Artículo histórico

La España de hoy

Benito Pérez Galdós

Bien puedo asegurar que la situación presente, de las más críticas en la trágica historia de mi país, ofrece un nudo muy difícil de desatar. Los que no dudan que será difícil cortarlo, discurren sobre si ello debe hacerse violentamente, con cuchillo, o cuidadosa y suavemente, con tijeras. Esto sería lo mejor, pero nadie puede prever en qué ambiente y con qué manos ha de efectuarse tan delicada operación.

En los días siguientes a la catástrofe en que perdimos los restos del gran Imperio, daba pena ver el semblante nacional, menos turbados de lo que, a nuestro parecer, pedían la gravedad de aquel suceso y la evidencia de nuestra desdicha. Observábamos en el pueblo español una resignación menos triste de lo que el caso requería, según el vulgar criterio histórico; a la faz resignada siguió una faz de alivio y una sonrisa melancólica, como del enfermo que acaba de sufrir con felicidad una amputación salvadora. Había perdido una parte de su carne y de su hueso; pero el recuerdo de la operación quirúrgica era menos vivo y doloroso quizás que el de la enfermedad que la hizo necesaria. La doble guerra colonial, la imposibilidad de poner remedio a tan intensas llagas dolían horriblemente en los últimos años.

Marcose después en el pobre cuerpo convaleciente cierta inquietud; marcose también el ansia de vivir. Nada más lejos del alma española que la desesperación. En el trance formidable, se posesiona de ella el sentimiento de los poderosos medios de vida que aún atesora; vagos anhelos del vivir científico la turban, como una ilusión tanto más hermosa cuanto más difícil de realizar, y sueña con un dichoso renacer de la minería y de la industria. Este pueblo tan viejo, tan viejo, que nos representamos su imagen como la del Tiempo mismo, se nos vuelve ahora niño, y en él observamos inquietudes y alborozos infantiles; le vemos expirante en una vida, naciente en otra, dándose por fracasado en todos los intentos del siglo anterior, preparándose a mayores empresas y aprendiéndose de nuevo las lecciones que había olvidado. Su condición de niño se advierte en la gozosa atención que pone en la Naturaleza, como si ahora por primera vez la contemplara; al cabo de los años mil, se entera de sus montes, de sus lanuras, de sus ríos; escarba en su suelo, y lo palpa y lo examina todo, sorprendiéndose de ver innumerables cosas buenas no estrenadas todavía.

Al propio tiempo, nuestro enfermo reconoce con tristeza la esterilidad de sus esfuerzos durante todo el pasado siglo para darse un régimen político liberal a la europea. Lo más triste es que ha tardado algunos años en descubrir que el mecanismo que nos rige es un aparato de formas admirables, pero que no funciona; todas sus ruedas y palancas, todos sus engranajes y transmisiones, son figurados, como las lindas máquinas pintadas que sirven para el estudio. Forman nuestro régimen político las más seductoras abstracciones. Examinados desde fuera, nuestros Códigos y todo el papelorio de leyes y reglamentos para su aplicación parecerán, sin duda, un perfecto organismo que regula la existencia del pueblo más feliz del mundo. Mirado por dentro, se ve que todo es cartón embadurnado al temple, en algunos trozos con singular maestría; pero ya va envejeciendo notoriamente la pintura, y se clarea de tal modo el artificio, que no hay ojos bastante inexpertos para ilusionarse con él.

Ya nadie ve una base fundamental de la vida política en el principio de la representación del pueblo, porque el sufragio es un donoso engaño al alcance de los observadores menos perspicaces. Las elecciones se hacen sin interés, con escasa y fría lucha; la emisión del voto no apasiona ni enorgullece a los ciudadanos; éstos han podido observar el esmero de los Gobiernos para componer las Cámaras, dando el conveniente número de puestos a las oposiciones y contrapesándolas con abrumadoras mayorías.

Resulta que la representación del país está, con unos y con otros partidos, en manos de un grupo de profesionales políticos, que ejercen alternadamente, con secreto pacto y concordia, una solapada tiranía sobre las provincias y regiones. La Justicia y la Administración, sometidas al manejo de político y sin medios de proceder con independencia, completan esta oligarquía lamentable, igualmente dura antes y después de las revoluciones que tronaron contra el antiguo régimen. Nuestros políticos agitaron la existencia nacional en el pasado siglo sin fundar nada sólido, y todo lo hecho en nombre de la democracia contra el Gobierno personal, resultó de la misma hechura interna que lo que se quería destruir. Se variaban las apariencias y el nombre de las cosas; pero el alma permanecía la misma.

Llegado el momento de abrir bien los ojos y de ver en toda su desnudez y fealdad el error cometido, ¿puede un país ser indefinidamente testigo y víctima callada del mal que padece sin ponerle remedio? Imposible. Los hombres de más saber político reconocen que así no se puede seguir, y forcejean dentro de la red que ellos mismos han tejido, y que les entorpece para toda obra grande de reforma. Pero ninguno se decide a romperse con arte, destruyendo siquiera alguna malla  por donde sacar un dedo, después una mano, y llegar por sucesivas rupturas de hitos a la libertad de esta desgraciada nación, esclava de lo que aquí llamamos caciquismo, tristísima repetición de los tiempos feudales y de las demasías de unos cuantos señores, árbitros de los derechos y de los intereses de los ciudadanos.

II

A esta desventura hay que añadir otra. Así como un organismo debilitado y anémico es terreno apropiado para cualquier invasión morbosa, así el cuerpo de España, extenuado por el caciquismo y por el desuso de toda acción política saludable, viene a ser presa del morbo clerical, que desde los tiempos primeros de la Regencia comenzó a extenderse, y ya se corre formidable de la epidermis a las entrañas de la nación. Y no es el clericalismo, como la máquina política, un artificio de pintadas telas o dorados cartones, sino una organización de notoria eficacia, manejada por personas que van impávidas y perseverantes hacia un fin positivo, con la rigidez de principios y la sagacidad de medios que dan tanta fuerza a la institución sacerdotal.

Por causa de la deliberación del cuerpo social, es más grave aquí que en Francia la cuestión impropiamente llamada religiosa, pues no se trata de dogmas ni de cosa tal. En Francia, la robustez de las instituciones y el grande influjo de la opinión en el Gobierno facilitan el problema. Allí se pude discutir en las Cámaras si deben ser o no suprimidas las Congregaciones y sometido a prudente limitación el ya inmenso rebaño de clérigos, frailes y beatas. Aquí tal debate sería peligrosísimo, quizás impensable, y los Gobiernos tímidos y de compadrazgo que en España se suceden no sabrían dar al problema más que una solución, figurada, aplicando a los excesos del clericalismo freno y correctivo más aparentes que reales.

Debo consignar los caracteres singulares del ultramontanismo español, para que se comprenda mejor su poder y la enormidad de los esfuerzos que habrá que emplear contra tal enemigo. Fuerte es, principalmente en España, el brazo clerical, con su carácter histórico, y acerca de eso conviene recordar fechas y sucesos del pasado siglo. Aunque los orígenes del absolutismo con bandera religiosa deban ser buscados en la política de los primeros soberanos de la Casa de Austria y en las guerras promovidas por estos contra la Reforma y la Herejía, hasta el primer tercio del siglo XIX no aparece el formidable partido con organización militar y política, disputando el solio español a la hija de Fernando VII.

La espantosa guerra dinástica entre las dos legitimidades desde 1833 hasta 1840, fue de las más encarnizadas y sangrientas. Unos y otros desgarraron cruelmente la nación y la hicieron trizas. No pueden ser leídas sin horror las páginas de aquella trágica historia, que nos ofrece el sacrificio de una raza ante frentes que no merecían tan grande holocausto y ante personas que no valían, ni con mucho, la sangre derramada. No menos odioso que su hermano,  D. Carlos no supo implantar con la guerra un absolutismo práctico, como tampoco establecerlo en la paz. Fueron, cada cual en su esfera y en su tiempo, dos seres que siniestra memoria, que parecían instrumento de ínfulas celestiales, algo como ejecutores de una divina venganza contra nuetro desgraciado país.

Creyérase que España, dejada de la mano del verdadero Dios, caía en poder de deidades maléficas, infernales. En los pueblos, que por uno y otro ideal combatieron hubo grandeza, virtudes, heroísmo. En los pueblos que por uno y otro ideal combatieron hubo grandeza, virtudes, heroísmo. En los que personificaron la contienda no se ve más que orgullo, fanatismo, sequedad del corazón y una capacidad absoluta para regir soldados y pueblos. Durante el reinado de Isabel, el carlismo repitió su tentativa, pretendiendo ser el único representante de la verdad religiosa, y una nueva guerra organizada ensangrentó los días del período revolucionario, del reinado de D. Amadeo de Saboya y de la Restauración, hasta que fue sofocada por el joven Rey Alfonso XII.

Digo que fue sofocada, porque el carlismo no ha sido nunca extinguido de modo eficaz, y ese es el error del país liberal en todo el siglo precedente, pues siempre puso fin a las campañas facciosas por medio de esfuerzos parciales y por convenios, arreglos y componendas. Lleva siempre la causa carlista tras sí a un poderoso encantador, el fanatismo eclesiástico, el cual no te abandona en sus caídas ni en sus más desastrosos vencimientos; va de continuo en pos de él, y si le encuentra roto en dos pedazos, le recoge cuidadosamente, uniendo las partes separadas: le da a beber el bálsamo de Fierabrás, y ya está el hombre resucitado y dispuesto a batallar de nuevo.

No debió la Libertad contentarse con abrir en canal al monstruo; debió cerrar inmediatamente contra el nigromántico portador de la alcuza del bálsamo y romper ésta en la cabeza del mismo, siguiendo luego sus golpes hasta romper también la cabeza con los restos de la alcuza. Debió el país liberal no contentarse con la victoria, mejor o peor amañada en el campo de batalla, sino continuarla en el terreno de las leyes, atando corto al amigo y aliado del faccioso, que, faltando a su ministerio cristiano, ha mantenido en tiempo de paz el fuego de la guerra, mal tapado con la legalidad; debió el país liberal, sin ofensa del dogma religioso ni de las creencias, sujetar al clero, meterle en sus iglesias y en su disciplina, obligándole para siempre al respeto al Poder civil.

Las debilidades del liberalismo, motivadas en un excesivo temor a la autoridad romana las estamos pagando ahora, y henos en pleno siglo XX con el mal en aterrador aumento, la muchedumbre eclesiástica cada día más dominadora y absorbente, el carlismo amenazando con nuevas tentativas. ¡Triste situación la de España por no decidirse a poner mano varonil en este conflicto, afrontando las amenazas del absolutismo con el firme propósito de tenerlo a raya, que medios le sobran para ello, y de enterrar definitivamente ese espantable muerto en forma tal que sea su resurrección imposible!

III

Falta exponer el carácter social del clericalismo que con formas modernizadas nos invade ahora, y que nos ahogará si no ponemos toda nuestra energía en la empresa de contenerlo, ya que no de destruirlo.

Desde los primeros años de la Regencia, la invasión de Congregaciones religiosas con fines, más que contemplativos, prácticos y experimentales, ya en la educación, ya en la Caridad, ha ido creciendo por días, y hoy son tantos los institutos de esta clase, que es difícil contarlos designando a cada uno por su nombre canónico, o por lo que ellos mismos se han dado, con espontánea concepción, en el seno de la Iglesia.

En Barcelona, la ciudad más populosa y rica de nuestra Península, la que en todas las iniciativas marcha a la vanguardia de nuestra cultura, cuenta con 180 casas de religión, edificadas en el centro o en las afueras de la ciudad, como un plan estratégico de baluartes amenazadores que custodian y oprimen al vecindario. En Madrid es también enorme el número de establecimientos de esta clase, y en Bilbao, Málaga y Sevilla los hay de importancia y número correspondientes a la riqueza de esas poblaciones. Variada muchedumbre de frailes y monjas pueblan esas casas, siendo pocas las personas que viven en reclusión; la gran mayoría de religiosos de uno y otro sexo hacen vida urbana y callejera, metidos en el vértigo de la vida social, ya movidos del afán de supetitorios, ya por sostener por el visiteo constante en sus relaciones con damas y caballeros de alta posición, clave de su poder espiritual y de los resortes materiales con lo que lo hacen más eficaz y más duro.

Al propio tiempo, la enseñanza secundaria y superior está en manos religiosas. Sería largo de referir por qué serie de concesiones, verdaderas inocentadas del Poder público, han llegado a este predominio eclesiástico en la dirección de una parte muy principal de la juventud. Los jesuitas, hombres de tenaz ambición, maestros en el arte de introducirse y arraigarse, han sabido implantar dentro del Estado un Estudillo escolar con todos los organismos docentes, desde las enseñanzas elementales, hasta las universitarias, y en ellas reparten el pan de la Ciencia, que, según dicen los que lo han catado, y son muchos, ¡ay! No es sabroso ni nutritivo.

No circunscribe la Compañía su acción tutelar a la enseñanza, y pretende hacer maravillas en la educación. Los chicos adquieren bajo su gobierno buenos modales y una frialdad tónica que, cuando sean hombres hechos y derechos, les servirá de preservativo contra las pasiones. No agrada a los Padres que gocen de libertad en sus recreos, y han fundado para ellos una Hermandad medio divina y medio humana, bajo el rótulo y el patrocinio de San Luis Gonzaga.

Entre los llamados luises hay jóvenes de gran talento ¿quién lo duda?, hijos de los hombres más ilustres de la nación; a la aristocracia del dinero pertenecen muchos; otros, a la de la inteligencia. En estos institutos, al modo de pindosos casinos, pasan largas horas del día y aún de la noche, alternando los devotos ejercicios con los pasatiempos más honestos y con la lectura de los libros más insípidos que se han escrito en el mundo. Pero no puede dudarse que el ambiente de sosería y aburrimiento que allí se respira, y el trato frío de la Comunidad que dirige a los muchachos en tales casas o limbos, les hace mártires de su propia virtud y de la glacial insensibilidad jesuítica, tras de la cual abdica todos sus fueros la personalidad humana. ¡Juventud sin pasiones, sin arranques, sin delirios, sin ensueños de amor y aventuras, qué cosa tan triste! Hay entre los tales luises jóvenes muy simpáticos, que se ven forzados a disimular su talento y no pueden conseguirlo: en el trato social son unos ángeles elegantísimos, pero bien dejan comprender con la tristeza de su mirar, que gestionan el compromiso que han contraído de canónigos llevando las alas escondidas dentro del frac o del smoking.

Pero como no hay cosa mala ni buena que cien años dure, y las organizaciones contratas al orden natural rara vez prevalecen, el mejor día vendrá a repentina emancipación de toda la sumisa cohorte infantil, y la patria recobrará esas preciosas inteligencias secuestradas. Ellos serán librepensadores, quizás volterianos, que hartos estamos de ver la evolución de corderos a lobos en la psicología religiosa. La crianza de generaciones suele salirles fluida a los obreros de Loyola. Cuando menos se piensan, ven éstos malogradas sus laboriosas hornadas, resultando que los hijos salen a sus padres verdaderos y son hombres como lo fueron éstos, no al modo de los padres empolladores, que quieren formar Humanidad nueva, moldeada en una falsa perfección, tan antipática y absurda como las comedias sin mujeres que representan los chicos en sus ratos de ocio. La Humanidad que quieren traernos los ignacianos es como su fría arquitectura, como su arte, como su música, como sus sermones, como su ciencia: una Humanidad sin gracia, sin femenino.

No será irreverente decir que el mal gusto y la sosería de esa orden, su falta absoluta de sentimiento poético, se manifiestan hasta en la advocación que prefiere para el culto mariano, la Virgen sin niño, la que por la propia elevación y sutileza del dogma que representa es la que menos expresa la armonía entre lo divino y lo humano. El Carmelo, el Rosario, las Angustias, la Soledad, ¡cuánta mayor belleza encarnan y cuan ardorosamente mueven la ternura en las almas cristianas, principalmente en el alma española! En esos admirables símbolos de piedad hallan consuelo las desdichas y el dolor, inherentes a la humana naturaleza; son la luz que señala a los pecadores, a los afligidos, a los que padecen hambres o persecuciones, los caminos de la esperanza.

Y lo que se dice del culto a la Virgen puede extenderse al culto de los Corazones, característico de la Compañía, y a tan desdichada iconografía que lo representa. A cambio del sentimiento estético del que carecen, los jesuitas han establecido en sus templos comodidades casi suntuarias y no pocos refinamientos de orden y limpieza. Todo su sistema tiende a ganar las almas de los ricos, a quienes halagan con la higiene del local eclesiástico, seguros de que las personas regulares no lo frecuentarían si en él no hallaran el ambiente grato y el confort de sus propios domicilios. No aspiran los jesuitas al dominio de los pueblos por la sumisión de las muchedumbres en las cuales siempre han encontrado indiferencia u hostilidad; aplican toda su acción sectaria a las clases pudientes, principalmente a la burguesía enriquecida en los negocios, a la fuerte clase social donde más abundan las conciencias turbadas, , por ser la clase de improvisaciones de riqueza, de las luchas pasionales, de los extravíos de la vanidad y el lujo. Con admirable sentido, los de Loyola han sabido escoger el terreno más adecuado a sus ambiciones de imperio, y es forzoso reconocer que han hecho maravillas, y que, dentro de la expresada clase, han construido un monstruoso nidal eminente, donde puedan clamar muy alto y medirse con el Estado y las instituciones.

IV

Ellos no tendrán sentimiento poético ni su Orden posee el encanto de la imaginación que resplandece en la Orden Seráfica o Agustiniana, o en el Carmelo; pero lo que es sentido de adaptación  a la realidad y tacto exquisito para pulsar la masa humana sobre que operan y entenderse con ella, no puede negárseles; son en esto consumados maestros. Tal poder han logrado  que arrancárselo será obra no menos delicada que peligrosa. Como no podía ser tarea fácil conquistar la conciencia y la voluntad de los hombres, dígase en este caso señores o caballeros, se han apoderado de las armas de las mujeres, entiéndase señoras o damas, alegando en esta captación a resultados increíbles. Han dominado a las madres, por las devociones de buen tono y sin austeridad, así como por el arte de armonizar la moral con la vida regalada y el usufructo de los bienes terrenos a las señoritas, por la falaz idealidad religiosa, insípido manjar que se les administra en los colegios elegantes, y que las pobres niñas inocentes ingieren sin conocimiento del mundo ni de la sociedad. Las madres que se dejan entontecer permiten y fomentan la labor jesuítica, hasta que les arrancan a sus hijas para hacerlas ángeles en algún convenio de los de flamante creación.

No faltan maridos y padres que, perdido el seso, como sus hijas y mujeres, asienten a todo y se dejan llevar por los caminos angelicales en cuyo término suele estar el trasiego total o parcial de los bienes de la familia al acervo de la Orden; pero los hay que no se conforman y aunque ostensiblemente no se atreven a protestar y aun afectan sumisión al fraile o jesuita que domina la casa como país conquistado hacen por distraerse de las melancolías en que tal situación les pone. En la casa, por no chocar con las señoras y señoritas, se muestran piadosas; en la calle y en los casinos, que por causa de los rozamientos domésticos frecuentan más de lo regular, ponen el grito en el cielo y claman por que de alguna parte salga el remedio pronto y radical a esta grave perturbación. En Madrid y en las capitales ricas, donde operan los ignacianos, hay multitud de maridos viejos y jóvenes que refunfuñan de llevar sobre sí la marca del jesuitismo, y no pueden ocultar la tristeza y hastío que en la vida de familia encuentran.

La de los clubs ha tomado un vuelo extraordinario en los últimos años. Difícil es la solución de este problema para los hombres de mediana energía que a todo se resignan antes que promover domésticos alborotos en que salgan vergonzosamente derrotados por el fanatismo de las hembras. Alguno ha sabido ya rebelarse valeroso; más la fuerza del bello sexo fanatizado es tal, que no bastará el valor, y se necesitará el heroísmo de padres y esposos para romper el encantamiento y  reconstituir la familia cristiana. Rara es hoy la casa de personas acomodadas que no tenga en su seno la guerra civil. Forzoso será que intervenga el fin el Poder público, obligado a poner su mano en el grave trastorno de la sociedad española; pero el Poder público se encontrará con una espantosa trinchera, defendida por señoras, que son las más fieras combatientes en guerras de conciencias. ¡Triste destino de un Gobierno que obligado se ve a plantear batalla con mujeres! Valientes son ellas, y ocupan formidable posición. A sus espaldas hállanse muy a cubierto los santos varones que suministran a las combatientes la divina pólvora con la que abrasan a todo el que se aproxima. El Poder civil no puede desalojar de su posición a las enemigas sino aplicándose previamente a desalojar a los de retaguardia, a quitarles la pólvora, a mojarse por lo menos.

Sojuzgado el contingente femenino de las clases superiores, el clero ignaciano labra todo lo que puede en las profundas clases populares, conquistando para sus fines a las muchachas trabajadoras, y echando una red extensísima, en que ha cogido a las muchachas de servir, con lo cual se ha provisto de un admirable instrumento para conocer el interior de las casas ricas. Y aunque la conquista de este femenino de clase baja no significa el dominio del pueblo, es por el pronto una posición ventajosa y una nueva base de operaciones para futuras campañas. A todo el mujerío alto y bajo lo encadenan con devociones prolijas y no tan fastidiosas como las del ordinario ritual, y combinan las horas de modo que no puedan las niñas concurrir a bailes ni a teatros, ni aun al inocente pasear por las calles o alamedas.

Lo que saca de quicio a los llamados compañeros de Jesús es que las hembras se diviertan y anden entre hombres. Si ellos pudieran, encerrarían en los Seminarios a todos los varones, y en beateríos a todas las muchachas y señoritas. De este modo no habría pecados. ¡Qué Humanidad tan hermosa obtendrían por este medio! Cierto que la juventud peca, y, si la dejan, pecará enormemente; pero también es probado que la juventud aburrida se lanza con locura febril a mayores infracciones de la ley moral. Esto no lo comprenden, o afectan no comprenderlo, los hombres que, con más ciencia de los libros que de la realidad, propagan un ideal de virtud espantosa y lúgubre, que seca las fuentes de la vida y no puede dar otro fruto que la epilepsia o la imbecilidad.

Lo grave de esta dolencia social es que ha cogido el cuerpo político debilitado por el caciquismo. España carece hoy casi por completo de fuerza fisiológica que la preserve contra las invasiones que atacan su epidermis, y luego su tejido, sus entrañas, su organismo todo; la nación ha desmayado en el uso de sus facultades directivas, abdicándolas en unos cuantos caballeros cuyo interés político constituye una oligarquía que finge el movimiento vital. Por este desmayo, por esta parálisis lenta de la vida propiamente orgánica, por esa renuncia indolente de todos los derechos y de su expresión, ya no sabemos dónde está la parte de soberanía que nos corresponde, y hay que pensar que se ha extinguido o que ha pasado de pueblo a los oligarcas en cuyas manos está la escasa acción política que aquí se ejerce.

Que el caciquismo, nuestro señor, es impotente para poner coto a la invasión clerical, no hay por qué decirlo: bien quisiera él destruir tan formidable enemigo; pero no se puede, le falta sangre, no tiene alientos, no tiene fuerza anímica, por carecer de ideales y de vista para mirar más allá de su particular conveniencia.

Y siendo tan débil la oligarquía reinante, lo más seguro es que se la tragará el clericalismo, recogiendo de su víctima la soberanía, para transmitir al Papa, que vendrá pronto a ser, si Dios no lo remedia, nuestro indiscutible soberano temporal. No es esto un sueño, sino realidad al alcance de los observadores menos atentos. Veremos, pues, redivivos en nuestro suelo los Estados Pontificios por cuyo restablecimiento suspiran algunos católicos con más fervor religioso que patriotismo.

Y los que por tales caminos llevan o dejan llevar a esta nación, no se hacen cargo de la injusticia de semejante campaña, cuyo término podrá ser la transmutación disimulada de la nacionalidad; pues si España abomina del clericalismo y rechaza el ser convertida en territorio temporal del papa, no disputa a éste su jurisdicción espiritual, ni le regatea la más pequeña porción de su autoridad en el terreno dogmático. En este inmenso pleito entre una nación y el jesuitismo insaciable, no se pone en tela de juicio ningún principio religioso de los que son base nuestras creencias; lo que se litiga es el dominio social y el régimen de los pueblos.

Desembarazada España de la turba multa de frailes y jesuitas, quedaría bajo su tradicional constitución religiosa, gobernada espiritualmente por sus obispos y su clero secular, que, actuando solo y libre, sin la diabólica inspiración ignaciana, reinaría pacíficamente, respetuoso y respetado.

Por esto, el buen arte político aconseja que no se complique el problema confundiendo en un solo anatema a las dos familias sacerdotales; y si en otro tiempo dijo alguien “no toquéis a la Marina”, ahora todos debemos decir a los gobernantes: “no toquéis al clero secular”.

Y si es sincero el propósito de combatir el clericalismo, a la anterior receta agréguese otra de segura eficacia: no temer la guerra civil, no ver el espectro del carlismo en proporciones mayores de las que realmente tiene. Si la guerra se presentara, lo que es muy dudoso, deber de todos, Gobierno y país, es afrontarla con valor, vencer al faccioso y herrarlo tan hondo que no pueda resucitar. ¿Podrán dar solución al temido problema el país anémico y sus debilitados caracteres? No perdamos la esperanza de que así sea, porque en las naciones se corrige la anemia más fácil y prontamente que en los individuos: se cura con una fiebre que España padece ahora en altísimo grado, y es el ansia de vivir.

Heraldo de Madrid, 9 de abril de 1901

 

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