Comentario

Vicente Blasco Ibáñez, periodista de El Pueblo

Antonio Laguna Platero*

1. Un líder social, una vida de aventura

Nació en una ciudad donde el voto republicano había sido mayoritario en cuantos comicios se llevaron a cabo en aquellos años del Sexenio. Fue menestral de cuna, abogado de Universidad sin pisar las aulas, viajero de la huerta y visitador impenitente de sus cultivadores. Construyó su imaginario político a partir de las historias que le contaban los héroes del 69. Y se convirtió al republicanismo, sin alternativa, con Pi y Margall como jefe indiscutible. Cumplía 18 años y ya creía que la solución del justo era, justamente, la justa distribución de la educación. No de la riqueza, ni siquiera del trabajo. La educación y la cultura fueron convicciones de joven que le marcaron de mayor en todo lo que hizo, que fue mucho[1].

Escribió y dirigió libros y periódicos. Participó y lideró una parte de la política republicana. Demostró tener una enorme capacidad de persuasión en cuantos actos públicos protagonizó, ya fuesen para hablar de la vida real o de la ficticia. Montó negocios editoriales y difundió millones de obras a un precio asequible para una gran mayoría. Vivió y viajó por todo el mundo con la misma intensidad que viajaba y vivía la huerta valenciana. Fue corresponsal de guerra, promotor de negocios ruinosos y pionero de la nueva industria del cine que alumbró el comienzo del siglo XX. Como se ha reiterado, su vida fue una auténtica aventura.

Vicente Blasco Ibáñez, el hombre cuya vida ha sido tildada como su mejor novela, se definió a si mismo como un idealista enamorado de la acción. Desde esta perspectiva, descubrimos de forma inmediata al líder de opinión, al agitador, al escritor, al hombre que puso a disposición de una causa que entendía noble y justa, su tiempo, su dinero y hasta su vida. Todo era intenso. Y lo hizo en una etapa perfectamente identificada: desde 1889 en que funda La Bandera Federal, a 1904 en que deja la dirección de El Pueblo. Una etapa que el propio Blasco la recordaba así: “Aquellos años –digo, a partir de 1891- están llenos de aventuras, a veces peligrosas: conspiraciones y viajes de propaganda, mítines y procesos. ¿Cuántas veces suspendieron mi periódico? No lo sabría decir exactamente. Mas, calculando el tiempo que fui a la cárcel por días, semanas y meses, puedo afirmar que la tercera parte de aquel período heroico de mi existencia lo pase a la sombra o huyendo”[2].

Llegó al periodismo por republicano. Se convirtió en director de un diario por querer ser político. Y dejó el periodismo valenciano y español cuando la fama como novelista apagó el interés por la política. Fueron 15 años, los que median de 1889 a 1904, en los que escribió el artículo clave, el de fondo que hoy se llama editorial, con la palabra y el estilo que exigía el tipo de público al que se dirigía: el pueblo. Fueron tres lustros en los que su actuación pública fue sujeto y objeto de noticia periodística constante, consiguiendo tal efecto multiplicador ante la opinión que un fiscal militar no dudó en reconocer que “la tenía sugestionada”, vale decir, cautivada. Fue una etapa calificada por el propio Blasco como heroica, pues igual pronunciaba un mitin por la mañana,   participaba en la reunión del partido por la tarde, escribía “Lo del día” por la noche y, cuando ya no parecía que fuese posible que siguiese aguantando, concluía la jornada redactando el folletín. Y qué paradoja: aquello que dejaba para el final, aquello que le fluía como sin esfuerzo, aquello que constituía la parte literaria del diario y que redactaba siguiendo el mismo criterio de identificación social que aplicase a sus artículos de opinión, iba a convertirlo en novelista universal.

2. La Bandera Federal: contra el rey y contra la Iglesia

Blasco desarrolla su vida publicística a partir del modelo dominante en la época, el periodismo de partido. El periódico se convierte en una tribuna al servicio del ideal, al tiempo que un medio donde ejercitar la denuncia de forma contumaz, radical, sin importar los medios ni los miedos. El periodismo, así entendido, es más una convicción que una profesión. Significa subordinar todos los contenidos del medio al fin político que se persigue: desde la información a la opinión, desde la viñeta al folletín, desde el trabajo en la redacción hasta la vida familiar. El planteamiento no ofrece duda, tal y como lo reitera el propio Blasco: “Si somos periodistas no es por industria ni por lucro, sino porque consideramos la prensa como un medio para decir la verdad, dedicando nuestros esfuerzos a combatir la injusticia, la arbitrariedad, la explotación; y a defender al débil, al desheredado, al oprimido…”[3]

Desde esta convicción, y cuando apenas cuenta con veintidós años, Blasco pone en marcha su primera empresa publicística: La Bandera Federal, un semanario de partido editado entre 1889 y 1894. Publicado cada domingo a partir del 1 de septiembre de 1889, al precio de 5 céntimos el ejemplar, se subtitulaba “periódico republicano federal”. Es tan sólo la primera referencia, dado que la evolución del periódico, tan agitada como radical, irá provocando distintos cambios. A fines de 1889 acontece el primero: el periódico es suspendido después de haber denunciado los preparativos para las elecciones municipales a celebrar el 1 de diciembre. Reaparecido en febrero de 1890, ahora ya como portavoz del Partido Federal, su línea radical no variará. Lo demuestra la campaña contra la visita a Valencia del marqués de Cerralbo, dirigente máximo del carlismo que, a ojos de La Bandera, personifica todo aquello que se opone a lo que entiende que encarna el republicanismo (el progreso, la cultura, la libertad, etc.). El recibimiento estaba preparado, pero a la republicana, esto es, con lluvia de piedras. Sin solución de continuidad, se pasó de la protesta al motín. Primero se atacó a pedradas el Círculo Tradicionalista y la casa residencia de los Jesuitas, para luego, al entrar en acción la Guardia Civil, levantar barricadas y sacar las armas de fuego. Finalmente, el Capitán General, Azcárraga, proclamaba el estado de sitio y suspendía La Bandera bajo la acusación de instigar el levantamiento.

La disuasión militar fue efectiva por muy poco tiempo y la calma no tardó en verse alterada de nuevo. Entre otras cosas, por la vuelta a la presidencia del Gobierno de Cánovas, en los comienzos del mes de julio. Para protestar por este cambio, se organizará una gran manifestación que algunos también tildan de conspiración republicana. La movilización cuenta entre sus dirigentes con Vicente Blasco y Miguel Senent, y con numerosos obreros entre sus seguidores. Sin embargo no fue más allá, y la persecución policial va a obligar a Blasco a exiliarse en Francia. El hecho repercute directamente sobre la continuidad de La Bandera, tal y como notifica el anuncio de este suplemento extra: “Por estar en la emigración el director, V. Blasco, debido a los 4 procesos que le han abierto, obliga a suspender la publicación.” Por su parte, el redactor, Miguel Senent, procesado a consecuencia de la misma manifestación, será puesto en libertad tras el pago de la fianza de 10.000 pesetas. Una cantidad elevadísima y sin parangón posible en actuaciones fiscales anteriores, que nos hace preguntarnos sobre el nivel económico de Senent sin más respuesta que la de imaginar un respaldo del colectivo republicano.

El anticlericalismo también prende de forma rotunda en La Bandera. El exponente más claro acontece en noviembre de 1892, justo cuando un nuevo arzobispo entra en la ciudad. La figura de Ciriaco Sancha, que así se llamaba el sustituto del Cardenal Monescillo, es descrita de forma esperpéntica por La Bandera, no faltando todo tipo de imputaciones, entre otras, la de gastarse mensualmente 4.000 pesetas en puros habanos. Los redactores de La Bandera, con este ánimo, expusieron en el balcón de la calle de Las Barcas, sede de La Bandera, una sábana con amplias letras que decían: “Jesús iba descalzo, haraposo y hambriento. Comparad”. Blasco Ibáñez, que estaba en primera línea del balcón, será el primer detenido. A las siete de la mañana del día siguiente los detenidos pasan a la cárcel de San Agustín. Y al mediodía fueron puestos en libertad, bajo fianza, sujetos a procesamiento. Dos años después, la acción anticlerical tuvo un resultado distinto. El 10 de abril de 1894 la curia española ponía en marcha lo que pretendía ser una inmensa peregrinación de obreros católicos a Roma. Valencia y Barcelona eran los puntos de confluencia de todos los interesados en la iniciativa. Cinco vapores esperaban en el puerto para embarcar a cerca de los 2.000 peregrinos. Sin embargo, La Bandera, y de forma muy especial Blasco, no dudaron en boicotear la marcha, organizando las actuaciones de protesta, la más destacada de las cuales se llevó a cabo delante del Palacio Arzobispal, que fue apedreado al grito de ¡Viva Garibaldi!

3. El Pueblo

Todo empezó aquel día de noviembre de 1894. En el alba del día 12, un nuevo diario asomó por las calles de la ciudad, con formas muy similares al resto de diarios que ya existían, pero con una carta de presentación que inmediatamente lo diferenció: el nuevo diario fue voceado por los vendedores de prensa al grito de “¡Ha salido El Pueblo, la voz de la libertad!”. “La voz de la libertad” que ahora nacía, vivió e hizo vivir a miles de valencianos entre 1894 y 1939.

El Pueblo

El Pueblo nace cuando Blasco cuenta 27 años y se dan factores tan decisivos como el restablecimiento desde 1890 del sufragio universal, lo que ha permitido a los republicanos obtener, a pesar del caciquismo, 33 actas en los comicios generales de 1893. Pero sobre todo, nace en la antesala de la guerra de Cuba, un drama clave en su trayectoria, pues las críticas que publicará contra los grandes beneficiarios de la guerra (antiguos esclavistas, empresarios, navieras…) le originarán un rosario de denuncias, suspensiones y encarcelamientos. La visión de la realidad que cotidianamente efectúe El Pueblo, amén de la opinión con la firma de su director, generará siempre respuesta, ya de aprobación y por tanto de identificación con la crítica o la lucha, ya de rechazo y por lo mismo de oposición frontal. Nada ni nadie será ajeno.

La lucha contra la guerra de Cuba fue el primer gran capítulo de su historia, el más épico posiblemente. Pero luego la batalla se hizo más extraña al tiempo que más intensa, pues se libró entre los propios republicanos. La ruptura entre Blasco Ibáñez y Rodrigo Soriano a partir de 1903 agudizó el periodismo radical y de acción protagonizado en etapas anteriores. La diferencia ahora se basaba en que los contendientes eran antiguos correligionarios enfrentados a muerte. Los insultos de unos y otros provocaban duelos, enfrentamientos, asaltos, batallas en el Congreso…

Blasco soportó la presión hasta 1906. Para entonces, el nuevo director y propietario de El Pueblo pasará a ser Félix Azzati que mantuvo su puesto hasta su muerte en 1929. Luego tomó el relevo Sigfrido Blasco prácticamente con la República ya en ciernes. Sin embargo, la huella del fundador será imborrable: más allá de la distancia física, la presencia espiritual de Blasco, su forma de hacer el diario, su concepción republicana de la política y su vivir intenso, nunca dejarán de estar presentes en las páginas de El Pueblo

*(Universidad de Castilla la Mancha)

[1] Para conocer las dimensiones comunicativas de Blasco, ver LAGUNA PLATERO, A. (1999): “De propagandista de la política a propagador de la cultura. Vicente Blasco Ibáñez, un comunicador de éxito”, en DEBATS, Nº. 64-65.

[2] “Vicente Blasco Ibáñez: Autorretrato” en Vicente Blasco Ibáñez, la aventura del triunfo. Diputación de Valencia, 1986, p. 12.

[3] LEON ROCA , J.L. (1970): Blasco Ibáñez. Política i periodisme. Valencia: Tres i Quatre, p. 41.

6573-g

http://www.sendramarco.com

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