de sus primeros libros  creo recordar que fue “Libro de Diversas Trovas”, con prólogo de Manuel Machado.

Cuando era un adolescente, todavía, y acudía al estudio de D. Alejando Sant ‘Aubint, a dar clase de dibujo, conoció a varios escritores de relevante fama, como Benavente, Martínez Sierra, Pío Baroja, Pérez de Ayala y Ramón del Valle, que entonces no firmaba nada más que con su primer apellido, luego se hizo famoso como Ramón María del Valle Inclán. Pasado los años volvió a encontrarse con todos ellos, ya famosos, en el Ateneo de Madrid. Allí, en su biblioteca, escribió muchas de sus novelas cortas, al mismo tiempo que su gran amigo Andrés González Blanco escribía las suyas. En la sala de conferencias dio algunas, teniendo a veces como espectadora a Doña Emilia Pardo Bazán.

En el madrileño café de El Gato Negro, tenía su tertulia de amigos, todos ellos dedicados a las artes y a las letras, como los compositores R. Soutullo, y Juan Vert, el escultor Victorio Macho (autor de la admirable estatua de Galdós en el Retiro), los escritores Pedro de Répide, Andrés y Edmundo González Blanco, José Francés, Pedro Mata, Daniel Fortea (famoso guitarrista de música clásica), entre otros muchos. Tuvo amistad con los hermanos Álvarez Quintero, Antonio y Manuel Machado, Vicente Blasco Ibáñez, Federico García Lorca, Marañón, Benavente, Eduardo Zamacois, Alejandro Casona, Manuel Azaña, Valentín de Pedro y otros muchos que no alcanzo a recordar.

Eran otros tiempos en los que su nombre era popular, había cimentado su fama en miles de artículos, treinta libros y más de sesenta novelas cortas, colaboraba con casi toda la prensa progresista del momento El Liberal, El Heraldo de Madrid, La Libertada, El Globo, La Mañana, La Noche, y en las paginas literarias de “Los Lunes del Imparcial”, ABC y Blanco y Negro, había sido unos de los más prolíficos colaboradores de la Novela Corta, con tiradas que podían llegar a los 100.000 ejemplares, pero también era asiduo de La Novela Semanal, La Novela de bolsillo, Los Contemporáneos, El Cuento Semanal, y otras publicaciones de ese estilo que tan de moda estaban en aquellos años. Sus colaboraciones en la editorial Prensa Gráfica se extendían a Nuevo Mundo, La Esfera, Mundo Gráfico, Crónica y de la mano de la CIAP, (Compañía Iberoamericana de Publicaciones) alcanzaban a la prensa del resto de España e Iberoamérica. Tampoco fue ajeno al Teatro, su refundición de “Fuente Ovejuna”, fue la obra más representada en el Madrid sitiado durante el año 1.938, la Zarzuela titulada “La Ventera de Alcalá” con música de Luna y Calleja fue acompañada de gran éxito, varios libros de Poesías, colaboraciones en revistas de Humor: Madrid cómico, Buen Humor, etc, hacían de Diego San José un trabajador de las letras polifacético e infatigable, no me gustaría dejar de mencionar sus más de 30 libros publicados especialmente sobre temática histórica, literaria y la ciudad de Madrid.

Cuando el 28 de marzo de 1939 las tropas de Franco entraron en la capital, pocas horas después, estando mi padre en el famoso periódico de la calle de Marqués de Cubas, cumpliendo con su deber, como todos los compañeros, entraron un grupo de falangistas para incautarse de él en nombre del nuevo régimen poniendo a todos ellos como suele decirse, de patitas en la calle. Pocos días después, del primero al último fueron detenidos, y condenados a penas de prisión, algunos como mi padre, condenados a muerte , no obstante corrieron mejor suerte que otros periodistas que acabaron tras los siniestros muros de un paredón de un cementerio. En el juicio celebrado en las Salesas de Madrid, la petición del fiscal fue pena de muerte, para él y para los dos periodistas que le acompañaban, Valentín de Pedro y Carlos Rivera, porque según “Su Señoría” eran más criminales que los criminales, ya que con sus escritos habían incitado al pueblo y el pueblo había matado por ellos. Tras una primera Sentencia en la que se le condena a 12 años y un día, anulada por la omisión de determinados trámites en la fase de instrucción, acaba en una nueva Sentencia con condena a muerte. Según llegó a oídos de mi madre hubo un sujeto (de cuyo nombre no quiero acordarme) que comentó “¿Diego San José condenado a 12 años y un día?, por lo menos pena de muerte”, y a la última pena fue condenado por los mismos cargos que había sido condenado en el juicio anterior, votaron en contra, dos de los cinco miembros del Tribunal curiosamente los de menor jerarquía en el escalafón militar.

Lo primero que hicieron las tropas franquistas al entrar en la España que acababan de conquistar, fue desvalorizar el dinero de la República, bloquearon las cuentas corrientes y trajeron unos billetes, que a mí que era una niña me recordaban las etiquetas de las latas de tomate… Pocos días después, mi madre, que era muy primorosa con las labores, empezó a bordar en casa para unas monjas, labores que luego vendían ellas como si fueran bordadas en su convento.

A mi padre le conmutaron la pena de muerte por la de 30 años y un día gracias a la intervención de Millán Astray, uno de sus contertulios en el café de El Gato Negro y de quien estaba escribiendo sus memorias antes de la Guerra. Todavía recuerdo verlo de cerca cuando venía a casa y entraba en el despacho con mi padre para contarle cosas desde su niñez hasta dónde debieron quedar inconclusas por el comienzo de la Guerra Civil. A nosotros, los niños, nos llevaba bombones y caramelos y a mí, particularmente, me sorprendía su parche negro en un ojo, su profundo agujero en la cara y que fuera manco de uno de sus brazos. Años más tarde, cuando ya había finalizado la guerra y mi padre estaba tan injustamente condenado a pena de muerte, gracias a que el entonces comandante Franco, había sido jefe de la primera bandera de la legión, cuándo aquel era el comandante Jefe del “Tercio de extranjeros” en África y al elevado concepto que tenía de la amistad, le salvó de las siniestras garras de la muerte, cuando casi estaba a punto de caer bajo las balas del pelotón de ejecución.

Una vez conmutada la pena, necesariamente tenía que ser trasladado a uno de los múltiples penales de que estaba salpicada la geografía española, todos, generalmente, lejos, muy lejos, de dónde residían sus seres queridos…Él fue a la isla de San Simón, en la ría de Vigo, frente a la playa de Redondela, pintoresca villa de la provincia de Pontevedra, la que ya conocía por haber pasado veranos en ella acompañado por su familia y la de su cuñado Soutullo, cuando vivían añorados tiempos felices.

Y desde el mismo instante en el que puso los pies en el minúsculo muelle de San Simón las primas de nuestro tío, el ya mencionado compositor, doña Ernestina Otero Sestelo y Dª Rita Otero Fernández, así como el esposo de ésta última, D. José Regojo Rodríguez, conocido empresario, fueron a visitarle, dándole pruebas inequívocas de su gran corazón y sincera y firme amistad. Ese mismo día le había mandado Dª Ernestina, un colchón y ropa de cama para que pudiera descansar después de las innumerables fatigas del viaje, así como a la mañana siguiente, por un soldado que estaba en el destacamento de la isla de San Antonio, unida a la de San Simón por un puente, un magnifico desayuno y dulces de la boda de su hija Elena que se acababa de casar con el Dr. Ocampo Fraga.

Horas después fueron a visitarle el matrimonio Regojo Otero, a quienes concedieron el privilegio sin que entre ellos se interpusieran los fríos barrotes de una reja. Desde aquel día, ni ellos ni Dª Ernestina, que había sido directora de la Escuela Normal de Pontevedra y entonces lo era de la de Orense, dejaron de mandarle alimentos para que no estuviera solamente mantenido por el deslavazado rancho carcelario.

Mes y medio después, sobre el 14 o 15 de febrero, se desencadenó, en plena noche, una galerna, que arrancó árboles de cuajo de la isla, rompió puertas y cristales de los pabellones dónde estaban los presos y, según contaba mi padre, “parecía que San Simón se desgajaba de sus profundos cimientos submarinos”, para lanzarse a la deriva de aquel embravecido mar. En los últimos días del mes de marzo de aquel mismo año llegamos a Redondela mi madre, mis hermanos y yo, después de haber vendido cuantos objetos de valor quedaron en casa, para estar lo más cerca posible de él. Cómo decía, en la isla tenía ¼ de libertad, ya que le permitían pasear por gran parte de su recinto, admirando la incomparable belleza del paisaje, con sus verdes montañas salpicadas de rústicas casitas de aldea, recrearse con la incomparable belleza del mar. Las comunicaciones eran dos veces por semana, a través de una sola reja, durante 20 minutos, jueves y domingos, que comparado con las de Porlier, en un locutorio donde cabían como 20 o 30 presos separados de sus familias por una especie de telas metálicas de medio cuerpo para arriba, porque hasta allí eran de cemento, con un pasillo por el medio por el que paseaba un vigilante y a los 3 minutos sonaba un timbre estridente, dando la comunicación por terminada, eran muy buenas. Pero a pesar de los pesares, para llegar a San Simón a verlo tan cerca, muchas veces teníamos que andar, tanto en invierno como en verano, con sol o con lluvia, los tres kilómetros de playa y uno, por lo menos, desde la casa que habíamos alquilado en Redondela hasta la punta de la playa, dónde en una barquita de remos teníamos que cruzar hasta el improvisado penal. También había un apeadero cercano, pero luego se bajaba a la playa por un camino angosto, donde había unos empinados escalones, sin tener en caso de un resbalón dónde poder agarrarse…El pobre nos decía “cuando llueva no vengáis”, pero…¿cómo hacerlo si contábamos hasta las horas que faltaban de una comunicación a otra para volver a estar con él?. Pero un mal día fue de visita a la isla no recuerdo que gerifalte y pareciéndole que aquel lugar no se lo merecían los presos políticos, cuando llegó a Madrid hizo las diligencias necesarias para que la Colonia Penitenciaria de San Simón, como era ampulosamente llamada por los estamentos oficiales del Ministerio de Justicia, dejase de funcionar como prisión alegando que era un sitio demasiado bueno para ellos. Entonces lo trasladaron a la cárcel de Vigo, en la que estuvo hasta el 12 de enero de 1944 cuando le pusieron en libertad condicional, teniendo que presentarse todos los meses en el cuartel de la Guardia Civil de Redondela y cuando quiso ir a Madrid a ver a su anciana madre y tratar de entreabrir alguna puerta en periódicos y revistas que tan bruscamente se le habían cerrado, se encontró con que tenían orden en todos ellos de silenciar su nombre. Algunos de sus amigos habían muerto, otros se habían exiliado o se habían separado ideológicamente y otros, como el magnífico biógrafo Hernández Girbal y el gran dibujante Pepe Robledano (compañero de cautiverio en Porlier), estaban tan vigilados como él, hasta el punto que Girbal estuvo viviendo un tiempo en Barcelona con otra identidad. Madrid ya no le parecía su Madrid, volvió otra vez a Redondela, dónde el cariño de todos nosotros y la generosidad del ya citado D. José Regojo, que le colocó en la oficina de su importante empresa textil brindándole su apoyo, le hizo sobrellevar la situación en la que se encontraba. Los primeros artículos que logró publicar en una revista patrocinada por la Renfe, que se llamaba Caminos de Hierro, lo firmó con el pseudónimo de Román de la Torre, su segundo nombre y su segundo apellido y los primeros en Faro de Vigo y en La Noche de Santiago, con el de Gerardo Roque, personaje principal de la famosa novela de ambiente estudiantil galaico del siglo XIX La Casa de la Troya, cuya acción tiene lugar en Compostela.

Más adelante, si mal no recuerdo, siendo director del Faro de Vigo Leal Insúa, empezó a publicar ya con su nombre, varios artículos sobre Gallegos Ilustres en Madrid, a los que siguieron otros de diversos temas. Pero Manuel de la Fuente, conocido redactor del Faro de Vigo, trató de publicar en el periódico Dígame de Madrid, una entrevista que le había hecho y, aunque el director le dijo que él era admirador de mi padre, tenía orden de silenciar su nombre. Ello sin embargo no impidió que continuase escribiendo, aún a sabiendas que difícilmente volvería a ser leído, no obstante consiguió publicar un par de libros en vida y sus memorias “De cárcel en cárcel” ya después de su fallecimiento, más de 80 obras permanecen inéditas esperando mejores tiempos.

Los últimos 18 años de su vida los pasó en Redondela, dónde murió repentinamente hace 52 años, a consecuencia de la impresión que le produjo el derrame cerebral sufrida por mi adorada madre mientras dormía. Dos días después, a las 6 de mañana del 10 de noviembre de 1962, dejaba esta vida avisándonos que cerrásemos bien las puertas para que mamá no se enterase. Ella murió solamente dos días después, el 12 de noviembre, al día siguiente de haberlo enterrado a él, dejándonos a mis hermanos y a mí con un vacío indescriptible y la profunda amargura de la orfandad. Juntos reposan sus restos mortales en el redondelano cementerio de Mañó, presidido por los dos medallones en bronce que para ellos labró el gran escultor y amigo D. Florentino Trapero, que no tardó demasiado tiempo en emprender ese viaje sin retorno que todos los mortales tenemos que hacer algún día.

 

 

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