Investigación

Mission to Madrid

Martha Gellhorn regresó a Madrid tras la muerte de Franco, producida el 20 de noviembre de 1975.  Con 67 años cumplidos, la legendaria corresponsal estadounidense esperaba revivir las emociones de la guerra civil, que cubrió junto al que más tarde sería su marido, Ernest Hemingway, y otros célebres reporteros como John Dos Passos, André Malraux, Herbert Matthews o Robert Capa. Gellhorn esperaba encontrar más acción en las tensiones políticas y sindicales de las primeras semanas de la Monarquía. En vano le pedía a Tom Burns Marañón[1], por entonces joven reportero hispano-británico de la agencia Reuters, que la llevara a la cárcel de Carabanchel y a todas las manifestaciones.

No fue el único caso. Otros periodistas extranjeros llegaron a España con el temor a que se desencadenaran duros enfrentamientos, incluso una nueva guerra civil. Varios corresponsales estadounidenses llegaron directamente desde la larga guerra de Vietnam, que estaba llegando a su final. James M. Markham (The New York Times) había estado además en Laos, Tailandia y Camboya antes de pasar a Beirut como jefe de delegación. Llegó finalmente a Madrid, donde estaría destinado seis años, hasta 1982, para relevar a Henry Giniger, que había llegado en septiembre de 1975, tras diez años en México y haber cubierto el golpe de estado de Pinochet en Chile, en 1973. En la misma delegación estuvo Henry Kamm, un periodista alemán fogueado en Asia y África, mientras que Flora Lewis, otra veterana de Vietnam y las guerras arabo-israelíes, llegaba como refuerzo desde la corresponsalía en Paris.

Uno de los veteranos de Vietnam de más renombre fue Malcolm Browne, antiguo jefe de la delegación de Associated Press en Saigón. Junto con Peter Arnett, Neil Sheehan (United Press International) y David Halberstam (The New York Times) formaron el “Vietnam brat pack”[2] que fue acusado por el Pentágono de haber “perdido la guerra” para los Estados Unidos. Pese a ello, obtuvo un premio Pulitzer, que añadió al premio World Press Photo de 1963 –la distinción más importante en el campo del fotoperiodismo- por la imagen de la auto-inmolación del monje budista Thích Quảng Dúc. Tras salir de Saigon, Browne viajó a Suramérica antes de ser enviado en otoño de 1975 para cubrir la enfermedad definitiva de Franco.

Diversos corresponsales norteamericanos y europeos en los inicios de la Transición procedían de otras zonas calientes del globo. Jim Hoagland (The Washington Post) procedía de Beirut y la guerra del Líbano y antes había recibido un premio Pulitzer por sus reportajes sobre el régimen de apartheid sudafricano. Paolo Bugialli[3] (Corriere della Sera) había estado en Oriente Medio y África, y Mimmo Càndito (La Stampa) en los disturbios de Irlanda del Norte.

Marcel Niedergang (Le Monde), que ya había comenzado a ocuparse de España, era especialista en Latinoamérica, como Richard Gott (The Guardian), que había estado también en Chile. John Hooper, del mismo diario, se había estrenado en la guerra civil de Nigeria y la invasión turca de Chipre tras un golpe de estado pro-griego. Los enviados a la revolución portuguesa de abril de 1974 viajaron a menudo desde Lisboa durante los últimos meses de vida de Franco, como James MacManus y Peter Niesewand (The Guardian) o, más tarde, Jimmy Burns y Diana Smith (The Financial Times).

Un total de 419 corresponsales y enviados de todo el mundo -incluyendo agencias, prensa, radio y televisión- se acreditaron ante el Ministerio de Información y Turismo[4] para asistir al funeral de Franco, el 23 de noviembre de 1975. Se puede estimar entre 120 y 140 el número de los periodistas acreditados permanentemente hasta junio de 1977, fecha a partir de la cual no se dispone de datos. Como en 1936, España volvía a estar en el foco de la atención internacional. España volvía a ser noticia, evocando el título dado por José Mario Armero al primer libro[5] sobre el papel de los corresponsales extranjeros en la guerra civil, publicado en 1976. A medida que pasaron las semanas fue cundiendo la esperanza que esta vez la noticia sería positiva.

La extraordinaria afluencia  de corresponsales durante la guerra civil fue un paréntesis excepcional de la limitada atención que la prensa internacional concedió tradicionalmente a España. A partir de 1939, sólo las agencias internacionales mantuvieron oficinas abiertas en Madrid y los grandes diarios se valieron de corresponsales locales (stringers) o de enviados especiales cuando la ocasión lo requería.

El 22 de julio de 1969, el nombramiento por las Cortes del Príncipe Juan Carlos de Borbón como sucesor de Franco a título de Rey abrió una expectativa sobre el futuro del régimen, en conflicto con la legitimidad dinástica encarnada en la persona de su padre Juan de Borbón, el heredero de Alfonso XIII. El 20 de diciembre de 1973, el espectacular asesinato por ETA del almirante Luis Carrero Blanco, en quien unos meses antes Franco había delegado por primera vez la presidencia del gobierno, despertó el temor a la inestabilidad. El 3 de marzo de 1974, la ejecución de las penas de muerte a Salvador Puig Antich y Heinz Chez, en Barcelona y Tarragona, indicaron un endurecimiento del régimen.

El 9 de julio de 1974, la primera enfermedad de Franco y su substitución temporal por el Príncipe como Jefe del Estado, de 19 de julio a 31 de agosto, activó la llegada a Madrid de corresponsales y enviados. El 27 de septiembre de 1975, la ejecución de cinco penas de muerte a miembros de ETA y FRAP sumió a España en una crisis internacional que preludiaba serias dificultades ante la muerte del Caudillo, que se produjo dos meses más tarde, tras una larga agonía y en medio de los pesimistas augurios de la prensa internacional.

Las principales agencias internacionales de noticias –AP, UPI, Reuters y Agence France Press- reforzaron su presencia, junto a la llegada de reporteros de una docena de agencias nacionales, tan dispares como la cubana Prensa Latina, la china Xinjua, la DPA alemana, la polaca PAP, Plus Ultra de Méjico, la japonesa Kyodo, la húngara MITI, la agencia oficial de Arabia Saudita y, cómo no, la soviética TASS. Llegaron asimismo, equipos de radio y televisión de las CBS, NBC y ABC estadounidenses, la RAI italiana, las cadenas públicas holandesas, portuguesas y suecas, la BBC, la RTF francesa y la ZDF alemana entre otros.

El más conservador y de mayor difusión de los diarios británicos, The Daily Telegraph, envió a Harold Sieve a Madrid, donde ya estaban los alemanes Walter Haubrich (Frankfurter Allgemeine Zeitung) y Friedrich Kassebeer (Suddeutsche Zeitung), el holandés Kees van Bemmelen (De Telegraaf) o el británico Gordon Martin (BBC). Otros diarios contaban con la colaboración de stringers de largo recorrido como Harry Debelius[6] (The Times), Bill Cemlyn-Jones[7] (The Guardian), Jose Antonio Novais (Le Monde), Miguel Acoca (The Washington Post) y Richard Mowrer (Christian Science Monitor de Boston y Chicago Daily News) o con un veterano especialista como Jacques Guillemé-Brûlon[8] (Le Figaro). En los meses siguientes, los principales diarios se aseguraron de estar en condiciones de seguir e interpretar sobre el terreno el proceso de cambio en España, creando corresponsalías fijas o mandando periódicamente enviados especiales, a veces de alto rango en las redacciones. Revistas semanales, tan numerosas en la época, y emisoras de radio y televisión se esforzaron en la elaboración de reportajes sobre el despertar a la democracia de los españoles.

Si, cuarenta años antes, los nombres más importantes del periodismo mundial se podían encontrar al sur de los Pirineos y “los españoles eran muy conscientes de ello y estaban orgullosos de su fama”, en palabras del hispanista británico Hugh Thomas[9], algo parecido puede decirse del final del régimen surgido de la guerra civil. Si el papel de los corresponsales extranjeros fue tan importante en la guerra civil española[10], hubo de serlo también durante la Transición. Esta hipótesis está en la base del proyecto de investigación[11] de cuyos resultados surge ese libro, con la consideración clara que el papel de los corresponsales y enviados hubo de ser esta vez bien distinto.

La guerra civil fue la última batalla ideológica del periodismo internacional, en palabras de Knightley[12], con los corresponsales apoyando a uno u otro bando y en ocasiones yendo más allá de su función informativa, en un mundo crecientemente polarizado que desembocaría muy pronto en la Segunda Guerra Mundial. Cuatro decenios más tarde, bajo la hegemonía de un periodismo más informativo, en un mundo inmerso aún en la Guerra Fría y con las potencias occidentales interesadas en la incorporación de España al grupo de las democracias, el comportamiento había de ser más profesional y unívoco. En la memoria política y periodística de la Transición, así como en la interpretación de los historiadores, el papel de la prensa extranjera resulta relevante en tres aspectos principales: informó y opinó con más libertad que la prensa española, ofreció a públicos y gobiernos del exterior la información del proceso y expresó su apoyo al cambio, matizado por frecuentes críticas y reproches.

Fragmento de la introducción de “Las sombras de la Transición. El relato crítico de los corresponsales extranjeros (1975-1978)” de Jaume Guillamet (Ed.), Marcel Mauri, Ruth Rodríguez-Martinez, Tobias Reckling, Francesc Salgado y Christopher Tulloch (Publicacions de la Universitat de València)”.

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[1] Entrevista con Tom Burns, Madrid, mayo 2010

[2] Una traducción literal sería “la banda de revoltosos de Vietnam”.

[3] Carlos Elordi: “Paolo Bugialli, corresponsal del Corriere della Sera en España”, El País, 18 de noviembre de 1999.

[4] Archivo General de la Administración: “Negociado de acreditación de corresponsales extranjeros” de la Dirección General de Régimen Jurídico de la Prensa, Sección de Prensa Extranjera. AGA-MIT 42/09051, 2

[5] José Mario Armero: España fue noticia: corresponsales extranjeros en la guerra civil, Madrid, Sedmay, 1976.

[6] Miguel Angel Aguilar: “Harry Debelius, periodista”, El País, Madrid, 20 de febrero de 2007. A su vez, Aguilar fue corresponsal en Madrid del diario La Libre Belgique de Bruselas.

[7] “William Cemlyn-Jones, periodista”, El País, 24 de mayo de 1986.

[8] D.V. “Jacques Guillemé-Brûlon”, ABC, 6 de septiembre de 2001.

[9] Hugh Thomas: La Guerra Civil española, I, Barcelona, Grijalbo, p. 401.

[10] Phillip Knightley: The First Casualty. The War Correspondent as hero and myth-maker, from the Crimea to Kosovo, Londres, Prion, 1975 ampliado en 2001; versión en español Corresponsales de guerra, Barcelona, Euros, 1978; Carlos García de Santa Cecilia (ed): Corresponsales en la Guerra de España, Madrid, Instituto Cervantes y Fundación Pablo Iglesias, 2006; Paul Preston: We Saw Spain Die, Londres, Constable and Robinson, 2008. Versión en español Idealistas bajo las balas, historias de la guerra civil, Barcelona, 2007; y en catalán, Idealistes sota les bales, històries de la guerra civil, Barcelona, Columna, 2007.

[11] “Noticias Internacionales de España. La Transición, 1975-1978. La percepción exterior de la política española a través de la prensa internacional”, Plan Nacional I+D+I, Ministerio de Ciencia e Innovación, CSO 2009-09655, investigador principal Jaume Guillamet, Universitat Pompeu Fabra.

[12] Philip Knightley. The First Casualty, Londres, Prion, 2001, p. 207-235.

[13] Ricardo Zugasti: La forja de una complicidad. Monarquía y prensa en la transición española (1975-1978), Madrid, Fragua, 2007.

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