Libros

Nellie Bly, la primera reportera de investigación

Maureen Corrigan
Todos los semestres de otoño aparecen las solicitudes en mi correo electrónico de la universidad. La edad de los remitentes varía, desde la enseñanza secundaria hasta la superior, y proceden de todo el país, pero, sin excepción, siempre son mujeres. Los mensajes suelen empezar así: «Estimada señora Corrigan: Estoy haciendo un trabajo para el concurso que se celebra por el Día de la Historia Nacional y he elegido investigar sobre Nellie Bly». Algunas de las estudiantes están preparando una redacción o un póster; otras, más ambiciosas, están haciendo un documental. Me bombardean con preguntas que creen que yo puedo responder porque han visto un documental del programa American Experience sobre Nellie Bly en el que salía como busto parlante. Una alumna de séptimo curso me dice: «Empezó a interesarme cuando leí una breve historia sobre ella en mi libro de texto». Otra, de Florida, que está en el penúltimo curso de la secundaria, empieza por confesar: «Aspiraba a convertirse en periodista, igual que yo». Las estudiantes dicen que quieren saber cómo influyó Nellie Bly «en la reforma de las instituciones psiquiátricas», «en el periodismo» y «en las mujeres de hoy en día».
Sospecho que estas jóvenes quieren saber algo más. Sé que, desde luego, en mi caso es así. Quiero saber cómo una adolescente pobre y con escasa formación llamada Elizabeth Cochran encontró la valentía necesaria para convertirse en una periodista llamada Nellie Bly que ayudó a cambiar el mundo escribiendo sobre él.
¿De dónde procedía la sólida conciencia de sí misma que tenía Nellie Bly? Esta es, para mí, la pregunta fundamental al respecto de la vida de Bly. Se nota su confianza incluso en épocas tempranas de su vida, en la insolencia con que la joven Bly respondía a los hombres que ejercían posiciones de poder e intentaban insertarla en categorías sociales. Su editor del Pittsburg Dispatch insistía en asignarle encargos que él consideraba apropiados para las mujeres (exposiciones florales, almuerzos de señoras), a pesar de que ella
ya había dejado huella en las páginas de ese periódico desvelando
las nefastas condiciones de trabajo de las chicas que trabajaban en las fábricas de la zona y las desigualdades de género en las leyes de divorcio de la época. Así que Bly se largó. Pero, antes de irse, le dejó una nota a su cerril editor: «Estimado Q. O.: Me voy a Nueva York. Esté atento. Bly».
El sórdido club masculino que conformaba el mundo periodístico neoyorquino de 1887 no aplaudió la incorporación de esta criatura exótica —una chica periodista— a sus filas. Tras cuatro meses de intentos infructuosos por encontrar trabajo, Bly consiguió colarse a codazos en el New York World de Joseph Pulitzer aceptando un peligroso encargo: accedió a hacerse pasar por loca e infiltrarse en el tristemente célebre frenopático de mujeres de Blackwell’s Island. El relato de pesadilla de los diez durísimos días que pasó allí parece un capítulo de una novela gótica: Bly soportó
baños de agua gélida y sucia, comida rancia y la amenaza callada
del maltrato físico y sexual. Aunque el cuerpo de Bly quedó debilitado,
consiguió mantener el ánimo. En el tiempo que pasó en Blackwell’s, alzó la voz para defender a internas más vulnerables (algunas de ellas, inmigrantes totalmente cuerdas cuya única falta era no hablar inglés) y le echó un rapapolvo sobre la seguridad contra incendios al médico responsable.
Si Bly adquirió fama escribiendo acerca de la reclusión, se hizo aún más célebre demostrando lo rápido que una mujer podía dar la vuelta al mundo, sin restricciones. Como era habitual, primero tuvo que luchar por su derecho a cumplir la tarea de dar la vuelta al mundo. Aunque la idea de batir el récord ficticio de viaje de Phileas Fogg, el personaje creado por Julio Verne, era de la propia Bly, su editor del New York World pretendía darle el trabajo a un periodista varón. El que una señorita viajara sin escolta era algo que no se hacía, y punto; seguro que tendría que llevar consigo un montón de baúles para su guardarropa y otros artículos esenciales. ¡Ja! Con dos días de preaviso, Bly metió algo de ropa interior y un frasco de crema facial en un bolso; a continuación, se subió a un barco de vapor que zarpaba rumbo a Inglaterra y no dejó de moverse hasta
que llegó de nuevo a la costa este de Estados Unidos, setenta y dos días después.
En efecto, Bly no dejó nunca de moverse. Cuando se casó, a la madura edad de treinta años, asumió la gestión de la fábrica de su marido y creó en ella un gimnasio, una biblioteca y un centro de recreo para los obreros. En su rompedora carrera de periodista e industrial, Nellie Bly fue capaz de enseñarle una o dos cosas a Sheryl Sandberg sobre cómo «lanzarse».
Recuerdo que mi primer acercamiento a Nellie Bly fue como el de muchas otras chicas, aún hoy: a través de una biografía ilustrada para jóvenes adultos. Tendría unos diez años cuando leí ese libro en la biblioteca del colegio y me dejó extasiada. En mi imaginación,
Bly daba vueltas junto con Nancy Drew, Amelia Earhart, Jo March y los otros pocos modelos femeninos autónomos al alcance de una chica que crecía en la década de 1960. Me encantaba el aspecto de Bly en esa famosa fotografía de su viaje de vuelta al mundo: el abrigo a cuadros blancos y negros hasta los pies y el gorro recordaban a Sherlock Holmes y su bolso de viaje se parecía al que llevaba Mary Poppins. Era joven y bonita, pero no tan bonita como para resultar intimidatoria. Y lo mejor de todo es que era escritora (lo mismo que quería ser yo); sin embargo, no se quedaba pegada al escritorio. Mucho antes de que Jack Kerouac lo convirtiera en algo exclusivo de machos, Nellie Bly salió a buscar sus historias por el «camino». Incluso tuvo a un mono como mascota —¡como Pippi Calzaslargas!— durante su estancia en Oriente. ¿Qué chica podría resistirse?
A juzgar por mi correo electrónico, aún hay muchas chicas que no pueden resistirse a la historia de Nellie Bly, ni deben hacerlo. He observado, no obstante, que ninguna de ellas, ni las de secundaria ni las universitarias, usa jamás la expresión «periodismo gonzo» para referirse a Bly, a pesar de que ese es justo el tipo de periodismo del que se la reconoce como pionera. Tal vez, el término suene demasiado a frivolidad o autobombo, sobre todo en un trabajo para el Día de la Historia Nacional. Es cierto que muchos
de los encargos de Bly implicaban más que el periodismo gonzo, pero también es cierto que disfrutaba llamando la atención. Los admiradores modernos de Bly parecen querer incidir en el aspecto de justicia social de sus aventuras, como para excusar toda la
publicidad que generaba sobre su propia persona. En mis respuestas a las admiradoras de Bly, siempre insisto en que fue tanto una reformista como intérprete, activista y un espectáculo en sí misma. Quiero que estas jóvenes entiendan el enorme logro que
supuso para Bly insistir en su propia firma, su foto en el periódico y su autoestima. Si, por modestia, Nellie Bly hubiera ocultado su luz bajo el almud, ahí se habría quedado. Quiero que estas estudiantes se vacunen, por medio de la historia de Bly, contra el deseo
femenino de gustar, de que sus compañeros y jefes las consideren guapas; un deseo que acaba lastrando la carrera profesional de las mujeres.
Así pues, ¿de dónde procedía el famoso arrojo de Bly, esa cualidad que las chicas, incluso las de nuestra época posfeminista, luchan por conseguir y mantener? Las difíciles circunstancias de la infancia y adolescencia de Bly contribuyeron, sin duda, a su
actitud independiente. La muerte de su padre, cuando tenía seis años, sumada al desastroso nuevo matrimonio de su madre con un borracho acosador, enseñó a Bly a no depender de los hombres para lograr la estabilidad económica. Además, se hizo adulta en una época en la que la Nueva Mujer luchaba contra las restricciones tradicionales de género en la educación, el trabajo e incluso el ámbito doméstico. Pero, más allá de esas explicaciones, esa fuerza femenina de la naturaleza conocida como Nellie Bly sigue estando envuelta en misterio. Parece tan hecha a sí misma como Jay Gatsby, ese otro gran enigma de la ficción estadounidense. Al igual que Gatsby, Bly salió de la nada, de una pequeña ciudad, para convertirse en la estrella de Nueva York. Sus ambiciones —de nuevo, como las de Gatsby— la llevaron cada vez más lejos y más rápido;
durante una época, fue incluso rica y poderosa. Por suerte para Bly, su caída fue mucho más suave que la de Gatsby: murió de neumonía a los cincuenta y siete años, después de que le estafaran los beneficios de su fábrica, pero aún afanándose en escribir artículos
de prensa.
F. Scott Fitzgerald metió directamente a Nellie Bly en su mejor novela: hace una breve aparición como Ella Kaye, la dura periodista que acompaña a Dan Cody, mentor del joven Jay Gatsby. No es un retrato halagüeño, pero, probablemente, a Fitzgerald y sus
coetáneos de la época del jazz las tretas de Bly les resultaban tan bruscas y pintorescas como las de Annie Oakley.2 A pesar de ese desdén, sin embargo, Nellie Bly no llegó a desaparecer por completo del imaginario cultural del siglo xx. Siguió viva en biografías
dirigidas a jóvenes lectores (como aquella en la que yo la conocí) y acabó llamando la atención también de académicos influidos por la segunda ola del feminismo. Las estudiantes que me escriben ahora podrán reconocerse o no como feministas, pero
están motivadas por un impulso, que yo sin duda calificaría de feminista, de buscar información sobre una mujer cuya historia vital puede enseñarles cosas sobre la libertad de pensar a lo grande, sobre la necesidad de desarrollar la independencia y sobre la
valentía de alzar la voz por los indefensos. Nellie Bly no decepciona a esas admiradoras. En 1885, una Bly adolescente publicó su primer artículo: su respuesta a una columna condescendiente del Pittsburg Dispatch titulada «What Girls Are Good For» [Para
qué sirven las chicas] (la respuesta era que para traer niños al mundo). Bly replicó a ese argumento reduccionista de forma encendida y apasionada. Escribió acerca de las vidas de chicas como ella misma, chicas que trabajaban para ganarse el sustento propio
y, a menudo, el de su familia, chicas que se enorgullecían de ser autosuficientes. Nellie Bly lleva más de cien años refutando incansablemente los estereotipos sexistas e infundiendo a sus lectores —sobre todo, lectoras— el espíritu aventurero y la sensación
de que todo es posible.

(1) Economista, escritora y actual directora ejecutiva de Facebook. (N. de la T.).
(2) Phoebe Anne Oakley Moses (1860-1926), famosa tiradora estadounidense que
participó durante muchos años en el espectáculo de Buffalo Bill. (N. de la T.)

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