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El desmoronamiento, una crónica íntima de la nueva América

George Packer

Nadie sabe cuándo comenzó a desmoronarse todo, cuándo cedió el correaje que mantenía a los estadounidenses unidos y a salvo, ciñéndolos con una fuerza a veces sofocante. Como ocurre siempre que se producen grandes cambios, la estructura empezó a resquebrajarse innumerables veces, de formas diversas. En un momento dado, el país, siempre el mismo país, cruzó una línea de la historia y se convirtió en algo irrevocablemente distinto.

Los estadounidenses nacidos a partir de 1960 han vivido la mayor parte de su vida adulta en el vértigo de ese proceso de desmoronamiento histórico. Han sido testigos de cómo instituciones existentes desde antes de su nacimiento se venían abajo como árboles talados a lo largo y ancho del paisaje: las granjas del Piedmont, la meseta que corre paralela a los Apalaches, del lado de las Carolinas, las fábricas del valle del río Mahoning, las urbanizaciones de Florida, las universidades californianas, así como otras cosas, más difíciles de ver con el ojo pero no menos fundamentales a la hora de mantener vivo el día a día. Muchas cosas han cambiado, hasta el punto de que ya no se las reconoce: los métodos y las actitudes en las sedes de los partidos políticos en Washington, los tabúes en la Bolsa neoyorquina, las conductas y la ética imperantes por doquier. Cuando las reglas que antaño hicieron útiles a las instituciones comenzaron a desmoronarse y los líderes descuidaron sus cargos, comenzó el desmantelamiento de la República rooseveltiana, en vigor desde hacía casi medio siglo. Vino a llenar ese vacío el poder de base en la vida de los estadounidenses: el dinero organizado.

Este fenómeno erosivo no es nuevo. Se suele repetir cada una o dos generaciones: el descenso desde la República celestial de los Padres Fundadores al ruidoso bazar de las facciones beligerantes, la guerra que rompió Estados Unidos y que transformó el plural en singular, el crac que marchitó lo que los estadounidenses entendían por «América» y franqueó el paso a una democracia de burócratas y mediocres. Cada declive implicó renovaciones, cada implosión liberó energía, y de cada desmoronamiento nació una nueva cohesión.

El desmoronamiento trae libertad, más de la que el mundo jamás otorgó a nadie, a más gente que nunca antes en la historia: libertad para marchar, libertad para regresar, libertad para cambiar nuestra historia personal, para obtener la información que necesitamos, para que nos contraten, para que nos despidan, para drogarnos, casarnos, divorciarnos, declarar la bancarrota, empezar de nuevo, montar un negocio, nadar y guardar la ropa, llevar las cosas al límite, dejar atrás las cenizas, triunfar más allá de nuestros sueños y jactarnos de ello, fracasar vilmente y volver a intentarlo. Y, con la libertad, el desmoronamiento trae sus propios espejismos, pues todos esos empeños son frágiles como globos de ilusión que estallan al contacto con las circunstancias. Ganar y perder es el deporte estadounidense por excelencia y los campeones del desmoronamiento ganarán más que nunca y se alejarán flotando por el cielo como dirigibles. A los perdedores, por su parte, les quedará mucho para tocar fondo. Y a veces nunca llegarán a tocarlo.

Toda esa libertad nos arroja a la soledad. Hoy hay más estadounidenses viviendo solos que nunca. No obstante, las familias florecen incluso en el aislamiento, tratando de sobrevivir, por ejemplo, a la sombra de una descomunal base militar, sin un alma en el vecindario que eche una mano cuando se la necesita. De la noche a la mañana, a kilómetros de cualquier lugar, puede nacer un espléndido vecindario para luego desvanecerse igual de rápido. Las viejas ciudades pueden perder su tejido industrial y dos tercios de su población, mientras que sus pilares —iglesias, gobierno, empresas, organizaciones no gubernamentales, sindicatos— se hunden como castillos de naipes ante la tormenta, sin apenas hacer ruido.

Solos en un paisaje carente de estructuras sólidas, los estadounidenses deben improvisar sus propios destinos y se ven obligados a dibujar una historia personal de éxito y salvación. Un muchacho de Carolina del Norte que aferra una Biblia al sol termina por hallar, al correr de los años, la iluminación sobre cómo resucitar el medio rural. Un joven viaja a Washington para dedicar su carrera profesional a mantener viva la idea que inicialmente lo llevó a la capital del país. Una chica de Ohio trata de no desfallecer mientras a su alrededor todo se hunde, hasta que, en la madurez, logra por fin dejar de sobrevivir y empezar a vivir.

Estos estadounidenses misteriosos se abren camino mientras todo se desmorona, y en su periplo pasean ante los monumentos erigidos donde antaño se alzaban las viejas instituciones: las vidas imponentes de sus compatriotas más famosos, celebridades veneradas con creciente exaltación mientras otras cosas quedaban a la sombra. Iconos que en ocasiones ejercían la función de dioses domésticos, poseedores de la respuesta al acertijo: cómo vivir una buena vida o una vida mejor.

Durante el desmoronamiento, todo cambia y nada permanece, excepto las voces, las voces de los estadounidenses, abiertas, sentimentales, enojadas, crudas, teñidas por ideas de prestado: Dios, la televisión, el pasado recordado vagamente. Contar chistes levantando la voz sobre el estruendo de la cadena de montaje, quejarse tras las cortinas, echadas para dejar fuera el mundo, pedir justicia a gritos en un parque abarrotado o en una sala vacía, cerrar un trato por teléfono, soñar en voz alta de madrugada, sentado en el porche, contemplando los camiones que rugen por la oscura autopista.

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