Investigación

La lupa extranjera sobre los ejércitos franquistas (III) y el tema OTAN

Ángel Viñas

La relación con Estados Unidos despertó ensoñaciones entre los norteamericanos y también entre los españoles. Para Washington la de acercar el esquema bilateral asentado en los pactos, secretos y no secretos, de 1953 al multilateral tal y como estaba anclado en la Alianza Atlántica. Hace ya tiempo que Antonio Marquina documentó este deseo. Para la dictadura, ignorante posiblemente de las opiniones de Eisenhower que hemos citado en el post precedente, la misma ambición afloró también en 1956. Martín Artajo, primero, y Castiella después, plantearon el tema sin darle la menor publicidad. El Congreso y el Senado norteamericanos eran proclives a la incorporación. Pero para bailar el tango es necesaria la pareja. En 1958 en el Departamento de Estado se divisaron los mayores obstáculos que lo impedían en Francia y Gran Bretaña. En realidad, otros miembros de la OTAN también estaban en contra. En Madrid, por su lado, todavía escocía amargamente el humillante rechazo con que había topado, años atrás, la oculta ambición de Franco de participar en el Plan Marshall.

En 1959 el embajador Mallet ofreció a Castiella un par de informaciones que no variarían en lo sustancial hasta después de la muerte de Franco. El Reino Unido, le dijo, no se oponía por principio a una eventual adhesión española al Tratado del Atlántico Norte. Ahora bien, en la OTAN había varios Estados miembros que sí lo harían, e incluso de forma vehemente. Era más razonable no suscitar el tema en aquellos momentos.

La postura en contra de la dictadura la lideraban Noruega, Dinamarca y el Benelux. La mantuvieron contra viento y marea. El caso noruego es notable. Con un gobierno laborista hasta 1965, el recuerdo de la guerra civil española no se borró fácilmente. Tampoco los gobiernos conservadores de Oslo cambiaron de postura mientras vivió Franco. Para colmo a los cinco países anteriores se sumó el Reino Unido tras el empeoramiento de las relaciones bilaterales por causa de Gibraltar.

Cuando los norteamericanos volvieron a plantear la cuestión, el ministro de Negocios Extranjeros británico reveló su pensamiento de forma muy clara a su colega norteamericano, Dean Rusk, en octubre de 1965. A pesar de que en la OTAN había países cuya forma de gobierno no era admirable (no los citó pero es obvio que se refería a Portugal y a Turquía) él no divisaba posibilidad alguna de aceptar la entrada de España en tanto en cuanto perviviera el régimen con sus peculiares características.

Esta afirmación tan rotunda provocó cierta alarma entre los funcionarios del Foreign Office. Se apresuraron a señalar que sería mejor evitar que tales comentarios llegaran a oídos españoles. Era preferible continuar argumentando que el tema no estaba maduro y que seguía sin ser de actualidad. La OTAN tenía ya bastantes problemas como para incrementarlos con otro que no suscitaba la menor unanimidad.

A pesar de las prevenciones habituales sobre la capacidad de las Fuerzas Armadas españolas, un nuevo agregado de defensa investigó en qué medida, dejando de lado cualesquiera factores políticos o ideológicos, podrían estar en condiciones de realizar una aportación en términos estrictamente militares a la política disuasiva de la Alianza. En definitiva, cuál era realmente la importancia militar y estratégica de España desde el punto de vista de la por el franquismo tan cacareada aportación a la defensa conjunta. No en vano a Franco le habían bautizado algunos pelotas nada menos que como el “centinela de Occidente”. Evidentemente para mero consumo interno.

El análisis realizado tal vez no hubiera sido una ducha de agua fría para ciertos altos mandos de las FAS. Es, sin embargo, interesante como representativo de un sentir que no fuese el norteamericano. Por esta razón merece la pena destacarlo.

El Ejército español seguía adoleciendo de numerosas limitaciones. La lista era repetitiva en extremo: carencia de equipamientos y de materiales modernos, falta de entrenamiento, apoyo técnico y logístico absolutamente insuficiente. A ello se añadía una estructura de mandos profundamente desequilibrada y poco funcional. Precisaremos que tales características eran congruentes con la misión fundamental del Ejército de Tierra de enfrentarse, llegado el caso, con el “enemigo interior”. La consecuencia era que la aportación a la OTAN sería bastante limitada.

Otra cosa sería si los soldados españoles, duros, disciplinados y valientes, se viesen obligados a combatir en su propio territorio en caso de un conflicto europeo. En este aspecto, ayudados por la topografía, la proximidad a sus bases y el apoyo exterior, podrían resultar una fuerza nada desdeñable. Eran valoraciones muy similares a las que los militares nazis también habían hecho en los años ya lejanos de la segunda guerra mundial.

La eventual contribución española se situaba en otras dimensiones: en la puesta a disposición de bases y facilidades de almacenamiento y, sobre todo, en la utilización del territorio y del espacio aéreo con fines de entrenamiento. (De hecho los alemanes ya habían intentado negociar tales aspectos pero hubieron de desistir ante la oposición de otros miembros de la OTAN).

No terminaban ahí las eventuales ventajas de una adhesión española. Desde el punto de vista marítimo sobresalía la posibilidad de reforzar la capacidad para negar a fuerzas adversarias la entrada en las aguas del Mediterráneo occidental y del Atlántico oriental. Un factor no despreciable. Aunque también la Armada carecía de material moderno, podría oponerse a las fuerzas navales de eventuales adversarios en el continente africano.

La valoración era similar para el Ejército del Aire. De los 500 aviones aproximadamente con que contaba solo algo menos de una tercera parte podían considerarse utilizables por la OTAN. Los pilotos eran buenos aunque su nivel de entrenamiento no estaba al de la RAF o de los franceses y soviéticos. La cooperación aérea hispano-francesa había permitido, con todo, la familiarización con conceptos modernos. En este sentido sí constituían una aportación significativa a las capacidades defensivas de la Alianza. Ahora bien, al igual que en el caso del Ejército de Tierra, la contribución más interesante radicaba en la situación geográfica española que permitía instalar bases de aprovisionamiento y facilidades de reparación en áreas relativamente alejadas del frente centroeuropeo.

En conclusión, desde el punto de vista militar, la cooperación aérea y naval de España era interesante. Su situación geoestratégica lo era mucho más. (Añadamos que siempre lo fue y lo es, como ya se había comprobado durante las guerras civil y mundial). El problema no era militar sino estrictamente político. En este ámbito, la naturaleza del Estado franquista representaba el obstáculo fundamental.

La cuestión no volvió a surgir hasta llegada la transición. La política exterior de Franco encontró en las Comunidades Europeas, en el Consejo de Europa y en la OTAN límites estrictos. Inabordables. Invencibles. Tras la inesperada revolución de los claveles en Portugal, los británicos temieron presiones estadounidenses en la Alianza para ablandar la postura contraria de algunos miembros. Mientras tanto, españoles y norteamericanos habían empezado a encontrar medios de vincular de forma indirecta la relación bilateral con el marco multilateral de la OTAN. No era lo mismo que la incorporación, pero menos daba una piedra.

(En 1968 hubo que echar mano a las previsiones de prolongación de la validez de los acuerdos hispano-norteamericanos. La reanudación de la relación contractual en 1970 posibilitó una ampliación de la cooperación bilateral y de los suministros de equipamiento. La Armada y las Fuerzas Aéreas se movilizaron. Los estadounidenses consintieron en completar incluso el sistema de alerta para cubrir todo el territorio peninsular y balear. La densificación de los viajes de estudio a Estados Unidos aportó nuevos conocimientos, incluso en las técnicas entonces muy florecientes de lo que púdicamente se denominaba la contra-insurgencia).

La atención extranjera, y particularmente británica, se volcó entonces en el papel político de las Fuerzas Armadas de cara a lo que púdicamente se denominaba el “cumplimiento de las previsiones sucesorias”. La larga marcha hacia la designación del futuro rey concluyó, se recordará, en 1969. El nuevo príncipe de España asumiría, cuando aquel fenómeno se produjera, la jefatura del Estado. Se abriría entonces una nueva etapa….

http://www.angelvinas.es

Categorías:Investigación

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1 reply »

  1. Genial artículo en tres partes. Sr. Angel Viñas, mis felicitaciones por la gran labor que lleva realizando desde hace años en la investigación histórica. Su libro “El desplome de la República” es una obra maestra en el sentido de descubrir la posible realidad de los hechos, pese a quién pese. Muchas gracias por su labor.

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