Al Senegal en avión

El feliz arribo a Casablanca

Luis de Oteyza

Salimos de Rabat y llegamos a Casablanca. Como os lo digo. Con la misma sencillez que os lo digo, y casi en igual tiempo que empleo para decíroslo.

Entre Rabat y Casablanca hay 87 kilómetros de vuelo, que, estando el aire calmado, se cubren en menos de media hora. Apenas veinte minutos tarda nuestro avión, favorecido por un ambiente sereno y luminoso, en hacer la etapa.

Exactamente: salir y llegar. Mi cuaderno de notas recoge dos sólo. “Nos orientamos siguiendo la costa”. “Vamos sobre una gran población”. Alfonsito tira una placa únicamente: la de la ciudad que cruzamos, perdiendo ya altura. Y sin más aterrizamos en un aeródromo magnífico.

Es el militar de Casablanca, cabecera de las fuerzas aéreas francesas de Marruecos, cuyo campo se emplea también para los servicios de la Compañía General Aeropostal.

Entre los hangares de los aeroplanos de bombardeo ocupa lugar preferente el de estos pacíficos que transportan correspondencia y mercancías. Y los cuarteles de las tropas de la cuarta arma, están rodeando y protegiendo las oficinas del tráfico civil.

Muy bien. La fuerza unida, compenetrada con el progreso. ¡Qué hermoso conjunto! La admiración se refleja en mi rostro de forma tan visible, que al abordarme el jefe lo hace preguntándome:

-¿Le gusta a usted nuestro aeropuerto?

-Más de los que se pueda usted imaginar –le contesto.

Por fortuna no se me piden explicaciones de esta frase, que no es cosa de detallar ante un extranjero. El jefe del aeródromo admirable se apresura, en cuanto confirma mi satisfacción, a decirme algo que piensa no me ha de satisfacer. Que no continuamos hoy con el vuelo. Hemos de permanecer veinticuatro horas en Casablanca porque el correo para el Senegal se retrasa un día.

Ha ocurrido un accidente. El avión de Orán, que aquí enlaza con el que hasta Dakar sigue, se ha caído al mar. ¿Cómo? El viento, que es terrible. Nosotros tuvimos desde la salida de Alicante regiones en calma; pero esto sucedió sólo en muy limitadas zonas. La atmósfera estuvo generalmente agitadísima. Prosiguió la tempestad por todo el Mediterráneo. Y el otro avión, que a la par que el nuestro habría de llegar, fue lanzado al agua.

No; no ha habido desgracias personales. El piloto pudo ser salvado y no iban pasajeros. También se espera sacar a tierra el aparato, que está cerca de la costa, en un lugar poco profundo. Pero los aeropaquetes, que en estos momentos son paquetes submarinos, tienen que pescarse, y hasta mañana no volverán a emprender el camino por los aires otra vez.

Un retraso sólo. Aunque muy de lamentar por lo que a nosotros se refiere. ¿De lamentar por nosotros? Nos proporciona la satisfacción de visitar Casablanca y nos evita el riego de seguir volando cuando caen los aviones. Además, que para lo que tenemos que hacer en tierra de negros, nos da lo mismo llegar un poco después. ¡Es de creer que los negros permanecerán negros siempre! Nada, que nos alegramos de lo que ocurre.

Claro que esto no nos atrevemos a decírselo al personal de la Compañía. Ponemos la cara propia de las circunstancias y hasta llegó nuestra hipocresía a que murmuráramos unas palabras de condescendencia. Es de lamentar el accidente. Sí… Pero añadimos, todavía insinceros en parte, que no hay que preocuparse en lo que a nosotros se refiere. Nos da lo mismo continuar el viaje mañana que hoy, después de todo.

Y cuando nos encontramos solos en el automóvil, que por un camino bardeado de jardines nos lleva hacia la grande y bella ciudad, sinceramente, al fin, exclamamos:

-¡Qué suerte!

Suerte doble: la de no habernos caído y la de que se cayera el otro avión.

Heraldo de Madrid, febrero de 1928

 

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