Artículo histórico

¡Yo acuso…!

Émile Zola

Señor presidente, ¿me permitirá usted, en agradecimiento por la benévola acogida que me dispensó un día, que me preocupe por su merecida gloria y que le diga que su estrella, tan afortunada hasta ahora, se ve amenazada por la más vergonzosa a imborrable de las manchas?

Ha salido usted indemne de las calumnias más rastreras, ha conquistado los corazones de la gente. Aparece usted radiante en la apoteosis de esa fiesta patriótica que ha sido para Francia la alianza rusa, y se dispone a presidir el solemne triunfo de nuestra Exposición Universal, que co-ronará nuestro gran siglo de trabajo, de verdad y de libertad. No obstante, ¡qué mancha de lodo sobre su nombre iba a decir sobre su reinado– ha arrojado el abominable caso Dreyfus! Un consejo de guerra acaba de atreverse, por de-creto, a absolver a un individuo como Ester-hazy, supremo insulto a toda verdad, a toda jus-ticia. Se acabó, Francia ostenta ahora esa mancha en la mejilla y la historia escribirá que semejante crimen social fue posible bajo su presidencia.

Pero si ellos se atrevieron, yo también me atreveré. Diré la verdad, porque prometí decirla si no lo hacía plenamente y por entero la justicia. Mi deber es hablar, no quiero ser cómplice. Mis noches se verían asediadas por el espectro del inocente que, padeciendo el más horrible suplicio, expira un crimen que no ha cometido. Y a usted, señor presidente, le gritaré esa verdad, con toda la fuerza que me da mi rechazo de hombre decente. En su honor, quiero suponer que usted ignora esa verdad. ¿Y a quién pues, iba yo a denunciar esa pandilla malsana de verdaderos culpables sino a usted, el primer magistrado del país? Ante todo, la verdad sobre el proceso y sobre la condena de Dreyfus. Todo lo ha dirigido, todo lo ha realizado un hombre nefasto, el teniente coronel Du Paty de Clam, por entonces simple comandante. Él es prácticamente el caso Dreyfus; pero eso no se sa-brá hasta que una investigación leal establez-ca claramente sus actos y sus responsabilidades. Posee la mente más turbia, más enrevesada y obsesionada por intrigas novelescas que conozco, y se vale de recursos de folletín, de papeles roba-dos, cartas anónimas, citas en lugares desiertos, mujeres que, de noche, entregan pruebas con-tundentes. Él ideó dictar el escrito a Dreyfus; él propuso examinar a Dreyfus en un cuarto enteramente revestido de espejos; a él lo describe el comandante Forzinetti penetrando, provisto de una linterna velada, en la celda donde duerme el acusado para proyectarle bruscamente sobre la cara un chorro de luz y sorprender el crimen en sus labios con la emoción del despertar. No tengo por qué contarlo todo; que busquen, ya encontrarán.

Declaro sencillamente que el comandante Du Paty de Clam, encargado de instruir el sumario del caso Dreyfus en calidad de oficial judicial, es, en lo relativo a fechas y responsabilidades, el primer culpable del espantoso error judicial que se cometió. Hacía tiempo que el escrito estaba en manos del coronel Sandherr, director del Bureau de Renseignements, quien falleció tras padecer una parálisis general. Se producían «pérdidas», desaparecían papeles y aún hoy siguen desapare-ciendo; mientras buscaban al autor del escrito, se fue creando la idea preconcebida de que el autor sólo podía ser un oñcial del Estado Mayor, y además oficial de artillería: doble y manifiesto error, que demuestra con qué superficialidad es-tudiaron el escrito, pues un examen sensato de-muestra que no podia tratarse más que de un oficial de tropa. Así pues, empezaron a buscar en casa, a examinar tipos de letra, como si de un asunto de familia se tratara, con la intención de sorpren-der a un traidor en las propias oficinas para ex-pulsarle. Entonces no pretendo reconstruir ahora una historia en parte conocida, desde que la primera sospecha recae sobre Dreyfus, el comandante Du Paty de Clam entra en escena. A partir de ese momento, él fue quien se in-ventó a Dreyfus, el caso se convirtió en su caso, se empeñó en confundir al traidor, en arran-carle una confesión completa. Por supuesto, es-tán también el ministro de la Guerra, el general Mercier, cuya inteligencia parece mediocre; el jefe del Estado Mayor, el general De Boisdeffre, que da la impresión de haber sucumbido a su pasión clerical, y el subjefe de Estado Mayor, el general Gonse, cuya conciencia se acomodó a muchas cosas. Pero, en realidad, el que cuenta es el comandante Du Paty de Clam, que los maneja a todos, que los hipnotiza a todos, pues también siente afición por el espiritismo y las ciencias ocultas y conversa con los espíritus. Cuesta imaginar a qué experiencias sometió al infeliz Dreyfus, en qué trampas quiso hacer-le caer, qué descabelladas investigaciones, qué monstruosas imaginaciones; en suma, lo sometió a una tortura demencial. ¡Ah, ese primer caso es como una pesadilla para quien conoce sus verdaderos detalles! El comandante Du Paty de Clam detiene a Dreyfus, lo incomunica. Corre a ver a Madame Drey-fus, la aterroriza, le dice que, si habla, su marido está perdido. Entretanto, el infeliz se mesa los cabellos, clama su inocencia. Y asi se procedió al sumario, como en una crónica del siglo XV, rodeado de misterio, en medio de la confusión de informes crueles, y basándose en una única acu-sación infantil, ese estúpido escrito que no sólo equivalía a una traición vulgar, sino que, ade-más, era la más impúdica de las estafas, pues casi todos los célebres secretos que en él se revelaban carecían de valor.

Mi insistencia se debe a que ése es el meollo de la cuestión, de donde saldrá más tarde el verdadero crimen, la espantosa falta de justicia que aqueja a Francia. Me gustaría dejar bien sentado de qué modo se llegó al error judicial, cómo nació de las maquinaciones del comandante Du Paty de Clam, de qué manera el general Mercier y los generales De Boisdeffre y Gonse pudieron dejar que poco a poco los en-redaran y comprometieran sus responsabilidades en ese error, error que más adelante se sintieron obligados a imponer como la sacrosanta verdad, que no admite discusión. Asi pues, al principio, no hay más que incuria y falta de inteligencia por parte de esos hombres. A lo sumo, se les ve ceder a las pasiones religiosas del ambiente y a los prejuicios del corporativismo. Ellos permitieron que se cometiera el disparate. Ya tenemos a Dreyfus ante el consejo de guerra. Se exigió que fuera a puerta cerrada. No se tomarían medidas de silencio y de misterio más rigurosas para un traidor que hubiese abierto la frontera al enemigo para dejar al em-perador alemán el paso libre hasta Notre Dame. La nación se halla estupefacta, la gente susurra hechos terribles, traiciones monstruosas, de esas que indignan a la Historia; y, por supuesto, la nación se inclina. Ningún castigo será lo bas-tante severo, la nación aplaudirá la degradación pública, exigirá que el culpable, devorado por los remordimientos, permanezca en su infamante is-lote. ¿Serán verdad esas cosas inconfesables y peligrosas, capaces de hacer arder a Europa, que hubo que ocultar cuidadosamente tras ese juicio a puerta cerrada? ¡No! Detrás no hubo nada salvo la imaginación novelesca y demencial del comandante Du Paty de Clam. Todo ese enredo no tuvo otro fin que el de ocultar la novela fo-lletinesca más absurda. Para comprobarlo, basta con estudiar atentamente el acta de acusación, leída ante el consejo de guerra. En el acta de acusación no había nada. Que hayan podido condenar a un hombre basándose en esa acta es un prodigio de iniquidad. Dudo que la gente honrada pueda leerla sin que su co-razón salte de indignación ni proteste a gritos al pensar en aquella desmesurada expiación, a11á, en la isla del Diablo. Dreyfus sabe varios idio-mas, crimen; no encontraron en su casa ningún documento comprometedor, crimen; visita en ocasiones su país de origen, crimen; es trabaja-dor, se preocupa por enterarse de todo, crimen; no pierde la calma, crimen; pierde la calma, crimen. ¡Y esa redacción llena de ingenuida-des, esos vacuos asertos formales! Nos habían hablado de catorce cargos acusatorios: no encon-tramos más que uno, el del escrito; nos entera-mos incluso de que los expertos no estaban de acuerdo, de que uno, Monsieur Gobert, fue amonestado de manera terminante porque no se decidía a sacar conclusiones en el sentido de-seado. Se comentaba también que habían acu-dido veintitrés oficiales para hundir a Dreyfus con sus testimonios. Desconocemos los interro-gatorios, pero parece seguro que no todos decla-raron en contra; conviene mencionar además que todos pertenecían al Ministerio de la Gue-rra. Es un proceso en familia, están como en casa. No hay que olvidarlo: el Estado Mayor quiso el juicio, juzgó a Dreyfus y acaba de juz-garlo por segunda vez. Por lo tanto, sólo quedaba el escrito, y los expertos no se pusieron de acuerdo. Cuentan que, en la sala de deliberación, los jueces, natu-ralmente, se disponían a absolver. ¡Qué fácil es comprender ahora la desesperada obstinación con la que hoy, para justificar la condena, se afirma la existencia de una prueba secreta, abru-madora, una prueba que no se puede enseñar, que lo legitima todo, ante la que hemos de in-clinarnos, Dios invisible a incognoscible! ¡Niego esa prueba, la niego con todas mis fuerzas! Una prueba ridícula, sí, tal vez la prueba donde se ha-bla de mujerzuelas y que alude a un tal D. que se ha vuelto demasiado exigente: sin duda algún marido que opina que no pagan lo suficiente a su mujer. ¡Pero no una prueba que afecte a la de-fensa nacional, que no se podría revelar sin que al día siguiente se declarara la guerra! ¡No y no! ¡Mentira! Y lo más odioso, lo más cínico, es que mienten impunemente sin que nadie pueda de-mostrárselo. Alborotan a Francia, se amparan en la legítima emoción de ésta, acallan las bocas tras turbar los corazones y pervertir las mentes. No conozco mayor delito cívico. Éstos son, señor presidente, los hechos que explican cómo pudo cometerse un error judicial; y las pruebas morales, la situación económica de Dreyfus, la ausencia de motivos, su continuo grito de inocencia, acaban por mostrárnoslo como una víctima de la extraordinaria imagi-nación del comandante Du Paty de Clam, del ambiente clerical que lo rodeaba, de esa caza a los «cochinos judíos» que deshonra nuestros tiempos. Llegamos ya al caso Esterhazy. Han trans-currido tres años, muchas conciencias siguen profundamente turbadas, se inquietan, buscan y acaban por convencerse de la inocencia de Dreyfus. No voy a narrar la trayectoria de dudas y posterior convicción de Monsieur Scheurer-Kestner. Sin embargo, mientras él investigaba por su lado, graves hechos ocurrían en el propio Estado Mayor. Había muerto el coronel San-dherr, y el teniente coronel Picquart le había su-cedido como jefe del Bureau de Renseigne-ments. Un día, hallándose éste en funciones, cayó en sus manos una cartatelegrama enviada al comandante Esterhazy por un agente de una potencia extranjera. Su estricto deber era abrir una investigación. Lo cierto es que nunca obró al margen de la voluntad de sus superiores. Confió, pues, sus sospechas a éstos, al general Gonse, al general De Boisdeffre y, por fin, al general Bi-llot, quien había sucedido al general Mercier como ministro de la Guerra. El famoso expe-diente Picquart, del que tanto se ha hablado, nunca ha sido más que el expediente Billot, o sea, un expediente realizado por un subordinado para su ministro, expediente que aún debe de hallarse en el Ministerio de la Guerra. Las pes-quisas se prolongaron de mayo a septiembre de 1896, y lo que hay que afirmar en voz alta es que el general Gonse estaba convencido de la cul-pabilidad de Esterhazy y que ni el general De Boisdeffre ni el general Billot ponían en duda que el escrito fuera de puño y letra de Esterhazy. La investigación del teniente coronel Picquart había llevado a esa evidente constatación. Pero se produjo una enorme conmoción, ya que la condena de Esterhazy acarrearía inevitablemente la revisión del caso Dreyfus; y el Estado Mayor no quería eso a ningún precio. Debió de darse entonces un minuto psico-lógico lleno de angustia. Observe que el general Billot no estaba en absoluto comprometido, aca-baba de llegar, podía establecer la verdad. No se atrevió, sin duda por miedo a la opinión pública y por temor a implicar a todo el Estado Mayor, al general De Boisdeffre, al general Gonse, sin contar a los subordinados. Después, no hubo más que un minuto de lucha entre su conciencia y lo que creyó que era el interés militar. Pasó el minuto y fue ya demasiado tarde. Se había com-prometido, se había embarcado. Desde entonces su responsabilidad no ha hecho más que aumentar, cargo con el delito de los demás, se ha vuelto tan culpable como los otros, más culpable aún, pues fue dueño de hacer justicia y no hizo nada. ¿No lo entiende usted? ¡Hace ya un año que el general Billot, que los generales De Boisdeffre y Gonse saben que Dreyfus es inocente y han guardado para sí esa cosa atroz! ¡Y esa gente duerme y quiere a su mujer y a sus hijos! El teniente coronel Picquart había cumplido con su deber como hombre honrado que era. Insistió ante sus superiores en nombre de la jus-ticia. Hasta les suplicó, les dijo cuán poco polí-ticos eran sus aplazamientos, previó la terrible tormenta que se avecinaba y que estallaría cuando se supiera la verdad. El mismo lenguaje utilizó después Monsieur ScheurerKestner de-lante del general Billot cuando le exhortó a que, por patriotismo, se encargara personalmente del caso, a que no lo dejara agravarse hasta el punto de degenerar en un desastre público. ¡No! El cri-men se había cometido, el Estado Mayor no po-día ya confesar su delito. Trasladaron al teniente coronel Picquart, fueron alejándolo cada vez más, hasta Túnez, donde un día incluso quisie-ron honrar su valentía encomendándole una misión en el lugar en que halló la muerte el marqués de Mores, misión que seguramente hu-biera acabado con él. ¿Cómo creer que hubiera caído en desgracia si el general Gonse mantenía con él una correspondencia amistosa? Cierta-mente, hay secretos que más vale no haber des-cubierto. En Paris, la verdad avanzaba, irresistible, y ya sabemos de qué modo estalló la esperada tor-menta. Monsieur Mathieu Dreyfus denunció al comandante Esterhazy, acusándolo de ser el au-tor verdadero del escrito, en el momento en que Monsieur ScheurerKestner se disponía a entre-gar al ministro de justicia una petición de revi-sion del proceso. Entra entonces en escena el comandante Esterhazy. Algunos testigos lo pre-sentan al principio trastornado y dispuesto a sui-cidarse o a huir. Después, súbitamente, se vuelve audaz y asombra a París por su violenta actitud. Era evidente que le habían llegado apoyos; ha-bía recibido una carta anónima que le advertia de las intrigas de sus enemigos a incluso una no-che una misteriosa dama se molestó en devol-verle una prueba, robada al Estado Mayor, que lograría salvarle. No puedo evitar ver tras todo esto al teniente coronel Du Paty de Clam, pues conozco las artimañas de su fértil imaginación. Su obra, la culpabilidad de Dreyfus, se hallaba en peligro y seguramente quiso defenderla. ¿Revisión del caso? ¡Seria el hundimiento del trágico y extravagante folletin cuyo abominable de-senlace se desarrolla en la isla del Diablo! ¡Y él no podía consentir eso! A partir de ese instante tendrá lugar un duelo entre el teniente coronel Picquart y el teniente coronel Du Paty de Clam, uno a rostro descubierto, el otro enmascarado. Volveremos a encontrárnoslos poco después ante la justicia civil. En el fondo, el Estado Mayor sigue defendiéndose, se niega a confesar su delito, cuya abominación crece por momentos. La gente se preguntaba estupefacta quiénes protegían al comandante Esterhazy. El primer protector, en la sombra, era el teniente coronel Du Paty de Clam, quien lo maquinó y lo orga-nizó todo. Su actuación se delata por lo absurdo de sus recursos. Después está el general De Bois-deffre, el general Gonse y el mismo general Bi-llot, que se ven obligados a absolver al coman-dante, ya que no pueden dejar que se reconozca la inocencia de Dreyfus sin que todo el Minis-terio de la Guerra se hunda en el desprecio pú-blico. Y lo más gordo de esa prodigiosa situa-ción es que la única persona honesta en todo eso, el teniente coronel Picquart, el único que cumplió con su deber, acabará convirtiéndose en una victima y sobre él caerán la befa y el castigo. ¡Oh, justicia, qué horrible desaliento nos invade el alma! Se atreverán a decir que él es el falsario, el que ha creado la cartatelegrama para culpar a Esterhazy. Pero ¡santo cielo! ¿Por qué? ¿Con qué objeto? Déme usted un motivo. ¿O es que el teniente coronel Picquart también está pagado por los judíos? Lo bueno del caso es que preci-samente era antisemita. ¡Sí! Asistimos a un in-fame espectáculo, hombres cubiertos de deudas y crímenes que ven proclamada su inocencia mientras se destruye el honor mismo, se des-truye a un hombre sin mácula. Cuando una so-ciedad llega a esos extremos, entra en descom-posición. Éste es, señor presidente, el caso Esterhazy: un culpable que convenía declarar inocente. Desde hace casi dos meses, podemos seguir hora a hora esa hermosa labor. Abrevio, porque aquí sólo se trata de resumir la historia cuyas páginas, unas páginas que queman las manos, se escribi-rán algún día en toda su extension. Vimos, pues, cómo el general De Pellieux, y después el co-mandante Ravary, dirigían una investigación perversa de la que los sinvergüenzas salían trans-figurados, y los honrados, mancillados. Luego se convocó el consejo de guerra. ¿Quién podía esperar que un consejo de gue-rra deshiciera lo que otro consejo de guerra ha-bía hecho? Ya no me refiero siquiera a la elección de los jueces. La idea superior de disciplina que llevan en la sangre esos soldados, ¿no basta para in-validar su capacidad de equidad? Quien dice disciplina dice obediencia. Después de que el ministro de la Guerra, el gran jefe, estableciera públicamente, entre aclamaciones de los repre-sentantes de la nación, la autoridad de lo ya juz-gado, ¿cómo queréis que un consejo de guerra lo desmienta rotundamente? Desde un punto de vista jerárquico, resulta imposible. El general Bi-llot sugestionó a los jueces con su declaración, y éstos juzgaron como si tuvieran que tirarse al fuego, sin razonar. La opinion preconcebida que alegaron desde sus sitiales fue, evidentemente, la siguiente: «Dreyfus fue condenado por delito de traición por un consejo de guerra, por lo tanto es culpable; y nosotros, un consejo de guerra, no podemos declararlo inocente; sabemos, pues, que reconocer la culpabilidad de Esterhazy sería proclamar la inocencia de Dreyfus». Nadie po-día quitarles esa idea de la cabeza. Pronunciaron una sentencia inicua, que pe-sará para siempre sobre nuestros consejos de guerra y que desde ahora volverá sospechosa cualquier decision que se tome. Si el primer con-sejo de guerra pudo pecar por falta de inteligen-cia, el segundo es, por fuerza, criminal. Su ex-cusa, lo repito, reside en que el jefe supremo había declarado que lo juzgado era inatacable, sacrosanto y superior a los hombres, de modo que unos subordinados no pudieran decir lo contrario. Nos hablan del honor del ejército, quieren que lo amemos, que lo respetemos. ¡Ah, el ejército que se alzaría a la primera amenaza, que defendería el suelo francés, ese ejército es todo el pueblo y por ese ejército, sí, no sentimos más que afecto y respeto! Pero no es ése el ejér-cito cuya dignidad deseamos en nuestro afán de justicia. Se trata del sable, el amo que quizá nos den mañana. Y besar con unción la empuñadura del sableDios, ¡eso no! Por otra parte, lo he demostrado: el caso Dreyfus era el caso de los servicios del Ministe-rio de la Guerra; un oficial del Estado Mayor, denunciado por sus compañeros de Estado Ma-yor, condenado bajo la presión de los jefes del Estado Mayor. Una vez más, no pueden decla-rarlo inocente sin culpar a todo el Estado Mayor. Por eso, los servicios del Ministerio, me-diante todos los recursos imaginables, campañas de prensa, comunicados, influencias, apoyaron a Esterhazy para perder por segunda vez a Dreyfus. ¡Qué limpieza debiera hacer el Gobierno republicano en esa jesuitera, como la llama el mismo general Billot! ¿Dónde está el gabinete auténticamente fuerte y de prudente patriotismo que se atreva a refundirlo y a renovarlo todo? ¡Conozco a tanta gente que, ante la posibilidad de una guerra, tiembla acongojada al saber en qué manos se halla la defensa nacional! ¡Y en qué nido de ruines intrigas, de comadreos y di-lapidaciones se ha convertido ese asilo sagrado donde se decide la suerte de la patria! ¡Da pá-nico enfrentarse a la terrible luz que acaba de provocar el caso Dreyfus, ese sacriñcio humano de un infeliz, de un «cochino judio»! ¡Ah!, cuánta agitación de necios y dementes, cuántas imaginaciones desbordadas, prácticas de policía barata, de inquisición y tiranía, el capricho de unos cuantos con galones que aplastan con sus botas a la nación, haciéndole tragar su grito de verdad y de justicia bajo el falaz y sacrílego pre-texto de la razón de Estado. También es un crimen haberse apoyado en la prensa inmunda, haberse dejado defender por toda la chusma de Paris, que triunfa, insolente, al venirse abajo el derecho y la simple honesti-dad. Es un crimen haber acusado de perturbar a Francia a quienes la desean generosa, a la cabeza de las naciones libres y justas, cuando precisamente en su interior se urde el impúdico com-plot para imponer el error ante el mundo entero. Es un crimen desorientar a la opinion pública, utilizar para una campaña mortal a esa opinion pública que han pervertido hasta lograr que de-lirara. Es un crimen envenenar a los pequeños y a los humildes, enardecer las pasiones reaccio-narias a intolerantes que se ocultan tras ese odio-so antisemitismo que provocará la muerte de la gran Francia liberal de los derechos del hombre, si antes no la curan. Es un crimen explotar el pa-triotismo para fomentar el odio y, en fin, es un crimen hacer del sable el Dios moderno cuando toda la ciencia humana trabaja para la obra ve-nidera de verdad y justicia. Esa verdad, esa justicia que con tanta pasión deseamos, ¡qué desaliento ver cómo las abofe-tean hasta desfigurarlas y alienarlas! Sospecho qué desmoronamiento estará produciéndose en el alma de Monsieur ScheurerKestner, y estoy seguro de que acabará por arrepentirse de no ha-ber adoptado una actitud revolucionaria el día de la interpelación ante el Senado y de no haber soltado cuanto llevaba dentro para acabar de una vez con todo. Ha sido un hombre grande y hon-rado, leal, ha creído que la verdad se bastaba a sí misma, sobre todo porque le parecía clara como el día. ¿De qué servia trastornarlo todo si pronto luciría el sol? Ahora sufre el castigo cruel de esa confiada serenidad. Lo mismo ocurre con el teniente coronel Picquart, quien, movido por un sentimiento de elevada dignidad, no quiso publicar las cartas del general Gonse. Esos escrú-pulos le honran tanto más cuanto que, mientras él seguía respetando la disciplina, sus superiores le cubrían de lodo a instruían el proceso perso-nalmente, de la manera más inesperada y más ultrajante. Dos víctimas, dos seres honestos, dos corazones simples, se encomendaron a Dios mientras actuaba el diablo. En el caso del te-niente coronel Picquart, llegamos a presenciar además un espectáculo innoble: un tribunal francés, tras dejar que el ponente declarara pú-blicamente en contra de un testigo y le acusara de todos los cargos posibles, mandó despejar la sala cuando el testigo fue introducido para que se explicase y se defendiese. Afirmo que éste es un crimen más y que ese crimen sublevará la conciencia universal. Decididamente, los tribu-nales militares poseen una idea muy singular de la justicia. Ésta es pues la verdad pura y simple, señor presidente. Es espantosa, y quedará siempre como una mancha de su presidencia. Sospe-cho que carece usted de poder alguno en este caso, que es usted esclavo de la Constitución y de aquellos que le rodean. No por eso deja usted de tener, en tanto que hombre, un deber que no podrá olvidar y que tendrá que cumplir. Eso no significa que yo, por mi parte, desconfie del triunfo. Lo repito con una certeza aún más ve-hemente: la verdad está en marcha y nada la de-tendrá. El caso no ha comenzado hasta hoy, pues sólo hoy las posiciones están claras: de un lado, los culpables que no quieren que se haga la luz; del otro, los justicieros que darán su vida por que se haga. Lo dije en otro lugar y lo repito aquí: cuando se oculta la verdad bajo tierra, ésta se concentra, adquiere tal fuerza explosiva que, el día en que estalla, salta todo con ella. Ya ve-remos si no acaba de fraguarse más adelante el más estrepitoso desastre. Pero la carta se alarga, señor presidente, y ya va siendo hora de concluir. Yo acuso al teniente coronel Du Paty du Clam de haber sido el diabólico artífice del error judicial, quiero creer que por inconsciencia, y de haber defendido posteriormente su nefasta obra, a lo largo de tres años, mediante las más desca-belladas y delictivas maquinaciones. Acuso al general Mercier de haberse he-cho cómplice, cuando menos por debilidad de carácter, de una de las mayores iniquidades del siglo. Acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas evidentes de la inocencia de Dreyfus y de haber echado tierra sobre el asunto, de ser culpable de ese delito de lesa hu-manidad y de lesa justicia con fines politicos y para salvar al Estado Mayor, que se vela com-prometido en el caso. Acuso al general De Boisdeffre y al general Gonse de ser cómplices del mismo delito, el uno sin duda por apasionamiento clerical, el otro quizá por ese corporativismo que convierte al Ministerio de la Guerra en un lugar sacrosanto, inatacable. Acuso al general De Pellieux y al coman-dante Ravary de haber realizado una investiga-ción perversa, esto es, una investigación mons-truosamente parcial que nos depara, con el informe del segundo, un imperecedero monu-mento de cándida audacia. Acuso a los tres expertos en escrituras, los ca-balleros Belhomme, Varinard y Couard, de ha-ber redactado informes mendaces y fraudulen-tos, a menos que una revision médica declare que estos señores padecen una enfermedad de la vista o mental. Acuso a los servicios del Ministerio de la Guerra de haber promovido en la prensa, parti-cularmente en L’Éclair y en L’Écho de Paris, una abominable campaña a fin de desorientar a la opinion pública y encubrir sus propios errores. Acuso, por ultimo, al primer consejo de gue-rra de haber violado el derecho al condenar a un acusado basándose en una prueba que permane-ció secreta, y acuso al segundo consejo de guerra de haber ocultado esa ilegalidad, por decreto, cometiendo a su vez el delito jurídico de absol-ver conscientemente a un culpable. Al lanzar estas acusaciones, no ignoro que me expongo a que se me apliquen los artículos 30 y 31 de la Ley de Prensa del 29 de julio de 1881, que castiga los delitos de difamación. Pero me arriesgo voluntariamente.

En cuanto a las personas a las que acuso, no las conozco, nunca las he visto, no siento hacia ellas ni rencor ni odio. Para mí sólo son entes, espíritus de perversion social. Y el acto que ahora ejecuto no es más que un medio revolucionario para acelerar la explosion de la verdad y de la justicia. Solo ahnelo una cosa, y es que se haga la luz en nombre de la humanidad que tanto ha sufrido y que tiene derecho a la felicidad. Mi ardiente protesta no es sino un grito que me surge del alma. ¡Que se atrevan, pues, a llevarme ante los tribunales y que la investigación tenga lugar a plena luz del día! Entretanto, espero.

L’Aurore 13 de enero de 1898

 

L

 

 

Acepte, señor presidente, mi más profundo respeto.

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