Artículo histórico

Recuerdos de un periodista demasiado viejo

Fabián Vidal

Permítanme, amigos, que hable un poco de mí. Es indispensable como antecedente de lo que dire luego.

Estoy en los sesenta y cuatro años de accidentada, dramática y trabajosa existencia. Comencé a escribir en periódicos a los catorce. Llevo medio siglo de profesional. Hasta los veinte años ejercí en mi tierra, Granada. Y dirigí el órgano oficial del Partido Republicano de la provincia, que se titulaba El Radical, por cierto. Como era aún menor de edad, el administrador, para los efectos legales, ejercía de “director de paja”, como se decía en el vocabulario de oficio, usado a principios de la centuria presente.

A los veinte años me llamaron de Madrid, donde ya me conocían por mis colaboraciones y por haber ganado el primer premio de un concurso nacional de cuentos, donde fueron presentados doscientos originales, para que sustituyese como cronista de primera plana -columnista se dice en México- al entonces famoso Cristóbal de Castro, que había dejado La Correspondencia de España para ingresar en El Gráfico, diario ilustrado que fundó Julio Burell con dinero de la empresa de El Imparcial. Fui, en la célebre Corres madrileña, decana de la prensa informativa española, amén de cronista, secretario de redacción, director de servicios extranjeros y redactor jefe. Estuve allí quince años, los mejores de mi vida. La abandoné para ocupar la jefatura de redacción del gran cotidiano El Sol, creado por don Nicolás María de Urgoiti. A los quince meses me encomendaron la fundación y dirección de La Voz, diario de la noche, de tipo novísimo en España, que llegó a ser el de más tirada de la Península Ibérica.

En La Correspondencia hallé a algunos ancianos periodistas que habían vivido y hasta hecho la historia de la segunda mitad del siglo XIX y que ayudaron a don Manuel María de Santa Ana y a su esposa, ambos sevillanos, industriosos y pobres, a crear el primero de los diarios informativos y apolíticos de España. Don Fernando María Redondo, don Ramiro Mestre Martínez, don Blas Aguilar, don Fernando Soldevilla, cargados de años y de experiencia, me contaron muchas cosas. Y también, don Andrés Mellado, ministro y académico, que dirigiera el periódico después de haber dirigido La Igualdad en su juventud y El Imparcial en sus años maduros…Y yo me pasaba largas horas en la sala de la biblioteca, hojeando las colecciones de viejo y glorioso diario y evocando, al leer sus breves sueltos, separados por asteriscos -entonces no se perdía espacio en titulares- páginas dramáticas de la Historia contemporánea española.

Galdós, en el episodio nacional Narváez, hace surgir la figura de don Manuel María de Santa Ana, luego marqués, senador y millonario. Santa Ana, sin más ayuda que la de su valerosa e inteligentísima cónyuge, redactaba, componía y vendía todas las noches, una hoja impresa donde había sólo noticias de interés general y algunos anuncios. Así nació La Correspondencia de España, que había de ser llamada luego gorra de dormir de los madrileños. Y Galdós hace decir en su Episodio a Narváez: “Me critican porque recibo todas las mañanas, antes en ocasiones que a los ministros y embajadores, a ese jovenzuelo sevillano. Pero ese jovenzuelo sevillano no viene jamás a pedirme recomendaciones, dinero ni credenciales. Viene a pedirme noticias políticas. De ella vive. Son su pan… Y yo se las doy con mucho gusto…”

Pero cuando Santa Ana y su abnegada esposa comenzaban, casi anónimamente, la Historia de la prensa informativa hispana en terribles condiciones materiales, los periódicos no habían salido aún del romanticismo. Había dos prensas públicas y legales, la moderada y la liberal, y una tercera, la clandestina. Aquélla era pulcra y venenosa. La segunda, ardiente y sincera. En cuanto a la última, desde El Huracán de Espronceda -que luego vivió sin clandestinidades- a El Murciélago, tuvo tanta influencia en la vida constitucional de España que es imposible describir ésta sin dedicarle algunos interesantes capítulos. El gran historiador inglés Lord Macaulay buscaba información para sus bellos libros en los papeles públicos de los tiempos confusos de los Carlos, Jacobos y Guillermos. Todo historiador español que pretenda serlo de veras, honradamente, deberá acudir a las hemerotecas si es que desea ofrecer a sus lectores obras veraces que reflejen fielmente al medio social.

Los moderados isabelinos tuvieron El Contemporáneo, El Heraldo de Sartorius, y La Época de Escobar, más tarde marqués de Valdeiglesias. Los progresistas, La Iberia de Calvo Asensio y Sagasta, y La Discusión de Nicolás María Rivero.

Y acude a mi cansada memoria una venerable e ilustre figura: la de don Manuel de Llamo y Persi. Era padre político de don Leonardo Ortega, opulento minero de Almería, diputado republicano por Granada. Vivía con sus hijos. Algunas veces, Ortega, que tenía mucho que agradecer electoralmente a mi familia, me invitaba a comer en su casa. Eran aquellas horas muy agradables. La hija de Llano y Persi, dama bella, distinguidísima y afable, y el anciano político y periodista, me colmaban, en unión de don Leonardo, de atenciones que jamás olvidaré.

Y, de sobremesa, yo procuraba siempre hacer hablar al viejo amigo Ruiz Zorrilla, conspirador audaz, que se jugara cien veces la vida por la libertad de su patria “Los tiempos actuales -decía- no se parecen en nada a los de mi juventud. Hoy la política y la prensa no responden al concepto que se tenía de ambas bajo Espartero, Narváez y Prim. Entonces había sinceridad y se odiaba y amaba con el corazón, más que con la cabeza. Yo trabajé en La Iberia, al lado de Calvo Asensio, que hoy tiene un rótulo de calle en Madrid, y de Sagasta, que era un joven ingeniero de caminos, de pluma fácil y oratoria fogosa. Allí conocí a Becerra, luego ministro alfonsino, y a Carlos Rubio, el bohemio poeta, uno de los hombres más admirables de aquella generación soñadora, desinteresada y valiente. Eran tiempos de lucha peligrosa y el escritor de papeles públicos dejaba frecuentemente la redacción por la barricada y la pluma por el fusil y rubricaba con su sangre, en ocasiones, el último de sus artículos. Por ejemplo, durante la inolvidable mañana del 22 de junio de 1866, vi a Rivero, a Sagasta, a Becerra, a Carlos Rubio, y a Eusebio Blasco peleando a tiro limpio contra la tropa del Gobierno mientras el desorientado y aturdido general don Blas Pierda no sabía cómo encauzar el movimiento iniciado por los artilleros del cuartel de San Gil. Y recuerdo que Eusebio Blasco vestía de etiqueta y tenía una flor en el ojal. Salía de madrugada de un baile aristocrático y vio un grupo de armados que desempedraban calles y volcaban vehículos. Y se unió a ellos sin cambiarse de ropa…

Más tarde, los demócratas, nacidos oficialmente a la existencia política una noche memorable en un teatro madrileño al conjuro de la palabra de un jovenzuelo gaditano llamado Emilio Castelar, tuvieron también su órgano, porque no querían depender de la hospitalidad del progresismo y editaron La Democracia, famoso periódico, redactado por plumas ilustres. Allí escribieron, además de Castelar, Pi i Margall, y Roque Barcia, autor éste del primero de los grandes Diccionarios españoles. Y no hubo en la izquierda un solo hombre que no pasara por su redacción o por la del diario de don Nicolás María Rivero. Ya se acentuaban las dos tendencias que habían de plasmar luego en dos grandes partidos históricos, el progresista y el federal, sostenedor aquél, enemigo este, de la dinastía saboyana que pretendió darnos Prim. Pero la persecución moderada les unió con fuertes lazos. Y más tarde se aproximó a ellos el viejo unionismo, cuyos espadones iban a ser desterrados a Canarias. Estaban en la emigración los jefes. Mas se mantenía el fuego sagrado gracias a las hojas revolucionarias que circulaban por las ciudades y eran leídas ávidamente en las trastiendas y reboticas, en los sotabancos y buhardillas y hasta en las covachuelas de la Administración. Cuando murió Narváez, El Murciélago apareció bruscamente, con una edición especial consagrada al acontecimiento. Y en ella se publicaban los versos siguientes, fechados en el Infierno, cinco minutos después de la hora exacta en que, según los médicos declararon, el director lojeño había dejado de existir:

Llegó el duque de Valencia.

Se le está poniendo el rabo.

Se aguarda con impaciencia

A Don Juan González Bravo.

¿Infantilismo propio de esos años de ingenuidad política? Hoy nos reímos de tales travesuras, mas hay que trasladarse, con la imaginación, a aquel ambiente. Una quintilla, un soneto, un epigrama, una oda, causaban un efecto formidable. ¿Acaso no está probado que la bella composición A unas aves, escrita en París por Carlos Rubio y que tuvo dentro de España una divulgación enorme, contribuyó con eficacia indudable y destructora a la preparación del movimiento septembrino?

Pero venció Serrano en Alcolea. Se daba la paradoja de que el primero de los innumerables amantes de Isabel II -la conoció, como se dice en la Biblia, cuando ella tenía quince años- era el que la expulsaba del trono, acaudillando un afortunado pronunciamiento militar que respaldaba casi toda la nación. Y los vencedores pretendieron conservar la monarquía prescindiendo de los Borbones. Y surgieron las candidaturas del portugués Fernando, del alemán Leopoldo y del italiano Amadeo. Y triunfó la tercera de ellas, luego que la segunda fue causa de la guerra francoprusiana. Pero Prim, que había jugado la carta de Saboya, no sabía que, de paso, se jugaba la vida también…

Y leamos de nuevo a Galdós. En uno de los Episodios de la Cuarta Serie nos lleva a la redacción de El Combate, el diario de José Paul y Angulo. Estaba cerca del Mercado de los Mostenses, junto a la calle Ancha de San Bernardo. Paul y Angulo, amigo entrañable de Prim antes del 69, enemigo mortal suyo más tarde, pasaba las noches en una lóbrega y sucia habitación, sentado a una mesa. Sobre esta mesa había dos pistolas, algunas plumas, un montón de cuartillas, una botella de coñac y una copa grande. En un lado del muro, entre periódicos de cambio, colgaba de un grueso clavo un trabuco naranjero. Escribía y bebía Paul. Su mano febril amontonaba los vocablos injuriosos, expresión desorbitada de ideas truculentas y absurdas. Y de pronto arrojaba la pluma y cogía una de las pistolas. Fuera sonaban gritos y se daban golpes. Y entraba apresurado un redactor.

  • ¡Don José! ¡Los de la partida de la porra!
  • ¡Mal rayo los parta!

Y Paul y Angulo se levantaban de un salto, descolgaba el trabuco y salía como un vendaval.

A poco se oían detonaciones seguidas de carreras y ayes. Pasaban unos minutos. Y Paul regresaba vencedor con su arma humeando todavía.

Y sin dar importancia al suceso se sentaba de nuevo, se bebía una gran copa de coñac y terminaba el empezado artículo de fondo…

Dirigía la Porra, organizada en virtud de órdenes de Sagasta, a la sazón presidente del Consejo, el famoso Felipe Ducazal, después empresario de teatros. Ducazal estrenó La Gran Vía, de Chueca y Felipe Pérez y González. Era jaque, matón, atrevido, poco escrupuloso y tiraba a la pistola casi tan bien como el terrible Paul. Y concluyeron por batirse. Sólo cambiaron dos balas. La de Paul penetró en el cráneo de Ducazal. Cayó al suelo. Todos le daban por muerto, pero vivió milagrosamente con el proyectil dentro de su cabeza, veinticinco años aún…

La Correspondencia tenía ya un rival nacido al calor de la Restauración. Era El Imparcial, de Eduardo Gasset y Artime. El Imparcial, diario que unía al partidismo político a la información, defendió el constitucionalismo alfonsino y llegó a tener tirada considerable. Pero Santa Ana se mantenía fiel a la vieja fórmula. Daba a su público noticias, folletines y anuncios. La cuarta plana sólo contenía original pagado. Y en ella se acreditaron algunos específicos extranjeros y españoles, desde el Jarabe Curativo de la Madre Seigel y el Parche Poroso de Alleock, al Aceite de bellota con savia de coco ecuatorial y al Jabón de los Príncipes del Congo… Una agencia de París alquiló esa célebre cuarta plana de La Correspondencia en ochenta mil duros anuales…

Aún no moría el periodismo exclusivamente político. Había tenido bajo la fugaz República en esplendor efímero, manifestado en La Igualdad, el diario de los federales. Y al lado de éste surgió, como máquina de guerra, una floración de semanarios demagógicos. Se titulaban La Gorda, El petrolero, y cosas semejantes. Los redactaban plumas alfonsinas. Buscábase con ellos asustar a las personas de orden y preparar la Restauración…

Los carlistas contaban asimismo con prensa numerosa. La Fe, La Esperanza, El Cruzado, defendían en Madrid la causa del Rey Neto, llamado por los liberales el Niño Terso, mientras enjambres de correligionarios combatían por ella en el Norte, Nordeste y Centro de la Península.

Llegaron de nuevo los Borbones. Cánovas dijo que iba a continuar la Historia de España. Y su ministro de la Gobernación, Romero Robledo, disolvió 6.000 ayuntamientos y suspendió todos los periódicos liberales. Y la prensa comercial, hija del incipiente capitalismo, no tuvo el campo libre.

El Pacto del Pardo, sin embargo, creó el medio propicio para fórmulas periodísticas de flexibilidad inteligente. De una disidencia de El Imparcial nació El Liberal, que sería pronto el órgano de la pequeña burgesía madrileña. Y los republicanos tuvieron El Ideal y El País…

Yo conocía la época de transición. Cuando ya trabajaba en Madrid, Luca de Tena, editor de Blanco y Negro, creó el ABC. Luego vino El Debate, fundado por el inquieto clérigo Basilio Álvarez, muerto recientemente en la emigración, y que compró, casi moribundo, por un puñado de pesetas, la Compañía de Jesús para hacerlo órgano suyo semioficial. Y don José Canalejas ideó El Heraldo (1). Y Romanones, para combatirle, encargó a Augusto Figueroa la creación de El Diario Universal.

España pasaba lentamente del estado preburgués al sistema capitalista.

Perdidas las Colonias, hubo una afluencia de dineros disponibles que contribuyó grandemente al desarrollo del industrialismo. Y la prensa siguió la evolución. Necesitaba de grandes capitales. Y se organizó en trusts y consorcios. Las debilidades se buscaban para convertirse en fuerzas. Y fueron muriendo los diarios políticos de partido. Y Castrovido, que había sido último director de El País, ingresó como colaborador preciado en mi periódico La Voz.

Hoy, claro está, no hay verdadera prensa en España. Acabó con la derrota de la República. Los diarios y revistas son prolongaciones administrativas de Falange. Sus directores y redactores dependen de Gobernación. Y leído uno, están leídos todos.

Y, como es lógico, ha reaparecido la prensa clandestina, ayudada por la radio. Los españoles esclavos leen a escondidas hojas mal impresas donde les dicen algo de la verdad que el oficialismo procura tapar bajo el celemín de su censura intransigente. Y oyen las emisoras de París, Londres y Tolosa…

Cuando España vuelva a ser libre tendrá de nuevo prensa digna de tal nombre. Pero esta nueva prensa no se parecerá a la que se publicaba en julio de 1936. La nación habrá mudado de piel política y social. Y los periódicos reflejarán en su formato y organizaciones internas el cambio formidable.

(1) En realidad, Heraldo de Madrid fue fundado por Felipe Duzcazal en 1890. Más tarde estuvo en manos de Canalejas, pero por un corto periodo de tiempo.

Exilio

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