Comentario

¿Ha ganado Alemania la III Guerra Mundial?

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Gil Toll

Hace cien años que se inició el conflicto que desangraría a Europa durante 4 años. Una guerra causada por la rivalidad económica de las potencias de la época a la conquista de las materias primas del mundo colonial y la hegemonía en el propio continente europeo. Alemania había vivido su reunificación apenas 40 años antes y este proceso político generó grandes sinergias en el plano económico. El crecimiento agravó el hambre por materias primas y el nuevo gigante europeo reclamó su parte del pastel colonial. La población de habla germánica superaba la fronteras estrictas de Alemania con el Imperio Austro húngaro o la población germana de Suiza.

Juntos, en el centro de Europa, aparecían como una fuerza emergente destinada a dominar el destino del continente europeo.

La I Guerra Mundial fue un proceso de resolución de rivalidades por medio de la violencia militar que dejó un enorme rastro de dolor y muerte, con 16 millones de fallecidos en combate. Solo la implicación de los Estados Unidos decantó el conflicto en favor de los aliados. En el plano económico, los EUA ya jugaron un papel clave suministrando la financiación necesaria a británicos y franceses para su industria de guerra. Al fin del conflicto, la deuda de los aliados equivalía a dos o tres veces su producto interior bruto. El Tratado de Versalles fue el instrumento jurídico para fijar las condiciones de la paz en 1918, que se convirtieron en unas drásticas penas de reparación para la perdedora Alemania.

John Maynard Keynes era entonces un joven economista que había trabajado para el gobierno británico en la gestión de las divisas durante la guerra. impresionado por el Tratado de Versalles, escribió el libro Las consecuencias económicas de la paz, en el que advertía que las duras condiciones impuestas podían producir una debacle económica en el país germano que tuviera efectos negativos en el resto de países. “La política de reducir toda una generación de Alemanes a la servidumbre, de degradar la vida de millones de seres humanos y de privar a toda la nación de la felicidad debe ser considerada aberrante y detestable” (…) Si apuntamos deliberadamente al empobrecimiento de Europa Central, la venganza no tardará. Nada podrá frenar por mucho tiempo la guerra final entre las fuerzas de la Reacción y las desesperadas convulsiones de la Revolución, que empequeñecerán los horrores de la última guerra con Alemania”. Las advertencias de Keynes fueron desoídas y se impuso la inquina de los ganadores por cobrar sus reparaciones y la firmeza de los acreedores norteamericanos para cobrar sus préstamos a ingleses y franceses.

ImageAlemania derrocó la monarquía y se constituyó en una de las repúblicas más avanzadas en participación democrática de su población. El ministro de exteriores, Walter Rathenau, encarnaba la esperanza de una renegociación de las reparaciones que aliviara la presión sobre el país. Pero las esperanzas desaparecieron con el asesinato del ministro por un grupo derechista en 1922. El gobierno optó entonces por activar la máquina de imprimir billetes para pagar sus deudas con más facilidad. La oferta monetaria se desbocó y conllevó la inflación de los precios hasta unos límites desconocidos. Una hogaza de pan pasó de valer 50 céntimos en 1919 a 5.000 millones de marcos en 1923. La población sufrió de forma extrema esta situación, que se vería continuada con la creación de una nueva moneda, el Reten Mark, ligada al valor de la tierra y que provocó el efecto contrario, la deflación, acentuada por las políticas de austeridad del canciller Heinrich Brüning. Tanto dolor acumuló el pueblo alemán que se rindió a las propuestas políticas más demagógicas y así se abrió paso el partido Nacional Socialista de Adolf Hitler.

Las predicciones de Keynes se cumplieron y la II Guerra Mundial dejó un nuevo panorama de desolación en Europa. Alemania quedó devastada y partida en dos países tutelados por las dos superpotencias del mundo postguerra mundial. La recuperación de Alemania Occidental fue posible por el espíritu laborioso de sus habitantes y, sobre todo, por el apoyo económico que supuso el Plan Marshall, que aceitó la sofisticada maquinaria alemana con 1500 millónes de dólares entre 1948 y 1951. El planteamiento económico no podía ser más divergente respecto al final de la primera guerra, aunque se llegó a él tras un periodo inmediatamente posterior a la guerra en el que predominó una visión vengativa que quería reducir Alemania a un país pastoril con el desmantelamiento de su aparato industrial.

La visión proactiva de los norteamericanos bebía en fuentes geoestratégicas. Fueron los años del surgimiento de la doctrina de la contención de la influencia soviética en Europa, en especial por los avances de los partidos comunistas de Francia e Italia. Una Alemania recuperada y controlada por los Estados Unidos podía jugar un claro papel de contrapeso a estas tendencias.

La visión positiva impregnó también la iniciativa de formar una Comunidad Económica Europea, con Francia, Italia y Alemania como principales miembros en 1957. Los franceses lideraban políticamente la organización que crecía a medida que los países miembros desarrollaban sus economías en los felices años 60.

Llegó 1989, la caída del muro y la reunificación de las dos Alemanias. Tras el éxito económico de la RFA llegaba el reto de absorver al hermano pobre de 17 millones de habitantes. Juntos superaron los 80 millones y se rompió el equilibrio demográfico que había existido con Francia e Italia. La digestión económica de la RDA afectó a la velocidad de crecimiento del nuevo bloque alemán, pero a la postre superó el reto con ajustes a su estado del bienestar y admitiendo la cronificación de bolsas de pobreza en su parte Oriental.

La crisis de 2008 fue un reto para todos los países, pero en Europa puso de relieve las debilidades del entramado institucional que complicaba la toma de decisiones de un jugador global que dispone de la segunda moneda de reserva. En ese contexto se multiplicaron las voces pidiendo a Alemania la asunción de un liderazgo claro en la salida del atolladero en el que se encontraban los países del euro. Angela Merkel tomó el destino en sus manos y con su ministro de finanzas, Wolfgang Schauble, acabaron con décadas de timidez política. Dictaron las condiciones de la reestructuración a Grecia, Irlanda, Portugal, España, Italia y, ahora, Francia. Fue a finales de 2011 cuando ya Der Spiegel publicó su provocativo artículo: “Alemania ha ganado la III Guerra Mundial”.

 

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