Artículo histórico

Catalanes federalistas por la independencia de Cuba en la Barcelona de 1896

Jaime Claramunt

Corría el año 1896 y una reina viuda austríaca, doña María Cristina, en representación de su hijo Alfonso XIII regía los tristes destinos de España.

Los cubanos y los filipinos hallábanse en armes contra la metrópoli, deseosos de recabar su independencia. La lucha era muy encarnizada, no pocos españoles estaban convencidos de que a los insurgentes cubanos y filipinos les asistía por completo la razón. Y, por eso, en algunas regiones hispanas advertíanse fermentos revolucionarios.

A este propósito, la parte de España más subvertida era Cataluña. Entre los elementos universitarios había muchos que hacían propaganda abiertamente separatista, arrostrando el peligro de caer en manos de las autoridades militares, pues a la sazón toda la nacionalidad hispana se hallaba en estado de guerra.

Los preceptos de la constitución estaban en suspenso. Los delitos de carácter político se juzgaban por consejo de guerra y con el más severo rigor.

En las prisiones de España había numerosos perseguidos por causa de los ideales políticos que profesaban. Predominaban entre los presos los republicanos, principalmente federalistas, que, con tanto entusiasmo, habían secundado a los autonomistas de Cuba en la campaña que precedió al levantamiento de Baire.

A los republicanos federales españoles se les miraba por los gobernantes de la metrópoli con tanta animadversión como a los cubanos que en nuestra manigua peleaban por la independencia de la patria.

La levantisca ciudad de Barcelona era entonces un foco de latente revuelta. Yo, después de haber sufrido más de mes y medio de reclusión en la cárcel antigua barcelonesa me encontraba en las prisiones militares, perseguido por mis actividades separatistas.

En tales circunstancias agravó mi situación el descubrimiento de un complot urdido por un grupo de jóvenes catalanes que se proponían, para favorecer a los insurrectos cubanos y filipinos, impedir o, por lo menos, entorpecer los embarques de tropas hispanas con destino a Cuba y Filipinas.

Barcelona era en la época a que me refiero el puesto militar más importante de España. De allí salían para las colonias en subversión casi todos los refuerzos en tropas, armas y municiones destinados a controlar a los insurgentes.

De los jóvenes catalanes a que antes he aludido, el más notable por su rango intelectual era Ramon Sempau Barril, profundo conocedor del idioma castellano. Era un verdadero estilista.

Ramón Sempau

Ramón Sempau

El segundo en importancia de los jóvenes proletarios llamábase Ignacio Bo y Singla, tipógrafo, corrector de pruebas e imitador bastante distinguido del estilo difícil y admirable de Pi y Margall.

Otros dos jóvenes dignos también de especial mención eran Narciso Bas Socías y Enrique Galcerán, obrero mecánico uno y empleado del comercio el otro y ambos cultos e inteligentes.

Todos, secundados por auxiliares entusiastas, se propusieron promover un movimiento subversivo en Barcelona. Sempau redactó una vibrante proclama dirigida a los soldados que debían embarcar con rumbo a Cuba y Filipinas. Se les incitaba a que desobedecieran a los jefes y oficiales y volvieran contra ellos las armas con que debían combatir a los insurrectos.

Tales proclamas fueron introducidas clandestinamente en los cuarteles donde los reclutas esperaban el momento del embarque. No fue posible impedir que la noticia se propalara por toda la ciudad. El escándalo que se produjo fue enorme.

En alguno de los edificios militares la lectura de las proclamas revolucionarias dio lugar a actos de protesta entre la milicia. No pocos soldados mostrábanse dispuestos a la insubordinación y la indisciplina. Sumo trabajo costó reducirles a la obediencia.

Se instruyeron numerosos sumarios y hasta hubo que reunir varios consejos de guerra para juzgar a los sediciosos.

Y el hecho había tenido consecuencias muy tristes de no descubrirse con premura toda la trama del complot. Uno de los auxiliares de los sediciosos fue detenido. Como la policía le amenazara con someterle a torturas inquisitoriales si no declaraba la verdad, aterrorizado confesó cuanto sabía y así, todos los culpables, con excepción de Ramón Sempau, fueron rápidamente privados de libertad.

A unos se les condujo al castillo de Montjuich y a otros se les recluyó en la vetusta cárcel de Barcelona. Encartados en un proceso militar, un consejo de guerra les condenó a diferentes penas de prisión, que no llegaron a cumplir por completo por haberles alcanzado la gracia de un indulto.

Y es que toda la culpa del fracasado complot acumulóse contra Ramón Sempau, que era además conocido de todos los revoltosos y el más odiado por la policía a causa de sus actuaciones revolucionarias.

Sempau, tras una serie de complicadas peripecias, logró trasponer la frontera y se refugió en la nación francesa. Establecido en París, ganábase la subsistencia con la traducción de obras del francés al castellano, mientras preparaba un libro que años después vio la luz en Barcelona.

Mucho me complace salvar del olvido a jóvenes nobles, generosos, que un día con grave riesgo de sus vidas pusieron de relieve su admiración y su amor a Cuba. De aquellos hombres abnegados dos no existen ya y de los dos restantes ignoro si viven o han desaparecido.

Ramón Sempau falleció en 1910 en Barcelona. Era yo entonces redactor corresponsal en España del diario habanero El Mundo y, con destino al suplemento ilustrado semanal que ese diario publicaba remití una fotografía que acompañaba de datos biográficos interesantes del intelectual desaparecido.

Mucho tiempo después murió también Ignacio Bo y Singla, autor de un curioso volumen titulado “Montjuich”, en el que rememora recuerdos muy tristes de la maldita fortaleza que se levanta todavía, para baldón de España, frente al puerto de Barcelona.

Texto locutado en CMZ Radio de La Habana por el exiliado Jaime Claramunt tras la guerra civil y recuperado el el Archivo Nacional de Cuba

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