Investigación

Historia de las emociones

Juan Pro

La historia de las emociones ya está entre nosotros. Ha abierto ventanas saludables para ventilar la casa común de quienes trabajan en humanidades y ciencias sociales: no solo de los historiadores propiamente dichos. Ventanas que permiten asomarse a nuevos fenómenos y a nuevas explicaciones. No es una moda historiográfica: después de todo, no tiene tantos seguidores. Constituye una práctica minoritaria, pero saludada como enriquecedora por la mayoría del oficio. El terreno para su llegada fue allanado por otros giros historiográficos que la precedieron y acompañaron: desde el giro cultural hasta el giro lingüístico, todo estaba preparado para ir más allá y preguntarse –también– por las emociones.
Se trata de explorar la dimensión afectiva de la experiencia humana, que siempre supimos que existía, pero quedaba hasta ahora en un segundo plano del discurso histórico. Pero tomarse en serio la relevancia de esa dimensión afectiva implica también –y sobre todo– la ambición de buscar explicaciones en los elementos emocionales de la vida humana. Las causas a las que aludimos para explicar los procesos históricos ya no serán solo de orden político, económico o social, ni siquiera cultural, serán también emocionales: porque no hay fenómeno humano del que estén ausentes las emociones, filtrando y condicionando toda experiencia, toda decisión, toda identidad. Al mismo tiempo, queda planteada otra gran cuestión, como es la de la historicidad de las emociones. Y en relación con ella, el difícil diálogo con las neurociencias, saltando fronteras entre áreas científicas que van mucho más allá del sentido tradicional de la interdisciplinaridad en ciencias sociales y humanidades.
Ahí tenemos lo esencial de ese giro afectivo (affective turn) que está sacudiendo a la historia, al mismo tiempo que al conjunto de las humanidades y de las ciencias sociales. Ahora se le buscan y se le encuentran ilustres precedentes historiográficos, hallando historiadores de tiempos remotos que escribían historia de las emociones sin saberlo: los habría, según esta reconstrucción a posteriori, desde el siglo XIX por lo menos; y, por supuesto, en el XX. ¿Cómo ignorar a Lucien Febvre? ¿Cómo no rendir homenaje una vez más a la inteligencia de Norbert Elias o de Johan Huizinga? Una lectura atenta desde hoy los hace siempre modernos y permite descubrir en sus escritos intuiciones lúcidas que la historiografía posterior ha tardado demasiado tiempo en reconocer y en explotar.
Pero lo cierto es que aquellas obras individuales eran trabajos aislados, de enorme valor, pero que no crearon sistema por lo que respecta a lanzar una corriente investigadora de grandes proporciones sobre la dimensión emocional de la experiencia histórica. La nueva historia de las emociones no ha tomado forma hasta el último decenio del siglo XX y primero del XXI. La exploración de esta vía de trabajo y el innegable enriquecimiento que ha supuesto para la caja de herramientas del historiador actual no se inició antes de 1985, con el artículo pionero de los Stearns (1). El reconocimiento de este papel precursor, confirmado luego por otros trabajos (2), justifica la inclusión de un texto introductorio de Peter N. Stearns (George Mason University) al comienzo de este dosier: “Why Do Emotions History?”
Luego vinieron los trabajos de Barbara Rosenwein y William Reddy, que consolidaron la existencia de un campo historiográfico autónomo y perfilaron los primeros debates internos, con opciones teóricas y metodológicas alternativas (3). Una célebre entrevista de Jan Plamper dio cuenta de ello en 2010 (4). La nueva historia de las emociones había nacido en Estados Unidos y allí vivió su primer desarrollo. Pero la extensión internacional de sus planteamientos fue inmediata. A día de hoy está institucionalizada en centros de investigación de la mayor relevancia fuera en Alemania, Australia y el Reino Unido (5). Recientemente ha tenido que ser un historiador alemán quien sintetizara el estado del arte, publicando un primer manual de historia de las emociones (6).
La irrupción de la historia de las emociones en España también ha sido rápida. Anterior, quizá, entre los especialistas de otros periodos históricos, especialmente la Edad moderna, que entre los que investigan la contemporánea. Pero ha entrado con fuerza y de ello da cuenta la aparición prácticamente simultánea de cuatro dosieres monográficos especializados en historia de las emociones en revistas de historia españolas en un año (7). Sin duda hay interés por conocer y por explicar de qué hablamos cuando decimos “historia de las emociones”.
El dosier que ahora presentamos quiere ser una muestra de las posibilidades que este nuevo marco conceptual ofrece al investigador. Se abre con la introducción ya mencionada de Peter N. Stearns, en la que pasa revista al origen y las implicaciones de hacer historia de las emociones, sin eludir la cuestión de la audiencia hacia la que se dirigen estos trabajos.
Le siguen cuatro artículos que son otras tantas muestras de investigaciones concretas desarrolladas con los instrumentos que propone la historia de las emociones. La idea de reunirlos en una publicación conjunta surgió de la participación de los autores en un taller doctoral titulado Emociones: ¿un giro en historia y humanidades?, que se celebró en la Casa de Velázquez de Madrid en 2013 (8). Los cuatro textos dialogan entre sí dos a dos: los dos primeros, de María Sierra y Juan Pro, están centrados en el siglo XIX; y abordan con instrumentos de historia de las emociones dos estudios de casos que permiten acercarse al fenómeno del romanticismo y a sus dimensiones de género. Los dos siguientes, de Elena Carrera y Javier Moscoso, exploran históricamente dos emociones concretas, como son respectivamente el miedo y el dolor.
El artículo de María Sierra (Universidad de Sevilla), “Entre emociones y política: la historia cruzada de la virilidad romántica”, es un ejemplo de cómo puede llegarse hasta la historia de las emociones desde otras tradiciones de investigación en busca de claves explicativas e interpretativas. Concretamente, en este caso, desde la historia cultural de lo político y desde los estudios de género. Aquí se aplican al romanticismo y, más particularmente, a la historización de la masculinidad en aquel contexto específico que era, a un tiempo, cultural y emocional. El régimen emocional romántico aparece como la clave para entender una concepción de la virilidad burguesa crucial en la configuración del orden político y sentimental del liberalismo posrevolucionario. La autora reivindica así la aportación de la historia de las emociones como una sensibilidad analítica que puede ser empleada transversalmente y potenciada con otros enfoques.
Juan Pro (Universidad Autónoma de Madrid) aborda también el replanteamiento del romanticismo en “Mujeres en un estado ideal: la utopía de género del fourierismo y la historia de las emociones”. También en este caso hay una dimensión de género que explorar por la vía de las historia de las emociones. No es casualidad: la inclinación al giro afectivo por parte de la historia de género ha sido clamorosa y apunta hacia una alianza y un enriquecimiento analítico mutuo. Aquí un objeto de estudio concreto: el grupo de mujeres fourieristas de mediados del siglo XIX en Cádiz que, emocionadas con la propuesta estética del romanticismo, se unieron a la comunidad romántica y llegaron desde allí a una propuesta ética y política: la del socialismo utópico versión Fourier, con su revalorización de las pasiones. El surgimiento en este medio de una reivindicación feminista pionera encuentra sentido en el estilo emocional de ese romanticismo que hay que reevaluar.
Elena Carrera (Queen Mary Center for the History of Emotions, University of London) nos trae hasta el siglo XX con “El miedo en la historia: testimonios de la Gran Guerra”. En este artículo se ofrece un análisis del miedo a la muerte en el contexto de la Primera Guerra Mundial, basado en testimonios recogidos en memorias, cartas y diarios escritos desde el frente, así como en artículos y ensayos de psiquiatría y psicología militar de los años de la Gran Guerra. Desde estos materiales se ofrece una reflexión sobre las fuentes desde las que se puede estudiar la expresión histórica de emociones como el miedo. Al trabajar con conceptos a los que no puede ser ajeno el historiador, como los de trauma, valor, heroísmo, cobardía o escritura, la investigación sobre el miedo tercia en debates historiográficos abiertos a los que aporta nuevas aristas.
El artículo de Javier Moscoso (CSIC), “Political Pain and History of the Present”, explora la relación entre la historia de las emociones y la dimensión política de la historia. Una historia cultural del dolor como la que aquí se reclama ha de tener en su centro el problema de la representación: cómo se describe el dolor y corporal y qué métodos se emplean para escribir su historia. Solo podemos preguntarnos por las emociones de épocas y personas distantes desde las tensiones de nuestro presente. Pero, al mismo tiempo, hay que ser conscientes del entramado político en el que el dolor ajeno es negociado y reconocido como sufrimiento en cada momento histórico. Se hace necesaria, pues, una política de las emociones; y más específicamente, una política del dolor.

1. Peter N. STEARNS y Carol Z. STEARNS, “Emotionology: Clarifying the History of Emotions and Emotional Standards”, The American Historical Review, 90/4 (1985), pp. 813-836.

2 Peter N. STEARNS, Anger: The Struggle for Emotional Control in America’s History, Chicago, University of Chicago Press, 1989; Peter N. STEARNS, American cool: constructing a twentieth-century emotional style, Nueva York, New York University Press, 1994.
3 William M. REDDY, The navigation of feeling: a framework for the history of emotions, Cambridge, Cambridge University Press, 2001; Barbara H. ROSENWEIN, “Worrying about Emotions in History”, The American Historical Review, 107/3 (2005), pp. 821-845; Barbara H. ROSENWEIN, Emotional Communities in the Early Middle Ages, Ithaca, Cornell University Press, 2007; Barbara H. ROSENWEIN, “Problems and Methods in the History of Emotions”, Passions in Context. International Journal for the History and Theory of Emotions, 1 (2010), pp. 1-32; William REDDY, “Historical Research on the Self and Emotions”, Emotion Review, 1/4 (2009), pp. 302-315; William M. REDDY, The Making of Romantic Love: Longing and Sexuality in Europe, South Asia, and Japan, 900-1200 CE, Chicago, University of Chicago Press, 2012.
4. Jan PLAMPER, The History of Emotions: An Interview with William Reddy, Barbara Rosenwein, and Peter Stearns”, History and Theory, 49 (2010), pp. 237-265.
5. Center of History of Emotions del Max-Planck-Institut für Bildungsforschung (Alemania); Australian Research Council Centre of Excellence for the History of Emotions (Australia); Queen Mary Centre for the History of the Emotions (University of London).
6. Jan PLAMPER, Geschichte und Gefühl: Grundlagen der Emotionsgeschichte, Múnich, Siedler, 2012; traducido al inglés como The History of Emotions: An Introduction, Oxford, Oxford University Press, 2015.
7. Además de este de Rubrica Contemporanea, los de Carolina RODRÍGUEZ-LÓPEZ (ed.), “Historia de las emociones”, Cuadernos de Historia Contemporánea, 36 (2014); Mónica BOLUFER (coord.): “Del uso de las pasiones: la civilización y sus sombras”, Historia Social, 81 (2015); y José Javier DÍAZ FREIRE (ed.): “Emociones e historia”, Ayer, 98 (2015).

8. El taller, coordinado por Juan PRO y Stéphane MICHONNEAU ,fue organizado conjuntamente entre el 11 y el 13 de diciembre de 2013 por la Universidad Autónoma de Madrid (Campus de Excelencia Internacional UAM-CSIC), la École des Hautes Etudes Hispaniques et Ibériques y el Doctorado interuniversitario de Historia Contemporánea (Universidad Autónoma de Madrid, Universidad de Cantabria, Universidad Complutense de Madrid, Universidad del País Vasco, Universidade de Santiago de Compostela, Universitat de València y Universidad de Zaragoza).

Rúbrica Contemporánea

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