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Esclavos de Hitler en las islas del Canal de la Mancha

Martí Crespo

En septiembre de 2010, durante un viaje por la Bretaña, decidí aprovechar la relativa proximidad geográfica de las islas Anglonormandas, en pleno Canal de la Mancha, para visitar la más importante y conocida de ellas: Jersey. Para quien no tenga ninguna referencia, lo mejor es tratar de imaginarse un típico condado inglés rodeado por aguas y con un ligero aroma francés, visitado por turistas británicos adinerados e invadido por jóvenes empleados en un sinfín de sociedades offshore, la principal actividad económica de este pedazo de territorio semiindependiente al lado de la city londinense.

Paseando por las calles de su coqueta capital, Saint Helier, tropecé casualmente con una losa en una céntrica acera en la que rezaba: “Lo único que podíamos pensar era que cada día que pasábamos era un día extra de vida.” Firmada la frase un tal Vicente Gasulla Solé, “trabajador forzado español”. Topar con aquellas palabras llenas de sufrimiento y con el republicano barcelonés que las pronunció hace casi setenta años atrás me descubrió, de golpe, un aspecto que desconocía previamente de las islas: la ocupación nazi, entre 1941 y 1945, de este actual paraíso terrenal y fiscal. Cuatro años en los que Jersey, Guernsey, Alderney y Sark fueron ocupadas por miles de soldados de la Wehrmacht y operarios de la organización Todt, la todopoderosa compañía pública del régimen nacionalsocialista alemán dedicada a la ingeniería de grandes infraestructuras. En esta peculiar dependencia de la Corona de Inglaterra recién capturada, a la Todt se le encargó la construcción del tramo correspondiente del ambicioso Muro Atlántico, un proyecto defensivo para amenazar o aislar, según la conveniencia, al Reino Unido del resto de Europa durante la Segunda Guerra Mundial.

Para ello las fuerzas de ocupación trajeron consigo a mano de obra del continente: una minoría de voluntarios, principalmente belgas y holandeses; y una gran mayoría de trabajadores forzados, desde judíos franceses hasta prisioneros de guerra soviéticos, pasando por presos políticos alemanes y un numeroso grupo de republicanos. Se calcula que ingresaron en los numerosos campos de concentración y de trabajo abiertos precipitadamente en las Islas del Canal de la Mancha entre 1.500 y 2.000 españoles, y no pocos perecieron a consecuencia de las durísimas condiciones laborales y los maltratos a los que fueron sometidos. Otros sobrevivieron a ese infierno aislado del mundo, verdadero agujero negro en el mapamundi de mediados del siglo XX, y lograron contar los sufrimientos propios y ajenos, especialmente los de los malogrados prisioneros soviéticos y judíos que llegaron también en gran número para realizar las obras del Muro Atlántico en este estratégico rincón a pocas millas de las costas normandas y a un tiro de piedra de la pérfida Albión. Fue el caso, por ejemplo, de los catalanes Vicente Gasulla Solé, Juan Dalmau y Francisco Font, el del anarquista valenciano Manuel Sirvent y el del andaluz José García, cuyo paso forzoso por el desconocido archipiélago durante la Segunda Guerra Mundial dejaron plasmado en forma de entrevistas, de libros de memorias, de autobiografías y de artículos periodísticos.

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A través de sus escritos y voces, afortunadamente ha perdurado hasta nuestros días una memoria histórica, no demasiado tratada, de unos desdichados republicanos que en muchos casos acumularon tres años de Guerra Civil, el humillante paso hacia el exilio francés, el reclutamiento en los grupos militarizados de trabajadores extranjeros en Francia y, ya con la ocupación alemana de la mitad septentrional de este país, la terrible “cesión” como regalo personal del mariscal colaboracionista Pétain a manos de Hitler.

El periplo de algunos de ellos, tras pasar por los campos de trabajos forzados de las islas Anglonormandas, no terminó desgraciadamente cuando el 9 de mayo de 1945 las tropas británicas liberaron aquel territorio y acabaron con los cuatro años de ocupación alemana. Las nuevas autoridades aliadas, recelosas ante la posibilidad de que los republicanos empleados en las obras del Muro Atlántico se hubieran incorporado de modo voluntario a la organización Todt, decidieron trasladar a algunos centenares de españoles que se hallaban en las islas y en las vecinas regiones de la Bretaña y Normandía hacia centros de internamiento en el norte de Inglaterra, para comprobar o desechar tales sospechas. Un año extra de reclusión para unos olvidados que, por suerte, sí dejaron memoria.

Hitler

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