Investigación

La primavera informativa de la transición a través de sus protagonistas

Juan Andrés García Martín*

No es fácil acotar en tiempo y conceptos lo que fue la transición española de la dictadura franquista a la democracia. Abarcó los años que median entre la proclamación de Juan Carlos como rey y la promulgación de la Constitución en 1978. Tuvo unos rasgos característicos que la diferencian de otras transiciones: una reforma desde la ley a la ley, una generación de políticos jóvenes, una resistencia numantina del llamado bunker¸ la improvisación con la que se llevó a cabo, la movilización de la sociedad española, el papel activo de la institución monárquica, las reticencias del ejército, el cambio de posicionamiento de la Iglesia con respecto al franquismo… En estas aguas, la prensa navegó con protagonismo, valentía y pasión por la libertad.

Conocer la agonía de un régimen exige un procedimiento adecuado para seleccionar sus episodios mas significativos: un nuevo presidente de Gobierno -Arias Navarro- tras el asesinato de Carrero Blanco, la enfermedad y muerte del Dictador, el recrudecimiento del terrorismo y la represión consiguiente, las tensiones entre el Gobierno y la Jerarquía eclesiástica, la reacción furibunda de los grupos conservadores…. Para responder a tales asuntos hemos elegido aquí un camino peculiar: recurrir a semanarios como Cambio 16 y Triunfo, testigos y agentes relevantes de aquella transición y a entrevistar oralmente a periodistas cualificados de aquellos medios sobre cómo ellos y las revistas en cuestión vivieron, narraron y valoraron los acontecimientos. Del mismo modo, se entrevistó a otros personajes protagonistas de aquel proceso, políticos como Marcelino Oreja o vinculados a la jerarquía eclesiástica como el padre Martín Patino.

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De comenzar con un episodio significativo habría que citar al “Espíritu del 12 de febrero”, producido a raíz del discurso del nuevo Presidente Arias Navarro en el que trazaba un programa de cambio. Los aperturistas, como nos aseveraba Marcelino Oreja, lo recibieron con esperanza. El semanario clave del momento, Cambio 16, lo acogió con entusiasmo, más por la posibilidad de abrir brecha en el decadente edificio franquista que por convicción en la propuesta del siempre cambiante Arias Navarro. Así me lo confirmaron en las correspondientes entrevistas los periodistas F. Ysart, J. Oneto y M. A. Aguilar. Para algunos como J. Martínez Reverte se trató de un chasco porque el presidente Arias no tardó en recular. Y Joaquín Leguina, por su parte, nos calificaba la situación como “un juego de escondite” y “con Arias no se iba a ninguna parte”. Otras publicaciones más abiertamente antifranquistas como Triunfo apenas mostraron entusiasmo por la iniciativa. Con todo, la prensa disfrutó de una mayor libertad informativa mientras la oposición aún sin legalizar contemplaba los acontecimientos con mezcla de curiosidad y de desprecio.

Las relaciones Iglesia-Estado durante el Franquismo se condensaron en una palabra: Nacionalcatolicismo. La Guerra Civil había recibido el título de cruzada y la Iglesia y el régimen se apoyaban mutuamente. Pero como Cambio 16 constataba dentro de la Iglesia afloraban tendencias inconformistas: organizaciones laborales próximas al marxismo, curas obreros y el complicado “affaire” del obispo Añoveros, quien a causa de una homilía “pro reivindicaciones vascas”, estuvo a punto de provocar una sonada ruptura entre la Iglesia y el Gobierno Arias Navarro. Un testigo cualificado, el Jesuita P. Martin Patino, Secretario del Cardenal Tarancón, nos lo describe de palabra: “nuestras relaciones con Arias Navarro fueron muy malas”. Cambio 16 se hacía eco del problema con una portada insólita que encumbraba al revoltoso obispo: “Añoveros, ¡menudo obispo!”.

Superado el primer tercio de 1974, la Revolución de los Claveles conmocionó los cimientos del franquismo ante la caída de un régimen gemelo en Portugal. Las contradicciones de aquél aparecieron a plena luz y la prensa informó con largueza. Los temores del Régimen no eran infundados por aquello de “cuando las barbas de tu vecino veas pelar…”. José Oneto nos lo recuerda: “en nuestra ingenuidad pensábamos que también se iba a producir un contagio en el ejercito, contagio que fue mínimo en la Unión Militar Democrática”. Para los periodistas fue un boom informativo con reportajes e informes en cadena. Los columnistas de Cambio 16, A. Muñoz Alonso, C. Zayas y L. González Seara escribieron jugosos artículos que disimulaban poco estos deseos a través de la comparación constante entre ambos países.

Atenta a estos acontecimientos que sacudían en mayor o menor medida la vida política española, la hueste del Bunker comenzó a rugir. La “Camarilla del Pardo” se movilizó. El diario falangista Arriba publicó un furibundo artículo del ex-ministro J. A. Girón de Velasco que pasó a la historia como el Gironazo y que denunciaba a los falsos liberales y las actitudes irrespetuosas con el Régimen. La prensa filodemocrática no se arredró en defensa de las libertades conseguidas. Cambio 16 dedicó un número memorable al episodio con el título de el Gironazo y una pregunta “¿Quién dijo miedo?”.

Pero el Bunker no cejó en sus ataques. El entonces director del diario Pueblo, Emilio Romero hizo acto de presencia en escena con estilo filibustero. El por entonces Ministro de Información, D. Pio Cabanillas, cayó víctima de las presiones e intrigas de la “Camarilla del Pardo”. Consecuencia inmediata: una crisis de gobierno a causa de las dimisiones por el cese de Pio Cabanillas. Marcelo Oreja, colaborador cercano de éste nos comentó: “Era todo el estilo, el aire del ministerio de Información, lo que disentía del resto de la administración”. Los periodistas de Cambio 16, por pluma de J. Oneto, lamentaron la pérdida del ministro quizás más aperturista.

Todo ello parecía presagiar el final de la apertura del régimen. Pero el episodio Pio Cabanillas y el cerrojazo a la libertad de prensa por parte del nuevo ministro León Herrera no impidieron el imparable proceso a la democracia. Como sucede en casi todo régimen personalista, muerto Franco, Arias Navarro fue finalmente destituido y la libertad de prensa, con actores como los periodistas J. Oneto, M. Ángel Aguilar, F. Ysart, entre otros, ejerció su función de informar e impulsar lo que la sociedad española insistentemente esperaba: la democracia.

*Instituto de Humanidades, Universidad Rey Juan Carlos

 

 

 

 

 

 

 

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