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El Autonomista y el fusilamiento de Carles Rahola

Lluís Costa*

Cuando aparece en la ciudad de Girona el primer número El Autonomista, el 18 de septiembre de 1898, la prensa española se sustentaba en el modelo más clásico de la tradición decimonónica. A partir de entonces, se experimentará una lenta evolución hacia lo que podríamos considerar periodismo moderno, aquel en que, progresivamente, los aspectos noticiables disputan protagonismo a los aspectos doctrinarios.
La historia de El Autonomista se identifica con la del nacimiento y consolidación del periodismo moderno en Girona, y mantiene una periodización coincidente con la del modelo comunicativo más avanzado en la época: una etapa de transición que va desde finales de siglo hasta la Primera Guerra Mundial, y una etapa de modernización, con el fenómeno emergente de la sociedad de comunicación de masas de los años veinte y el periodo de plenitud en tiempos de la República. Asimismo, la larga vida de El Autonomista –más de cuarenta años ininterrumpidos de cita con el lector– constituye una parte importante de la misma historia de Girona. Todos los grandes acontecimientos del país, de la ciudad y de las comarcas se reflejaron en sus páginas, pero el periódico no fue sólo el espejo de aquella sociedad, sino que formó parte del entramado social; el periódico no era un instrumento pasivo, sino muy al contrario: se convirtió en protagonista relevante de la historia gerundense.

La incidencia social de un periódico como El Autonomista era, en teoría y si atendemos únicamente al tiraje, modesta. Ahora bien, a pesar de no ser un periódico propiamente obrero –era de izquierdas, pero con una vocación más interclasista, que despertaba el interés, también, de sectores de la pequeña burguesía–, la clase trabajadora gerundense lo tenía como medio de comunicación de referencia, sobre todo a falta, en la ciudad de Girona y, en general, en todas las comarcas de Girona, de prensa estrictamente obrera (si exceptuamos el órgano anarquista de Sant Feliu de Guíxols Acción Social Obrera, que se publicó de 1918 a 1932). Esta condición “obrerista” le otorgaba una notable trascendencia social, más allá de los reducidos tirajes, ya que El Autonomista era leído públicamente por el militante obrero más instruido, en el taller, la taberna o el ateneo. Era la manera de poner en práctica una sólida tradición; en consecuencia, su repercusión era muy superior a la de los diarios de derechas, caracterizados por lecturas exclusivamente individualizadas.

La historia de El Autonomista tiene dos fechas muy significativas: el 8 de febrero de 1916, cuando convierte su periodicidad en diaria, y el 2 de enero de 1933, cuando se catalaniza el contenido y la cabecera.

Es evidente, pues, que la historia de El Autonomista no puede desligarse, en absoluto, de la historia de Girona; de la misma manera que no se puede desligar la historia de El Autonomista de la historia de la familia Rahola, los hermanos Darius y Carles Rahola Llorens. Como escribió un redactor del diario de los años treinta, Agustín Cabruja: “Los hombres, como los Dioses, a veces hacen milagros. Y el gran milagro de Darius fue hacer de El Autonomista un oreo de libertad, y de la su persona, una institución”. Efectivamente, si hemos considerado El Autonomista como el modelo periodístico gerundense por excelencia, a Darius Rahola lo debemos considerar como el hombre de prensa más completo en Girona. Darius fue el fundador, el propietario y el director de El Autonomista a lo largo de todo el tiempo. Hemos preferido anteponer la definición “hombre de prensa” a la de “periodista” porque Darius Rahola ejerció de empresario de prensa –una actividad ruinosa en una ciudad provinciana– de director y finalmente de periodista, con unas aptitudes que fue mejorando con la práctica cotidiana de la profesión. Darius Rahola era heredero de la tradición periodística del ochocientos, que priorizaba ante todo la función doctrinaria e ideológica del periódico. Pero Darius era también un republicano comprometido, dedicado a la actividad política entendida como servicio a la sociedad. Por lo tanto, política y prensa se conjuntaban en busca de un mismo objetivo: la mejora de la sociedad. Era la exaltación de la prensa puesta al servicio del ideal, concepción sintetizada en una brillante frase que Darius Rahola había escrito, en 1901, en una hoja volandera: “Uno de los instrumentos que más han servido para la elaboración del progreso, que más se han utilizado para romper las cadenas de la esclavitud, y que más eficaces han sido para proclamar el derecho del hombre y la dignidad del humano linaje, es el de la prensa”.

Darius Rahola supo, con gran inteligencia y eficacia, hacer evolucionar el periódico, de acuerdo con los avances sociales y tecnológicos, y convertirlo en un medio moderno que contenía las esencias del nuevo periodismo informativo, sin abandonar, nunca, la bandera ideológica que había defendido.

Darius Rahola no hubiera logrado de forma tan extraordinaria con su proyecto si no fuera, sin duda, porque tuvo siempre muy cerca a su hermano Carles, un periodista y escritor autodidacta que encontró en el periódico a su escuela y su medio de relación con la cultura catalana y española.

En febrero de 1939 entraron en la ciudad de Girona las tropas franquistas: era el fin de El Autonomista y los hermanos Rahola. El trágico destino de los hermanos fue paralelo con el del diario. Mientras Darius emprendía el camino del exilio, su hermano Carles era detenido, bajo la acusación de haber publicado en El Autonomista tres artículos considerados revolucionarios, condenado a muerte por un Tribunal Militar y ejecutado de manera sumarísima pocos días después.

La ejemplaridad de la vida y la obra de los Rahola se sublimó a partir de la cruenta y ominosa represión franquista. La influencia de los Rahola en la sociedad gerundense fue de un alcance excepcional. El escritor ampurdanés Josep Pla expresó años más tarde “la sorpresa que siempre me produjo, en estas tierras de sentimientos tan plásticos, la simpatía universal que tuvo la familia Rahola”.

La imprenta del diario fue incautada y los archivos destruidos, y es que el franquismo no ejerció sólo la aniquilación física, sino que quiso borrar la memoria ciudadana.

  • Universitat de Girona

www.lluiscosta.net

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