Comentario

Wenceslao Fernández Flórez y O terror vermelho

Isabel Gómez Rivas

Wenceslao Fernández Flórez confesaba en el colofón a la primera edición de Una isla en la mar rojo que su escritura le había ocupado el mes de enero de 1939. «¿Únicamente un mes para rellenar las casi quinientas holandesas que afora esta larga novela, la más extensa indudablemente de las escritas por su autor?», se preguntó José-Carlos Mainer con un punto de incredulidad. Sí, un mes le pudo bastar perfectamente si se tiene en cuenta que reaprovechó una serie de textos anteriores publicados en el periódico lisboeta Diário de Notícias. Aquellas crónicas, más otras cinco inéditas, fueron recogidas poco después en el libro O terror vermelho (Lisboa, Emprêsa Nacional de Publicidade, 1938, trad. de José Augusto). El conjunto constituía un detallado relato de las peripecias vividas por Fernández Flórez en Madrid durante el primer año de la guerra civil: «Pela primeira vez na mina vida de escritor vou ser, eu propio, tema dos meus escritos, e reconheço que começo êste trabalho com a inquietação de quem aborda um assunto a que não está habituado». El escritor coruñés también había subrayado el acusado carácter autobiográfico de Una isla en el mar rojo: «No sé clasificar este libro. ¿Novela? Pero él es más bien hijo de mi memoria que de mi fantasía […]. Una fábula, en fin, que, ciertamente, no fatigó demasiado a la imaginación». Por su parte, la crítica ha reparado en la filiación periodística de la obra: para Eugenio G. de Nora, pertenece al «género intermedio de crónica»; para Andrés Trapiello, se trata de una «novela-reportaje». Sin embargo, ha pasado inadvertido hasta qué punto el contenido y el estilo de Una isla en el mar rojo son deudores de O terror vermelho, un libro poco conocido quizás porque nunca fue traducido al español ni incluido en las obras completas del autor editadas por Aguilar.

Si el abogado Ricardo, protagonista de Una isla en el mar rojo, huía de los milicianos que lo perseguían por haber ejercido la acusación en la causa contra los asesinos de un miembro de las Juventudes de Acción Popular, Wenceslao Fernández Flórez se sintió igualmente acosado: «Nos meus comentarios às sessões parlamentares [sus célebres Acotaciones de un oyente] tinha ferido muitas vaidades, fustigando aquêle rebanho de advogadotes e de viderinhos enfatuados. Não era precisa uma sagacidade excepcional para comprender todo o perigo que para mim representava uma visita dos que se dedicavam a purificar a sociedade com as suas pistolas». Al saber en peligro su vida, el periodista se procuró refugio en distintos domicilios y en las legaciones diplomáticas de Argentina y Holanda. Muy similar es el periplo por Madrid del protagonista de Una isla en el mar rojo. Muchas de las anécdotas y digresiones que aparecen en la novela constituyen una mera reelaboración de sucesos y reflexiones ya presentes en las crónicas portuguesas; además, no pocos de los pasajes de O terror vermelho fueron incorporados a la novela de forma íntegra y literal.

En ambas obras se encuentran referencias a la tensión expectante que imperaba en Madrid desde el asesinato de Calvo Sotelo; a la quema de iglesias; al temor a ser denunciado como fascista por el portero o el personal de servicio, y a la importancia que de pronto adquirió tener el carné de alguno de los partidos del Frente Popular o de algún sindicato, verdaderos salvaconductos en el Madrid en guerra. Las dos obras también comparten las descripciones de la inmediata modificación que sufrió el paisaje humano en las calle madrileñas, tomadas por milicianos que hacían ostentación de sus armas y que se bautizaban con nombres «que copiavam as devoções totémicas dos índios do cinema ou dos folhetins a fascículos, e esgotavam nessa nomenclatura a escala zoológica». Los saqueos realizados en nombre de la Unión de Hermanos Proletarios, la violación de archivos y bibliotecas personales, los registros, detenciones, el funcionamiento de las checas y los «paseos» ocupan muchas de las páginas de O terror vermelho y de Una isla en el mar rojo, así como los pormenores de la vida claustrofóbica de los asilados en las legaciones diplomáticas. Wenceslao Fernández Flórez se recordó incapaz de ocupar las horas de reclusión leyendo una semblanza histórica de María Antonieta que cayó en sus manos o escribiendo: «Era inútil que o filósofo quisesse aperfeiçoar as suas teorias, era inútil que o novelista tentasse tecer o enrêdo da su futura obra». Hasta los detalles más menudos son trasladados a la novela: Ricardo tampoco puede avanzar en la lectura de la biografía de la esposa de Luis XVI escrita por Stefan Zweig, inevitablemente turbadora en aquel contexto.

Quizás una de las diferencias más notables entre la novela y las crónicas periodísticas es que algunas de las alusiones, de una virulenta animadversión, a personajes de la política republicana que figuraban en O terror vermelho desaparecen en la novela. Por ejemplo, son expurgados los durísimos comentarios dedicados a Ángel Galarza, Largo Caballero, García Atadell, Belarmino Tomás, García Oliver, y la alusión a Margarita Nelken, que destilaba una evidente inquina misógina, antisemita y xenófoba.

Para el lisboeta Diário de Notícias, una de las más entusiastas plataformas propagandísticas que los sublevados españoles encontraron en el Portugal de Oliveira Salazar, los artículos del periodista coruñés poseían un indudable valor. Wencesalo Fernández Flórez era perfectamente consciente de ello, pero prefería enfatizar la dimensión testimonial de sus crónicas: «Eu sou um homem que digo a verdade sem intenções ocultas, sem pensar que posma servir para um fim político, sou como o que apresenta a fotografia de um objecto». Resulta patente el esfuerzo de Fernández Flórez por ceñirse al relato de su propia peripecia y, desde luego, los juicios y exabruptos políticos no llegan a componer un análisis de las causas que condujeron a la contienda civil. De alguna manera él mismo lo había anticipado en vísperas del estallido de la guerra: en los artículos «Literatura política» y «El redactor de sucesos», publicados en abril de 1936 en ABC, se lamentaba de que hubiese terminado el tiempo de la crónica política y llegado la hora de la crónica de sucesos. Pero en la guerra no es posible ninguna forma de periodismo, tal vez ni siquiera la crónica de sucesos, porque cualquier intento quedará transformado en propaganda de atrocidades o confundido con ella.

wff_o-terror-vermelho

Literatura política. ABC, 2 de abril de 1936

El redactor de sucesos. ABC, 21 de abril de 1936

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