Artículo histórico

El celebrado asesinato de García Victory en la Barcelona caciquil

Jaime Claramunt

En mis tiempos de periodista informativo tuve ocasión de seguir todas las incidencias de un hecho criminoso que llamó poderosamente la atención de la opinión pública.

Era yo reporter del popular diario barcelonés El Diluvio. Una noche, a pocos metros de nuestra redacción, situada en una estrecha y tortuosa calle del casco antiguo de la ciudad, cayó muerto un hombre. Le hicieron un disparo por la espalda que le privó repentinamente de la vida.

¿El autor del crimen? Huyó sin dejar rastro. Dos transeúntes que le vieron cuando escapaba manifestaron que vestía de color oscuro y llevaba al cuello una gran bufanda que le ocultaba por completo el rostro.

La identificación del cadáver produjo extraordinaria sorpresa. El interfecto era un tal García Victory, secretario político de José Comas y Masferrer, jefe de los liberales monárquicos de Cataluña.

Cánovas del Castillo, conservador, y Sagasta, liberal, turnaban entonces, periódicamente, en la gobernación de España. Uno y otro tenían en provincias delegados que eran como la prolongación de su personalidad.

Representaba en Cataluña a Cánovas, cuando este ejercía el poder, su gran amigo Manuel Planas y Casals, y Comas Masferrer a Sagasta. Ambos eran los caciques de turno en la región catalana.

Planas y Casals era, por todos los conceptos, un hombre temible. El que se le interponía en el camino y contrariaba sus planes, siempre aviesos, estaba irremisiblemente perdido.

Comas y Masferrer no era fundamentalmente malo, pero, por lo general, resultaba serlo, y de ello tenían la culpa sus consejeros. Uno de tantos, García Víctory, abusó repetidamente de su confianza y concitó contra él animadversiones y odiosidades.

Cada cacique disponía en Barcelona de un casino político, con sucursales diseminadas por toda Cataluña. En la época a que mi relato se refiere, el casino liberal barcelonés no era sólo un centro electoral al servicio de la política sagastina, sino una agencia de negocios de García Victory, que la explotaba con el mayor descaro.

El secretario político de Comas y Masferrer, prevalido de la debilidad de carácter de su jefe, entregóse a los excesos más cínicos y desvengorzados. Ello era del dominio público y de ahí que a nadie le indignara el fin desastroso de aquel hombre vil.

La policía barcelonesa dedicóse inútilmente a la busca del matador de García Victory. Pasaron bastantes días y ya se desconfiaba casi por completo de dar con la pista del autor del crimen, cuando se presentó en la jefatura de policía un hombre modestamente vestido, quien prometió que si se le proporcionaban los medios necesarios lograría la captura del criminal.

Desde luego, fue aceptado el concurso del desconocido. Se le facilitó dinero y dijo que inmediatamente iba a cumplir su cometido.

Algunos días después compareció el confidente. No estaba desalentado, pero tampoco aparecía tan seguro como antes de salir airoso de su empresa.

Nuevamente solicitó dinero, que le fue entregado. Esta vez manifestó el confidente que le era preciso ausentarse de Barcelona en busca del criminal fugitivo.

Tras breve ausencia volvió el confidente a la jefatura de policía. Notóse que estaba algo inquieto, intranquilo, nervioso. Indicósele que su extraño proceder empezaba a inspirar dudas y recelos, y él dio la seguridad de que muy pronto sería descubierto el autor del crimen.

El supuesto confidente cumplió, por fin, lo prometido. Presentóse ante el jefe de policía tranquilo, sereno, sonriente. Habló de cosas indiferentes, ajenas por completo a la misión que tenía a su cargo.

El jefe policiaco le escuchaba de mal talante y, ya casi convencido de que era juguete de un engaño, iba a increpar al que suponía un fabulador, cuando este, anticipándosele, dijo:

-No se incomode Ud. Señor. Precisamente vengo hoy a probarle que he cumplido mi palabra.

-¿Cómo? -exclamó el policía- ¿ha descubierto usted al autor del crimen?

-Sí señor –contestó con firmeza el supuesto confidente.

-¿Dónde está?

-Aquí le tiene usted –respondió con gran parsimonia el interrogado. Y añadió poniéndose en pie: “Soy yo”.

-Usted está loco –díjole el jefe de policía.

-No señor, cuerdo y bien cuerdo. Oiga bien lo que le voy a contar.

El desconocido hizo un extenso relato de cómo y porqué mató a García Victory. Se había dirigido a este como persona de gran influencia política para que le proporcionase una colocación en el Ayuntamiento de Barcelona.

Avínose a ello García Victory y se convino en que el postulante pagaría por anticipado una cantidad. Para cumplir este compromiso tuvo que hacer un préstamo, que se proponía ir restituyendo cuando estuviese colocado. Pero fue miserablemente engañado por García Victory, quien ni le facilitó el empleo ni le devolvió lo que por él le había anticipado. Y entonces decidido a tomar justa venganza persiguió al infame estafador y le privó de la vida.

Riera, que así se llamaba el autor de la muerte de García Victory, hizo el precedente relato con un acento de sinceridad que no daba margen a la menor duda. Y seguidamente, entregóse a la acción de la justicia.

Actuaron los tribunales y se comprobó que todo lo dicho por Riera era fidelísima expresión de la verdad. Por nadie se reprobó su proceder. Por el contrario, fue unánimemente aplaudido, por verse en aquel hombre al vengador de todas las iniquidades cometidas, hasta entonces con la mayor impunidad, por el malvado García Victory.

Por mandato de la ley tuvo Riera que ingresar en la cárcel. Pero en la conciencia de todos estaba que sería absuelto por el tribunal del jurado.

A la salida de la cárcel y a su entrada en la Audiencia fue Riera calurosamente aplaudido por el público el día de la celebración de la vista. No se le consideraba como responsable de un acto delictivo, sino como autor de un hecho meritorio.

Lo mismo que en autos, Riera confesó ante el tribunal popular, escuetamente la verdad. No hubo manera de inclinarle a que diera una versión distinta justificadora de una sentencia de libre absolución.

Pero, a pesar de que el procesado se ratificó en que había dado muerte a García Victory, el jurado en su veredicto lo negó rotundamente. Y el tribunal de derecho tuvo que absolver a Riera. La sentencia fue acogida por los concurrentes a la vista con estruendosas salvas de aplausos.

Como en el veredicto había una contradicción manifiesta entre lo dicho por el procesado y lo reconocido por los jurados, el fiscal vióse obligado por ministerio de la ley a disentir y pidió la celebración de una nueva vista.

Todo eso se hizo para cubrir las apariencias legales, pues sobradamente se sabía que ningún tribunal podía atreverse a condenar a Riera, quien tenía de su parte a la opinión pública barcelonesa.

Riera compareció por segunda vez ante el jurado. Los jueces populares, que eran distintos a los anteriores, dictaron un veredicto de absoluta inculpabilidad y recayó sentencia absolutoria contra la cual esta vez no procedía ningún recurso. Riera, por tanto, recobró inmediatamente la libertad y salió a la calle entre los vítores y aplausos de la multitud.

Algún tiempo después, el Ayuntamiento de Barcelona concedió a Riera un modesto empleo, quedando así reparada la tremenda injusticia que con él cometió el facineroso García Victory. Como un ejemplar funcionario permaneció Riera al servicio de la ciudad hasta que, respetado por todos, falleció no ha muchos años.

El caso a que me refiero en esta conferencia tiene su explicación científica y es la necesidad psicológica que los delincuentes sienten de hacer a otras personas partícipes de su secreto. A esto se ha debido el descubrimiento de los autores de numerosos autores de crímenes. De no haberse excedido en sus manifestaciones, así de palabra como por escrito, seguramente habría quedado impune Santiago Salvador, culpable de la catástrofe del teatro del Liceo de Barcelona.

Un caso de la necesidad imperiosa que obliga al delincuente a revelar su culpa lo estudia el insigne escritor ruso Feodor Dostoyevski en su magnífica novela “Crimen y castigo”.

Sin duda en el protagonista de mi relato la necesidad de descargar su conciencia con la confesión del hecho delictuoso era más apremiante debido a la bondad ingénita de Riera, a quien una circunstancia fortuita arrastró fatalmente al crimen.

Texto radiado en CMZ de La Habana el jueves 14 de enero de 1942 recuperado en el Archivo Nacional de Cuba

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