Artículo histórico

Cómo me hice un hampón

Ignacio Carral

Si es que se quiere conocer de verdad a estas gentes que deambulan al margen de la vida urbana, sin más fin que el de subsistir un día más lo menos mal posible, no hay más remedio que aparecer a sus OJOS, que hacerse, como uno de ellos. Vagabundos, mendigos, rateros—, golfos de todas clases esquivan su espíritu a los que no pertenecen a su «sociedad».

En quienes no hacen su misma vida intrépida y miserable, ni visten su indumento arbitrario y haraposo, no ven más que un medio de procurarse algo—unas veces ropa usada, otras restos de comida, otras, también, monedas de cobre—pero jamás amigos a quienes confiar sus inquietudes.

Sólo la estrecha hermandad de la miseria les hace mostrarse tal y como son aun aquellas veces que tienen el propósito deliberado de engañar. Entre ellos, y los que no son como ellos, existe una separación de mundos radical, tal que si pertenecieran a planetas distintos. Yo he visto todo el profundo sentido de ella en la designación que uno de estos vagabundos usaba para hablar de los que no eran gentes sin hogar, como él: les llamaba «los otros». ¿Puede haber nada tan expresivo?

Claro que ustedes, los que comen todos los días a hora fija, minuto más o menos, y tienen siempre un lecho donde acostarse a resguardo de las inclemencias del aire libre, pensarán que «los otros» son, precisamente, ellos. ¡Cuestión de punto de vista! También yo que, entonces, vagando entre los basureros de los suburbios, después de una noche de haber dormido a sorbos en los quicios de tas puertas, huyendo del chuzo implacable de los serenos, y esperando la hora de acudir, al cuartel por las sobras del rancho, para tratar de aplacar un hambre de veinticuatro horas, entendía perfectamente que esta designación se refería a ustedes, ahora, que he vuelto a regularizar mi vida, veo que, en efecto, «los otros» son “ellos”.

Y no hay ningún adjetivo que pueda definirles con más exactitud y más expresividad. «Los miserables», «los sin hogar», «los vagos», «los hampones», «los vagabundos», «los golfos», «los hambrientos», «los haraposos»…, todos estos calificativos no harían más que indicar circunstancias suyas; pero nada dirían de su verdadero sentido.

Yo he convivido con ellos unos largos días y creo saber un poco de su vida, de sus costumbres, de sus modos de ir viviendo, de sus tipos diversos… Y voy a contarles a ustedes lo que sé.

Les juro que no son malas gentes. Por lo general, resultan fieles a la amistad, sensibles, compasivos,.. He dejado entre ellos magníficos camaradas, de los que conservaré imperecedero recuerdo. Aunque, eso sí lo creo, si hubieran sabido que yo era uno de «los otros», y no de los suyos, a lo mejor me hubieran asesinado una noche, si venía al caso, con el único objeto de quitarme mi ropa haraposa y mis zapatillas con la suela rota.

¡Son así!

EL VESTÍBULO DE LA MISERIA

Por eso Rivero Gil y yo, que pretendíamos ofrecer a la curiosidad de los lectores de ESTAMPA, con la pluma y con el lápiz, unas informaciones sobre «los otros» de Madrid, pensamos en reducirnos a su misma situación miserable y lanzarnos a los lugares frecuentados por ellos.

Nos hemos despedido a la familia y de los compañeros como para un viaje, y hemos salido de la redacción sin un céntimo en el bolsillo, con el aire bizarro de quien va a conquistar un mundo. No vamos a conquistar nada, sin embargo, sino a dejarnos derrotar, lo cual, si es más angustioso, es también mucho más fácil.

Hemos ido al Rastro. El Rastro es una de las más caracterizadas antesalas de los Barrios Bajos; por sus Callejuelas y tabernas pulula «la flor» de la golfería madrileña. Además es también el lugar donde puede adquirirse un traje adecuado en las mejores condiciones.

Porque comprenderán ustedes que con el traje que nosotros llevamos, que no tiene ni grandes rotos, ni grandes manchas, no se puede ser nunca un verdadero miserable. Por la sencilla razón de que, por un traje así, dan dinero, y con él se deja, por el momento, de ser miserable.

El Rastro tiene a esta última hora de la tarde una tranquilidad casi silenciosa que nos envuelve en una caricia llena de misterio, que halaga y asusta a la vez.

Un vientecillo, apenas perceptible, nos da en el rostro, y experimentamos la sensación de que es él quien nos empuja suavemente de aquí para allá, en la Ribera de Curtidores que vamos descendiendo; de una tienda, cuyas puertas rebosan americanas y pantalones en el más lamentable estado de limpieza y de conservación, a un tenducho, bajo un toldo, en que estas americanas y estos pantalones, y estos gabanes, y estas prendes de todo género cuelgan al aire desvergonzadamente. De un rótulo que dice «Compra» venta de ropas pasamos a otro que reza «Ropas de ocasión», o a este otro que anuncia «Ropas usadas».

Un hombre se adelanta siempre hacia nosotros, en cuanto nos paramos frente a su tienda, y nos pregunta con una voz que se esfuerza en ser amable:

—¿Desean algo, jóvenes?

Callamos siempre y hacemos un gesto vago. No nos lo confesamos a nos espeta otros mismos, pero sentimos un miedo extraño a entrar en estas tiendas, a entablar relaciones con estas ropas, en muchas de las cuales palpita todavía, seguramente, un calor tan ajeno al de nuestro cuerpo: estos vestidos de mecánico llenos de sietes y de manchas, estas chaquetas que parecen rasgadas en una enconada pelea a navajazos, esta ropa vieja de soldado con las insignias militares arrancadas…

EL HOMBRE DEL SACO

Pero en el Rastro surge siempre un ángel tutelar de todo el que quiere vender algo: un trapero.  En vez de alas de blancas plumas, este ángel tiene a la espalda un saco de tela de colchón, y permanece, en compañía de otros como él, de pie junto a la estatua de Cascorro, durante toda la tarde, como ajeno a lo que pasa a su alrededor.

Sin embargo, ha debido seguir todos nuestros pasos minuciosamente, escrutándonos con sus ojos maliciosos, porque se acerca a nosotros decidido y sin ningún preámbulo, con el acento del hombre que está seguro de no equivocarse, nos espeta:

-¿Ustedes quieren cambiar esa ropa por otra, verdad?

Le contemplamos unos momentos sin responderle. Es un hombre de buena edad, del que emana una extraña simpatía, a pesar de su persona descuidada y hasta mugrienta. Lo que más sorprende en él es que, mientras mantiene su rostro en una seriedad perfecta, en sus labios brilla patentemente una sonrisa de canallería burlona. Sentimos ganas de responderle:

-¿Y a usted quién le mete en nuestros asuntos? ¡Vaya usted a pesco!

Porque es irritante que este hombre hable con esa seguridad de que nosotros necesitemos cambiar nuetras ropas. ¿Quién se lo ha dicho a él? Pero, por muy irritante que nos parezca esta sutil adivinación, no dejamos de comprender que es cierta y que puede allanarnos el camino. Por otra parte, a él no le ha inmutado lo más mínimo la cara hostil que hemos debido ponerle. Insiste:

-Yo les puedo proporcionar a ustedes unos trajes tan nuevos como esos y algún dinero encima.

Esto de algún dinero encima lo ha dicho subrayándolo; y sonríe, ya francamente, cuando nosotros dos interrogamos a la vez:

-¿Cuánto?

La sonrisa de su boca ha recorrido por un momento, como un relámpago, su cara. Ha dado dos chupadas a la colilla que lleva entre los labios y ha dicho, mientras echaba a andar, sin molestarse siquiera en volver la cabeza para ver si nosotros le seguíamos, con la misma seguridad irritante de siempre:

-Eso no se lo puedo decir ahora. Vengan, vengan por aquí..

Ignoro si, en efecto, esto se llama así ordinariamente entre esta buena gente del Rastro. Lo cierto es que nuestro trapero nos indicó en el camino que era un cambalache lo que íbamos a hacer. Y el hombrecillo aquel de la prendería, que iba vestido con unas prendas cualquiera de las que tenía a la venta, nos hizo saber también que estábamos haciendo un cambalache.

Un cambalache consiste, pues, al parecer, y salvo lo que el diccionario asegure, en cambiar dos trajes seminuevos, unos abrigos y dos pares de zapatos en buen uso, por unos trajes hechos puro harapo y unos zapatos meramente honoríficos, puesto que con ellos se pone el pie sobre el duro suelo, lo mismo que sí no se llevaran. ¡Y recibir como compensación tres duros!

-¿Tres duros?—exclamamos llenos de indignación—. ¿Pero entonces cuánto daría usted por estos dos trajes, estos dos abrigos y estos dos pares de zapatos en buen estado?

-¡Eso de en buen estado!… No se podría dar más de seis duros escasos por todo.

-Perfectamente. Y estos pantalones con culeras y estas chaquetas pringosas ¿cuánto valen? Aunque se añadan estas zapatillas de lona rota y estos zapatos llenos de boquetes… Es ropa usada, no se lo niego… Cuando se viene a mi casa ya se sabe a lo que se viene… Pero esa ropa que se llevan ustedes, mal vendida, podrá valer cuatro duros poco más o menos…

¡Dios mío, todavía va a resultar que le dejamos a deber dinero! Esto pensamos, y el hombre confunde nuestro miedo de que nos vaya peor en el negocio con su miedo de que nos vayamos sin hacerle. Parece de pronto acometido por una idea salvadora:

-Verán ustedes; si esos trajes que se llevan no les gustan, tengo algo mejor que ofrecerles, aun sabiendo que salgo perjudicado.

Hurga aquí y allá, entre los montones de ropa vieja, tan vieja que uno siente miedo de que se vaya a reducir a cenizas al hurgar en ella, y desdobla, al fin, ante nuestros ojos atónitos, una levita antigua, con un agujero de polilla en la espalda.

-Estoy dispuesto a cambiarles esto por una de las chaquetas que se llevan. ¡No dirán que no me pongo en razón!

-¿Eso? ¿Para qué queremos eso? Parece desolado por nuestra pregunta, despectiva para su obsequio:

-¿Cómo que para que quieren esto? ¿Pero es que se puede comparar una de esas chaquetas, que, al fin y al cabo, son nada más que chaquetas, con esto? No sólo que sea una prenda de categoría, sino que puede servirles al mismo tiempo de chaqueta y de gabán…

Es preciso que nuestro amigo el trapero que nos ha conducido hasta aquí, más perspicaz, intervenga, haciéndole desistir, para que no le digamos un chaparrón de impertinencias a este viejecillo que se ha empeñado en hacernos entrar en la miseria vestidos de recepción.

UNA TABERNA DE «NEGOCIANTES»

El caso es que hemos salido con nuestros trajes viejos y con tres duros, ni un céntimo más. Siento nadar mi cuerpo en la chaqueta que me llega casi a las rodillas y me sobra por todas partes. Una de las suelas de goma de mis zapatillas está desprendida casi por completo y roza constantemente con los morrillos al andar. Por una de las rodilleras del pantalón asoma mi propia rodilla. Y la gorra, demasiado grande, se me cuela hasta los ojos. A mi lado, Rivero tiene un aspecto muy semejante, o, quizás, peor del que yo debo tener.

Da mucho miedo lanzarse a la calle, vestido así. Parece que toda la gente se va a poner a dar voces alrededor, asombrada, Y que los guardias le van a detener a uno en el momento que le echen un ojo encima.

Pero cuando, por fin, se sale a la calle, da mucho más terror todavía ver que nadie para la mirada en nuestras personas, que ni siquiera les extraña un poco el que vayamos vestidos así, y que ios guardias, a lo más, nos contemplan con una mirada un poco recelosa, como diciéndose:

-¡Estos son dos buenos pájaros!

Nadie, tampoco, se ha dignado mirarnos al entrar en esta taberna próxima, a la que hemos venido gentilmente invitados por nuestro cicerone. Está llena de bebedores que se agrupan junto al mostrador o charlan de pie en medio del local. Se ven rostros atezados de gitanos, hombres con saco al hombro como éste que nos acompaña, mozos de cuerda con la soga cruzada al pecho como una banda, enseñando el vello del pecho por la camisa sin botones…

Una niña, que no tendrá diez años, manipula tras el mostrador, sirviendo a la parroquia, y tiene que echar sus dos bracitos delgados para levantar los grandes frascos de vino con los que llena los vasos. Tiene una cara paliducha, inocente, y vigila las entradas y salidas:

-¡Eh, oiga, señor Pepe! ¿Quién paga ese media copa que ha tomao usté?

El aludido señor Pepe se detiene en la puerta entreabierta, ya para salir, y señala a uno con un gesto de cabeza sobrio:

-¡Ahí!

—Yo la pago, sí—interviene un muchachito casi imberbe, que lleva un traje raído, una bufanda sucia al cuello y una gorra a cuadros. Y añade, dirigiéndose a nuestro trapero:

-¡Hola Paco! ¿Qué vas a tomar?

Y luego a la tabernerilla, señalando a Paco;

-Sirve a éste también lo que pida,

-Ha habido asunto hoy ¿eh?—le dice Paco, poniéndole una mano sobre el hombro, amistosamente.

-¡Pchs!

Paco medita unos momentos, mirándole y dice:

-Tengo un traje para ti que ni pintado.

-¿Si?—dice el jovencito, mostrando un evidente interés.

-Sí, vete luego por allí.

Y Paco se vuelve a mirarnos, sin saber por qué. Entonces el jovencito repara en nosotros:

-¿Qué van a tomar?

Bebemos unas copas en silencio. Pregunto:

-¿Qué sitio hay por aquí, donde se pueda cenar, no muy caro?

-Vayan al «Buen Gusto». Allí se cena bien.

DOS LUGARES DE EXCELENTE CONCURSENCIA

«El Buen Gusto» tiene tanto de bar como de taberna. Un mostrador de zinc, pero mesas de mármol. Un hombre con mandil de rayas verdes y negras, que despacha vasos de vino detrás del mostrador, pero unos camareros con chaquetilla blanca que sirven en las mesas. Algún espejo en la pared, pero un cartel que lanza esta terrible afrenta a la parroquia: «Los pagos por adelantado». Y, por si estuviera poco claro otro añade, en nombre, sin duda, del dueño del establecimiento: «Ni fío, ni presto». Un rótulo más humano índica: «Menú, cinco reales; dos platos hechos y uno a la orden. A él nos acogemos e intentamos depositar, previamente, el dinero en manos del mozo ateniéndonos a lo indicado:

-¿La propina también es por adelantado?

La palabra propina parece que ha emocionado al camarero:

-No, no es preciso que paguen antes. La advertencia se refiere sólo a los conocidos de la casa ¿sabe?

He aquí un mundo nuevo de verdad, donde el Conocido refrán se dice de esta otra manera: «Más vale lo desconocido, sea bueno o malo, que lo que ya conocemos.

Todavía estamos tomando el café, cuando alguien se acerca a nuestra mesa, en tono de amigo. Tardamos un rato en reconocer al jovencito que hace dos horas hemos visto en la taberna del Rastro, convidando a todo el mundo. Sin embargo, aunque al principio no le hayamos reconocido, desde que ha entrado nos ha dado la sensación de algo muy familiar. Después hemos caído en porqué; ¡Lleva mis pantalones y la chaqueta de Rivero! Ha debido hablar de nosotros con Paco el trapero porque sabe que su traje ha sido nuestro por mitad, y hasta nos felicita por lo bien que le sienta. Le damos las gracias, aunque no alcancemos el sentido de esta felicitación. Lo cierto es que manifiesta terribles deseos de hacerse amigo nuestro. ¿Por qué? Es igual. He aquí un hombre que habla; alguien con quien romper nuestro aislamiento de lo que nos rodea.

A las doce de la noche, después de rodar por tres tabernas más, ya nos llamamos de tu con nuestro nuevo amigo y sabemos que tiene numerosas amistades por doquier, que le conocen por el gentil apodo de el Pincha.

Recalamos en otro bar taberna, en el que hay un largo mostrador de madera.

Le llaman el Aeroplano.

-¿Por qué le llaman a esto el Aeroplano?

-¡Qué sé yol ¡Seguramente, porque todos los que venimos por aquí, vivimos en el aire!

-¿Tú de qué vives?

-¿Yo?

Nuestro amigo se ha quedado vacilante. Nos mira fijamente un buen rato y responde, con la mayor vaguedad posible:

-¡Por ahí!

En seguida cambia la conversación:

-¿Qué queréis tomar?

Nos sirven unos vasos de vino, y, con cada vaso, el camarero nos alarga un cigarrillo. ¡Buena costumbre para fumadores empedernidos, que se encuentran en la madrugada sin tabaco y con los estancos cerrados, que el Aeroplano ha establecido desde su fundación, a lo que parece!

En el local, unos cuantos muchachitos,  semejantes al Pincha, rodean a tres mujeres que fuman, ríen a gritos sin ninguna razón y apuran de un sorbo copas de aguardiente. Uno de estos chicos que ha saludado al Pincha al entrar, viene ahora hacia él y se acerca hasta pegar hombro con hombro. Es un muchacho como de veintitantos años, alto, delgado, moreno. Le oímos decir:

-La bofia te busca. Están ahí, en la Malagorra.

No hay tiempo que perder, por lo visto. El Pincha paga las copas, que hemos tomado apresuradamente, y sale seguido del que ha venido a hablarle. Nosotros nos encontramos también, sin saber porqué, al lado de estos dos, andando de prisa, casi corriendo. Cuando cruzamos a lo largo de una de las aceras de la plaza del Progreso, vemos cruzar por la acera de enfrente, en dirección opuesta, tres señores circunspectos que marchan de prisa, golpeando el suelo con las conteras de sus bastones. El Pincha se arrima cuanto puede a la pared, sin perderles de vista:

-¡Allí están, maldita sea! ¡Ese ha sido el Chatoque se ha chivao! ¡Qué hijo de perra!

Apresuramos el paso y pronto nos refugiamos en Mesón de Paredes y doblamos por la Encomienda, Muchas de las mujeres que permanecen de pie, al borde de las aceras, arrebujadas en su mantón, saludan al pasar. Alguna comenta:

-¿Sus habéis comprao automóvil, vidas?

Otra vocea al Pincha desde la acera de enfrente;

– ¡Oye, Luisillo! M’han preguntao por ti haz’un rato.

El Pincha mira medrosamente hacia atrás y replica;

-¡Ya podías hablar más bajo, y no ser boceras, tú!

La aludida cacarea:

– ¡Ay, hijo! ¡Yo es por si no lo sabías! ¡La culpa !a tiene una por hacer favores de balde!… ¡Pues anda!…

Su voz se va perdiendo después de doblar una calleja. Rivero y yo nos miramos. Estamos ya seguros de qué clase de gentes son éstas con las que caminamos a través de las callejuelas semiobscuras. ¡Dos muchachos que huyen de la policía! ¡No es mal principio!¡Ya veremos en qué para todo esto!

Nos hemos detenido en una callejuela obscura, al final de ¡a cual se ven las luces de la calle de Toledo, ante una taberna que tiene una hoja de la puerta cerrada y entornada la otra.

El Pincha se acerca y abre lo suficiente para que podamos pasar. En la neblina formada por el humo del tabaco se distinguen apenas dos o tres tipos que dormitan sobre una mesa.

Estampa, 21 de enero de 1930

 

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