Artículo histórico

Crudo retrato del trotskista Andreu Nin por el director de El Diluvio

Jaime Claramunt

El jefe del POUM era Andrés Nin y estaba representado en la prensa barcelonesa por el estridente diario La Batalla. Conocí a Nin cuando era repórter del diario catalanista La Publicitat. Varios compañeros de profesión me lo recomendaron para que lo admitiera como redactor del diario El Diluvio que yo, a la sazón, dirigía. Procuré adquirir informes acerca de las cualidades morales de Nin y fueron tan desfavorables que, desde luego, renuncié aceptarlo como compañero.

Andrés Nin figuraba entre los periodistas barceloneses que se aprovechaban de lo que se llamó “la sopa”, equivalente a una subvención que cada mes se daba a los repórters encargados de la información del Gobierno Civil. Los fondos con los que se sufragaba la famosa “sopa” procedían del juego. Los encargados de las timbas y chirlatas barcelonesas proporcionaban mensualmente a la policía gubernativa cantidades que iban a parar a la prensa para comprar su silencio.

Malas lenguas propalaban que la suma mayor recogida entre los maleantes de las casas de juegos se la quedaba siempre el gobernador civil. Lo cierto es que bien sabido era que la mayor parte de los gajes misteriosos de los gobernadores lo constituían entonces los ingresos procedentes de los juegos de azar. Mucho me place consignar que en ellos nunca se vio envuelto El Diluvio, diario de mi dirección, pues ninguno de mis compañeros comió jamás la denigrante “sopa periodística” que se repartía en el Gobierno civil.

Dedicóse Nin después a organizar a los periodistas barceloneses en sindicato de resistencia. Se proponía que como el proletariado manual hiciera frente a los patronos y les obligase a compensarles debidamente. Al efecto convocó una asamblea, la cual se vio concurridísima. Nin, en compañía de algunos adláteres, expuso el objeto de la reunión, abogando descabelladamente porque a todos los periodistas se les midiera por igual rasero y se les diese la misma retribución.

Contra este disparatado criterio protestaron numerosos concurrentes, quienes no podían en modo alguno explicarse que igual paga tuvieran los periodistas incipientes que los encanecidos al servicio de la profesión. Hallábase presente Ángel Pestaña que, en calidad de autorizado sindicalista, tenía el encargo de encauzar los debates en caso de que se desviaran.

Pestaña intervino en la discusión y declaró que estaba escandalizado, pues no podía explicarse que hombres encargados de orientar la opinión pública sostuvieran el criterio erróneo de pretender que siendo unos aprendices en el periodismo se les equiparara a los maestros consumados y se les diera igual remuneración, lo que constituiría una injusticia tremenda.

La reunión terminó de malas maneras. Pero Nin y los suyos persistieron en su actitud y organizaron un sindicato que quisieron imponer por la violencia a sus compañeros de periodismo. Para ello apelaron a los más exaltados elemento obreristas barceloneses que en vano valiéronse de amenazas y persecuciones para someter a los periodistas de buen sentido.

Y estrepitosamente fracasó el plan que Andrés Nin había urdido para buscarse un cómodo medio de vida entre sus compañeros de trabajo. Algún tiempo después, Nin, que ya no figuraba en la redacción de ningún diario barcelonés, marchó a Rusia. De vez en cuando recibíanse noticias que le relacionaban con cuestiones obreristas de la nación soviética.

Posteriormente se dijo que Nin había llegado a ocupar un sitio de importancia al servicio de Trotsky. Parece en efecto que Nin llegó a ser uno de los secretarios de Trotsky y cuando este por sus pugnas con Stalin tuvo que abandonar su patria, el periodista catalán dirigióse a París, donde fijó su residencia.

Un periodista amigo mío, persona honorable, sostuvo relaciones con Nin cuando éste se hallaba en la capital de Francia. Díjome que Nin vivía allí, si no en la opulencia, con suma comodidad. Habitaba un buen chalet de las cercanías de París y disponía de automóvil de propiedad particular.

Según le manifestó Nin a mi amigo, había contraído matrimonio con una dama francesa y los medios de vida se los proporcionaban traducciones que hacía del ruso a otros idiomas. La permanencia de Nin en Francia fue sólo de meses. Desde allí sostenía correspondencia con algunos amigos comunistas de Barcelona a los que consultó a cerca de su regreso a España.

Eran aquellos los tiempos que precedieron a la proclamación de la Segunda República española. De acuerdo con sus amigos, se restituyó Nin a Barcelona y organizó unos grupos comunistas que después fueron la base del POUM.

En aquel periodo fue Nin objeto de algunas persecuciones policíacas. Fuera de Cataluña, en excursiones de propaganda, se le condujo a prisión y él, por mediación de su esposa, acudió a El Diluvio para que le defendiéramos. Con tal fin nos visitó la dama y nosotros, entendiendo que no había motivo que justificase la detención de Nin abogamos en su favor y logramos que se le pusiera en libertad.

Nin tenía entonces su domicilio en Barcelona y se dedicaba, al decir de quienes frecuentaban su trato, a la traducción de obras rusas con destino a casas editoriales hispanas. Andrés Nin representó un importante papel en la subversión obrerista española. Su partido, furibundamente extremista, se puso en pugna, sobre todo, con PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña) por su opuesta significación rusófila. Los socialistas unificados eran stalinistas y los comunistas de Nin trotskistas.

El diario La Batalla, portavoz de Nin, hacía tremendas campañas de escándalo. Escrito por plumas vulgares, resultaba un despreciable libelo. Por esos medios vituperables logró Nin que se le nombrase nada menos que Secretario de Justicia del gobierno autonómico de Cataluña, en el que nada realizó que le hiciera acreedor de elogios.

En cambio la actuación de su partido fue tan mala que por ella mereció Nin los más justificados ataques. El POUM estableció en los lugares más céntricos de Barcelona “controles” que según la opinión pública honrada eran verdaderos centros de latrocinio. A los agentes del POUM que en camiones, camionetas y otros vehículos recorrían día y noche la ciudad, se les tenía como a los más peligrosos malhechores.

En el gobierno autonómico catalán figuraba también con mayor arraigo su adversario, Juan Comorera, jefe del PSUC y quien le acusó como traidor a la causa obrera. Asaltados los locales del POUM, díjose que en ellos fueron encontradas grandes partidas de dinero y joyas procedentes de robos.

Un día desapareció Nin misteriosamente de Barcelona y después se supo que, al ser conducido de Valencia a Madrid, donde debía ser juzgado, se le aplicó la ley de fugas y murió en compañía de algunos de sus más caracterizados adictos.

Y así terminó la actuación del POUM en el movimiento subversivo obrerista de España.  

Texto locutado en CMZ Radio de La Habana por el exiliado Jaime Claramunt tras la guerra civil y recuperado el el Archivo Nacional de Cuba

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