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Carta abierta a la censura, de Máximo San Juan

Muy señora mía,

Al recibo de estas cuatro letras, si es que llegan a su poder, supongo que se encontrará usted bien. Yo así se lo deseo, más por ajustarme al protocolo y para atenerme a normes de pasable educación, que por movimiento natural del ánimo, como usted comprenderá.

Mentiría si dijese que siento por usted la más mínima simpatía, y ni siquiera el más imperceptible respeto, però haré los posibles por no ir más allá de las palabras y aún por evitar, de entre éstas, las particularmente obscenas. Intentaré incluso comprender sus razones, aunque no puedo garantizar una comprensión temeraria y alocada, rayana en el suicidio. Dice Ionesco en su Diario que “si empieza uno a comprender al otro, está uno perdido, vencido. Cada cual tiene sus razones: si tengo en cuenta las razones del otro, incluso en una pequeñísima parte, ha caido en el engranaje irreversible de la derrota”.

Bien, aun así me arriesgaré hasta el límite de mi probidad reflexiva, aun sin desconocer que usted, mi taimada señora, no reconoce más regles del juego que las que usted misma inventa.

“La tolerancia –escribió Robert Frost, poeta norteamericano y kennediano demócrata- es la sensación inquietante de que el otro quizá tenga razón después de todo”. Tal desusada inquietud y tal desmayo del sistema óseo, debió acometer al hispano legislador de imprenta en 1.785, cuando concedió a los autores el derecho a recurrir ante el monarca cuando se considerasen víctimas de una censura injusta. No es frecuente que la censura, inventada para decir la última palabra y erigirse en sumo juez, admita, al menos teóricamente, que su palabra puede ser replicada y su juicio resultar injusto. La censura, dama severa y silenciosa, en pocas ocasiones dialoga con los censurados. Tal hacía, curiosamente y en persona, el dictador Don Miguel Primo de Rivera en sus tiempos de salvador de la Patria, que “paraba las máquinas” de los periódicos de Madrid para intentar convencer con “notas” de su puño y letra, a los periodistas desafectos, de que estaban en un error. Pero qué le voy a decir a usted, señora mía, que usted no sepa. Me diría usted, si usted contestase las cartas, que así le lució el pelo de la duración histórica al general Primo de Rivera.

Porque ésta es otra, mi brumosa señora: que no albergo demasiada esperanza de que usted vaya a contestarme.

Ni siquiera estoy muy seguro –aún no cupiéndome la menor duda- de que usted exista. ¿Se transformará esta correspondencia, por su solapada costumbre de no corresponder por correo ordinario, en unilateral y estéril monólogo exterior?

Atentamente, como aquel que dice, su inseguro servidor.

Máximo San Juan

Madrid, 13 de octubre de 1973

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