Artículo histórico

Periódicos y periodistas

Carlos Esplá

No tengo la pretensión de dictar una lección sobre periodismo. Ya será bastante el acierto al recoger algunas impresiones sueltas de lo que yo he visto en el periodismo, unas veces como obrero modesto de esa gran industria moderna, otras como simple lector de periódicos. Impresiones y reflexiones sin gran trascendencia. Me permitiré exponer algunos juicios personales sobre periódicos y periodistas que he conocido. Y si hablo de mí no es para creerme un personaje importante, sino porque me resulta más fácil abordar de ese modo la cuestión.

La gente de mi generación despertó a las preocupaciones de la calle en 1909, entre los ecos de la guerra del Rif y las llamaradas de la semana trágica de Barcelona. Se comprende que viéndome necesitado de trabajar muy joven, encontrase en el mundo que me rodeaba lleno de injusticia y de dolor. Mi vocación ingenua no fue de periodista, sino de evangelista ante los males de la patria, aunque ya se sabe que los evangelistas fueron los precursores del periodismo. En cierta forma, “nuestros queridos compañeros de redacción” descendieron de San Marcos y San Mateo.

Primeros pasos en el periodismo

En Alicante, donde yo vivía entonces, había, en aquella época, 16 periódicos diarios, todos ellos pobrecitos, pequeños, faltos de noticias y llenos de artículos. Algunos jóvenes pensamos que en una ciudad donde había 16 diarios podía haber igualmente 17. Precisamente faltaba un periódico republicano contemporáneo. Así nació “El Luchador” de Alicante, en el año 1911. Para dar una idea de cómo vivía entonces un diario, podría citar tres anécdotas que caracterizan el ambiente, su confección material y su administración. En cuanto al ambiente, el periódico debía tener su salida al anochecer, pero siempre lo hacía bastante entrada la noche, hasta el punto de que cuando ya estaban todas las puertas cerradas, a las diez de la noche, se oían unos aldabonazos en las puertas y una voz retumbante que anunciaba a las familias: “El Luchador”. Fue llamado el periódico del “susto”. En cuanto a su confección material, las erratas de la imprenta, que siempre fueron la salsa de los periódicos políticos, nos hizo un día decir, al notificar de una comisión de la ciudad de las palmas (así se llamaba a la ciudad de Elche), había visitado al gobernador civil, que “una comisión de la ciudad de los pelmas” había efectuado la mencionada visita. Y en cuanto a su administración, ésta, en manos de un hombre que llevaba a su cargo todos los gastos, hacía que las suscripciones bajaran a la última expresión por dar de baja a todo aquel con quien mantenía diferencias personales, políticas, etc. Manejando la distribución con un criterio personalísimo.

“El Pueblo” de Valencia

Mis campañas políticas en “El Luchador”, sin lograr grandes venturas a mis semejantes, me llevaron a mí a la cárcel, y por el año 16 al destierro, que cumplí en Valencia. Allí entré en la redacción de “El Pueblo”. Aquella redacción estaba como embrujada de historia, de recuerdos vibrantes, de luchas levantinas. Se revivía en ella la epopeya blasquista.

Como estos protagonistas teatrales que no salen a escena pero que determinan la acción de los otros personajes de un drama, así continuaba interviniendo misteriosamente Blasco Ibáñez en la vida del periódico fundado por él. Era el año 16, en plena guerra europea. Blasco Ibáñez, que había regresado de su aventura colonizadora en Río Negro y vivía en París, había vuelto a escribir, poniendo su pluma generosamente al lado de la causa aliada. ¡Con qué emoción recibieron los lectores de “El Pueblo” las nuevas crónicas del maestro! Se titularon las dos primeras que envió “París rie” y “París canta”. Yo guardé las cuartillas originales, que no hace mucho tiempo, en el destierro, entregué como una reliquia familiar a Libertad Blasco, la hija del gran escritor.

El periódico lo dirigía por aquel entonces un periodista de singular mérito, Félix Azzati, brillante polemista político, con una audacia de expresión y un brío de lenguaje maravillosos. En “El Pueblo” escribía desde los tiempos de Blasco Ibáñez otro gran periodista: Roberto Castrovido. ¡Qué lástima que su prosa rica, jugosa, vibrante tuviera sólo el fugaz destino de un día! Castrovido, que escribe con la pluma de Larra, dedicó toda su labor al periodismo. Siempre se resistió a reunir sus artículos en libro. Sus crónicas parlamentarias comentando el debate sobre el proceso de Ferrer, sus siluetas periodísticas de los políticos de la Restauración, el artículo que escribió cuando murió don Carlos de Borbón, algunas crónicas madrileñas y otros artículos de costumbres, con centenares de trabajos más, son obras maestras de la literatura periodística. Castrovido es gloria y honor del periodismo republicano español, no sólo por sus talentos de escritor sino por sus virtudes de hombre. Decir Castrovido en España es decir honradez y bondad. Es, sin embargo, un “rojo” que vive desterrado en México.

El periodismo en España

Yo no he creído nunca en las escuelas de periodismo, con matrículas, cursos, notas y títulos de licenciados o doctores en artículos y gacetillas, y sostengo que la mejor escuela de nuestro oficio es un diario provinciano.

Hubo uno que era, en mi opinión, el mejor que se publicaba en España. Me refiero a “El Liberal” de Bilbao, que dirigía Indalecio Prieto. Tribuno, orador, político de extraordinaria personalidad, gobernante de talla, Prieto es, sobre todo, un gran periodista. Sus impecables crónicas parlamentarias, sus crónicas de guerra cuando el desastre de Annual, aquella deliciosa serie de apuntes que publicó durante la Dictadura, con el título de “Ocios de un político” lo acreditaban como uno de los mejores periodistas de nuestro tiempo. Prieto había dado unidad y tono a un periódico como quizá  no lo tenía ningún otro en España. Había hecho de “El Liberal”, de Bilbao, un diario muy vivo y completo, uno de los mayores aciertos periodísticos de España, donde la prensa en general ha pecado de fría, difusa, incoherente. Creo que en España hemos tenido buenos periodistas que, salvo excepciones, no han sabido hacer buenos periódicos. Por contraste con la prensa extranjera, principalmente española de aquella época me parecía una prensa a medio hacer, sin unidad.

El periodismo español de hace veinte años descuidaba su técnica periodística, renunciaba a ser periodismo y por ello perdía eficacia como instrumento de propaganda. El periodismo español tenía un vicio de escuela, un defecto de sistema. No por ser político, sino por emplear métodos extraños a su propia técnica. Lo confieso después de haber incurrido yo en el mismo pecado. El periodismo español, aun adornado con plumas magistrales, parecía que enfriaba la actualidad, que la ofrecía como en conserva.

En España, donde tiene una ilustre tradición el periodismo político, los periódicos, salvo algún caso de aguda polémica, solían tratar la política de comité, en unos casos, y la doctrina política en otros, como algo abstracto, flotante y gaseoso, ajeno a los problemas vivos de la realidad. Fuera de esa política el periodismo se movía con vacilación y poquedad. Las secciones vivas de los periódicos estaban descuidadas, desnutridas. Las informaciones parlamentarias tenían la sequedad de un acta, las crónicas de tribunales estaban escritas en estilo curial, las noticias de los sucesos parecían partes de comisarías. Todo lo que era drama, pasión, espectáculo, se encogía y deshinchaba al convertirse en gacetilla, al pasar por las cajas de imprenta. Había habido, es cierto,  varios intentos para poner al periodismo en contacto con los problemas reales de la época. El reportaje de Luis Morote, en Cuba, durante la última guerra colonial fue uno de esos intentos. Pero en los periódicos españoles, aun en los buenos, únicamente solía hacerse la primera página. Nuestro periodismo era un periodismo de solistas, a veces geniales, de grandes divos, de guerrilleros de la pluma, pero no era periodismo. Es decir, el conjunto de aquellos soberbios solos de arpa no se concertaba, no hacía periódico, que ha de ser una obra armónica y coherente, en la cual, desde los titulares hasta la última gacetilla, deben de obedecer a una imaginación unánime. El periódico español se hacía solo; es decir, no se hacía; y ofrecía un extravagante mosaico de ensayos políticos o literarios o filosóficos.

“El Sol” que, en ciertos aspectos, fue un intento de renovación de la prensa española, en este que nos ocupa acentuó el vicio en vez de corregirlo. Adquirió “El Sol”, es cierto, una gran categoría intelectual y un tono de gran dignidad, pero no llegó a ser un diario vivo, sino una revista que se publicaba todos los días, consagrada al comentario de cuestiones trascendentales. Si en España no ha habido revistas se debe, precisamente, a que los periódicos diarios hacían sus veces, daban a los lectores cuanto en otros países suelen ofrecer las revistas. Y se dio el caso peregrino de que la obra periodística más lograda en nuestro país no fuese un diario, sino una revista, el semanario “España”, cuyo último director fue don Manuel Azaña y en cuyas páginas vibra con calor de cosa viva la realidad nacional de aquellos tiempos.

El periodismo moderno en España

Sólo en tiempos más próximos, a partir de la dictadura, el periodismo español evolucionó hacia su propio destino, hacia su función peculiar; evolución que tuvo manifestaciones de bien distintas y acusadas características en “Heraldo de Madrid” dirigido por Manuel Fontdevila, en “El Socialista”, dirigido por Zugazagoitia, y en “La Publicitat”, de Barcelona, bajo la orientación primero de Amadeo Hurtado y luego de Luis Nicolas d’olwer. En “El Sol” mismo, Bagaría y Félix Lorenzo dieron las notas más agudas de este periodismo en contacto con la vida, pero en este caso, como notas personales.

Esta modalidad del periodismo español, la que antes señalaba, se explica en parte por su pobreza. Periódicos y periodistas fueron casi siempre pobres en España. Y también, salvo contadas excepciones, de una gran honradez. En España no han abundado los grandes piratas del periodismo: más bien ha habido empresas periodísticas decentes y periodistas honrados. El periodismo en España era el negocio modesto de una empresa o el boletín de algún personaje o grupo político. Periódicos de partido, de ideas, ligados exclusivamente a los intereses políticos de sus lectores, había pocos, fuera de la prensa obrera. En el campo de estrictamente republicano logramos publicar un diario sin depender de empresa capitalista. Me refiero a “Política”, que dirigió primero don Luis Bello y a quien seguí yo en la dirección.

Aquellos periódicos españoles ¿ejercían influencia sobre la opinión, cumplían su verdadero destino? No lo sé. En el periodismo español había cosas misteriosas, inexplicadas. Influencia cierta y honda sobre la opinión creo que la tuvieron escasa los periódicos españoles, y esa influencia era nula más allá de la frontera.

La buena fórmula

Pero al señalar defectos y fallos de nuestros periódicos no quiero encerrarme en una crítica puramente negativa. ¿Qué debió haber hecho nuestra prensa para curarse sus vicios? O, en otra forma; si las fórmulas periodísticas practicadas en España eran malas –salvo excepciones- ¿Cuál pudo ser la buena? En mi opinión hubiera sido preciso sacar al periodismo español del civismo, de los solos de flauta, de la tendencia robinsoniana. Creo que la fórmula mejor del periodismo es la de la “información crítica”: esto es, el concierto diario de los hechos y las ideas, la actualidad glosada en el acto, bajo la inspiración de una doctrina. Del periódico debe desaparecer cuanto carezca de interés humano, pero los hechos que encuentren eco en el periódico deben ser interpretados por el periodista, aclarados, explicados al lector, para auxiliarle en la elaboración mental de su sistema político o social. Un periodista debe saber contar lo que ha visto y, al mismo tiempo, desentrañar su significado.

El periódico –y dejo aparte el caso del “Manchester Guardian” que es una especie de catedral periodística- el periódico que a mi juicio ha logrado con más acierto realizar esta fórmula de “información crítica” es “L’Oeuvre” de París.

Lo que debe escribir un periodista

En su libro de “Memorias” de corresponsal británico en la Europa continental y de Director del “Times”, libro que es algo así como la Biblia de los periodistas, Wickham Steed, la mayor autoridad periodística del mundo, recuerda el consejo que recibió del otro Steed, el viejo periodista inglés, cuando le anunció que deseaba dedicarse a la profesión.

“Inténtalo -le dijo. Cuando tengas que decir algo de interés, escríbelo. Suprime luego todo lo que te parezca superfluo o innecesario, partes postizas que quitarán claridad a tu relato y fuerza a tu pensamiento. Cuando lo hayas hecho así, vuelve a escribir tu crónica como si tuvieras que enviarla al otro extremo del mundo, por cable, a cuatro chelines la palabra, pagándolo de tu bolsillo. Verás como aún encontrarás palabras de sobra. Después de todo esto, si lo que queda escrito tiene valor e interés, quizás sirvas para ser periodista.”

España Republicana, Buenos Aires, 7 de septiembre de 1940

Pincha para acceder al Archivo Carlos Esplá

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