Artículo histórico

Los escritores leales a España: Antonio Zozaya

Luis Paul de Conde

Muchas tardes, buscando un remanso de paz entre la agitación continua de la Redacción, voy al bello jardín de la casa de don Antonio Zozaya, donde siempre le encuentro escribiendo o leyendo las últimas novedades literarias aparecidas en París. La casa que actualmente habita el gran filósofo y exquisito poeta parece edificada por el delirio arquitectónico de Edgar Poe o, con más justicia, por el ensueño de Rodembach. Detrás de esta gigantesca mole de ladrillo rojo, cuyo torreón semeja rozar las nubes, está el magnífico jardín cuajado de flores, de encubridoras enredaderas, laberínticos jeroglíficos de hiedra y poblado de bancos de madera, sobre los cuales, en los más apartados, el gran filósofo imagina sus crónicas, publicadas bajo el epígrafe Tras la cumbre de la vida, o Bajo el hierro y el fuego, que si se recopilasen y reuniesen en un volumen constituirían una de las mejores obras de la guerra, reflejo de su genuino espíritu, altamente antifascista.

Allí, dominando con la vista todo Barcelona, adivinando más allá el mar infinito, lleno de velas de barcos pesqueros, saturándonos del perfume de las flores, que se nos ofrecen como compensación de la Naturaleza a las monstruosidades bélicas de la Humanidad, charlamos sobre temas que a ambos nos interesan: hacia la gran lucha de nuestra patria corren siempre nuestros pensamientos y nuestras palabras.

—¿En qué trabaja, maestro? –le he preguntado hoy el verle atareado en la ordenación de unas cuartillas, sobre una mesa de mármol.

—Estoy corrigiendo definitivamente unos trabajos complementarlos de un nuevo libro, que pienso titular El derecho, la guerra y la miseria, que contendrá abundantísima bibliografía, y que pienso editar en París, con el texto en francés y español.

—¿Tiene usted algún otro libro en preparación?

—Sí . Uno, muy curioso por cierto, y muy interesante desde el punto de vista literario: Nuevos diálogos de los muertos. Se trata de algo casi humorístico, pero que en el fondo encerrará una gran filosofía analítica. Son unos diálogos, a través de centenares de años, entre seres que brillaron en la política, en las artes, en las ciencias o en las milicias. Suponga, por ejemplo, una conversación de la Fornarina con Cleopatra, o entre Julio César y Jovellanos. En resumen, vengo a declarar que el alma es siempre la misma. Solamente cambia el ambiente, el cuadro teatralizado que los hombres van transformando en el tablado del mundo.

—Usted ha escrito con frecuencia sobre ese desenvolvimiento inconsciente de la Humanidad, negando que sea el hombre lo primordial en esa evolución, ¿no es cierto?

—Cierto. Se cree erróneamente que el mundo avanza y progresa merced a los teorizantes y a los revolucionarios. Ello responde a la suposición de que los hombres pueden, en un momento, cambiar las condiciones del planeta en que viven, como prodigiosos demiurgos. No hay tal; somos muñecos movidos por los invisibles hilos que nos obligan a adaptarnos al medio. Cuando éste se modifica, lo hace también la vanidad humana, y los grandes pensadores revolucionarios no son sino la causa aparente de cambios trascendentales, cuya causa eficiente es la modificación del medio.

Don Antonio deja de hojear las cuartillas, cruza los brazos, y después de unos minutos de silencio, que respeto, agrega, como si continuase pensando en voz alta:

—Es seguro que las invenciones del tornillo, de la palanca y de la rueda señalaron en la civilización un poderoso avance, como cambiaron la faz del mundo los descubrimientos de la Imprenta, de la pólvora y de la brújula. Con ellos comenzó el Renacimiento, y, asimismo, la época que llamamos contemporánea empezó con el maquinismo. Si no hubiera venido Carlos Marx, otro genio se hubiera encargado de dar forma a las reivindicaciones sociales. Los teorizantes no son más que intérpretes. Ni Platón con su República, ni Thomas Moro con su Utopía, ni Campanella con su Ciudad del Sol, ni aun Augusto Comte con sus obras, lograron crear la Sociología. Fue el maquinismo, nacido en Manchester, el que cambió radicalmente la situación de los trabajadores y les llevó a asociarse para combatir la explotación del hombre por el hombre.

—¿Qué libros suyos son, en su opinión, los mejores?

—De toda mi producción literaria, los libros que he escrito con más estudio, con más detenimiento, con más cariño, son tres: La sociedad contra el Estado; Libertad, propiedad y alma colectiva y La crisis religiosa.

—Por esta última obra sabemos que es usted un rebelde del catolicismo.

—Completamente. No se puede hacer luz de la tiniebla absoluta. La mano divina de Dios la vemos por todas parte; su bondad, por ninguna.

Dedicatoria de Antonio Zozaya a los lectores de Blanco y Negro
El decano de los cronistas madrileños nos envía este saludo,
con una caligrafía que desmiente los setenta y nueve años que acaba de cumplir

Luego, nuestra conversación gira sobre la guerra española.

—¿En qué forma cree usted que se decidirá la guerra?

—Con el triunfo absoluto de la razón y de la justicia, con la victoria, pues, de la República española. El espíritu democrático y liberal que late en cada corazón español no logrará jamás mistificarlo Franco, tan juguete de Hitler y Mussolini, como éstos del movimiento plutócrata y capitalista que nos envuelve. La guerra española es el prólogo de la conflagración universal que tarde o temprano estallará, con alcances verdaderamente caóticos y apocalípticos.

—Desde el punto de vista filosófico, ¿qué opiniones tiene para cuando la guerra se acabe?

—Quienes sobrevivan a esta tragedia, verán un mundo nuevo, cuya aparición atribuirán los historiadores futuros a los filósofos, a los políticos, a los guerreros y a los revolucionarios, pero que será debido a los derivados de los físicos, de los químicos, de los matemáticos y de los trabajadores del músculo. Aquéllos no habrán hecho sino interpretar y explicar el fenómeno y desempeñar un papel que les fue asignado por el azar, como los comediantes que llevando a la escena las obras de los dramaturgos parecen reyes, magnates y personajes sublimes y geniales de veras.

Cuando me despido de don Antonio Zozaya, ya los postreros oros del sol cubren de una semipenumbra el jardín, inflamando las altas ramas de los árboles. Los débiles rayos solares brillan sobre el ladrillo rojo de la fachada, reverberando sobre el tranquilo estanque, en el que la fuente rima su monótono poema. Y allí, aún, en un banco arrinconado del jardín, el gran filósofo sigue abstraído en sus meditaciones, que luego leeremos en los periódicos, bajo el epígrafe metafórico de Tras la cumbre de la vida.

Blanco y Negro, 15 de agosto de 1938

www.filosofia.org

 

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