Vuelta a Europa

III París al sesgo

Manuel Chaves Nogales

El accidente de Beziers nos ha desviado un poco de nuestra ruta y nos obliga a venir a París para desde aquí continuar hasta Ginebra y reanudar nuestro itinerario. Unas jornadas en París, donde tan limpiamente late el pulso del espíritu europeo, son indispensables. Mucho cuidado, sin embargo, con las sugestiones literarias de París. La vida espiritual de Francia y su entronque con la vida espiritual de Europa son cosa distinta de la falsa actualidad bulevardera sintetizada en la frase ingeniosa de un político, el éxito de una bailarina, la muerte de un banquero o el último crimen misterioso; pequeños hechos sin importancia sobre los que se echa demasiada literatura. En vez de hacer la inevitable crónica sobre las carreras de Longchamps vamos a fijar unas visiones de París cogidas a través. París al sesgo.

El señor que no comprende

Este señor que está sentado en un banco de la avenida de los Campos Elíseos leyendo atentamente “Le Journal” es la víctima tradicional de “l’sprit” francés. Y, sin embargo, es quien lo mantiene.

Es el burgués, el señor que no comprende.

Viste de una manera grotesca, lleva una cintita en el ojal, no se entera de nada y es muy posible que su mujer le engañe. Pero es igual. Este tipo es la clave de Francia; todo es posible por él.

Ya le pueden poner en la picota los literatos y ridiculizarle los caricaturistas y despreciarle los políticos y engañarle las mujeres. El es el único que sabe lo que quiere exactamente.

Francia, toda la Francia, se edifica y mantiene sobre ese tipo de francés medio tan grotesco, tan absurdo, tan ininteligente. La fuerza, la belleza, la gracia y la sabiduría de Francia son inmortales gracias a este buen señor. El burgués, el señor que no comprende.

Al lado del hombre

Esta tarde en una terraza de los bulevares se sentó a nuestro lado una muchachita. Exhibía honestamente –es decir, sin recato- los graciosos dones de la divinidad para con ella, y yo, pobre celtíbero privado habitualmente del espectáculo de la gracia de Dios, estuve a punto de levantarme y felicitarla por su generosidad para con la humanidad fea y doliente.

Otra chica fea, desgarbada, mal vestida, con unas gafas de concha y una capotita imposible, se me acercó poco a poco y con una seriedad no exenta de gracia me invitaba a comprarle un periódico: el boletín de l’Armée du Salut. En la primera plana de este boletín hay una reproducción de unos angelitos de Murillo, y debajo, en grandes titulares, una cita de San Pablo: “Que sólo aquello que sea puro sea el objeto de vuestros pensamientos”. Y a continuación, con letras gordas también: “Si vous ne devenez comme de petits enfants, vouz n’entrerez point dans le Royaume des Cieux… car el est pour ceux qui leur ressemblent.”

Feminismo

En París –no solo en París, pero en París principalmente- la mujer va siempre al lado del hombre. No creo que aquí haya habido problema feminista a la manera ininteligente que tuvieron de plantearlo las mujeres anglosajonas. Francia ha resuelto el problema feminista de esta manera tan humana, tan sencilla y netamente biológica que tiene el espíritu francés para plantearse y resolver los problemas.

Durante la guerra y después de la guerra la vida ha sido y sigue siendo dura. La mujer tiene que tomar parte en todos los trabajos. Es la necesidad, suprema ley. Y toma parte como ella puede, en la medida que le permite su imperativo biológico. Hace todo aquello que le permite su fisiología y se le remunera su cooperación a la obra social con las monedas en curso: bienestar material, consideración espiritual, derechos políticos, acceso a todas partes, libertad individual…

La mujer está hoy en todas partes. En un sitio gobierna, en el otro obedece, aquí goza, allí sufre, camarera o dueña de príncipes, cada cual según su temperamento. Vendedoras ambulantes, mecanógrafas, obreras, intelectuales, madres, esposas, amantes de toda la vida. Lo más grato de París es esta omnipresencia de la mujer.

La cuestión está en salvar el problema sexual; en no concederle más que la importancia que tiene en realidad. Superado esto, no habrá problema feminista. La mujer toma automáticamente la parte que le corresponde en el trabajo del mundo y automáticamente se redime de su esclavitud y aun de la prostitución. Por lo menos de esa prostitución negra y triste de los países sin civilizar. Yo comparo estas muchachas graciosas, gentiles, independientes, fieramente independientes, que desempeñan la función social de hacer el amor con aquellas otras mujercitas tristes, dramáticas de Andalucía, a las que los señoritos andaluces maltratan, y las encuentro absolutamente redimidas de toda cosa nefanda. Desempeñan las funciones para las que son más aptas, viven bien y un día cualquiera se convierten en adorables esposas y madres amantísimas. Para sus maridos no habrá problema. La paternidad –ya lo decía Goethe- es una cuestión de buena fe.

Lo único desagradable es que estas hormiguitas trabajan demasiado. –Con estas chicas que sonríen en las terrazas de los bulevares a los extranjeros- me dice un amigo comunista- cuenta Poincaré para saldar las deudas de la guerra.

Función social

Tengo la sospecha de que estas muchachas que se van lentamente por las calles acompañadas de sus amantes, por los que se dejan besar de una manera litúrgica, no son espontáneas. Yo creo que estas señoritas están subvencionadas por el Municipio de París. Son, indudablemente, a la manera de funcionarias de un posible negociado de “Encouragement de l’esprit française”.

Los ingleses en el Louvre

Por el qué dirán, a mi paso por París he estado en el Louvre. En los vastos salones del formidable museo he tropezado con grandes manadas de ingleses. Son muy pintorescos. Esta superstición del arte, sobre todo en los anglosajones, es divertidísima.

Vienen desde todos los puntos de Inglaterra hasta París para ver la Venus de Milo o la Victoria de Samotracia. Hacen el viaje exactamente igual a como viajan nuestros ganados desde Castilla a Extremadura. Traen ya desde Londres su pastor espiritual. Es un tipo medio cicerone, medio profesor que los arrea de una sala a otra, los emplaza frente a las grandes obras de arte que ellos, como civilizados, se creen en el caso de conocer y una vez en presencia del prodigio artístico les lanza una explicación de él, que a los ingleses les debe satisfacer sobre manera, pero que a un latino le produciría náuseas.

La interpretación oficial, la exégesis en circulación que de la obra de arte se sirve a los ingleses, tiene seguramente todas las garantías de autoridad y actualidad. Les dirán: “Esto es lo último que se sabe de estética”, como en los bazares dicen: “Esto es lo último que tenemos en calcetines”.

Pero a pesar de todas las garantías y todas las autoridades, uno, celtíbero, siente que esta del arte es una de las grandes supersticiones que todavía no ha podido destruir la civilización y que sería de desear que la docena de hombres que en el mundo puede tener un auténtico temperamento artístico le pegara fuego al Louvre sólo por que no vinieran los ingleses en manadas con sus manuales de estética y sus cicerones a disertar fríamente sobre algo que si no es por lo que tiene de inaprensible no es nada.

Sentada en un rincón, al lado de la Venus hay una muchachita de dieciocho años, fina como el humo de un cigarrillo, que espera seguramente a alguien. Los ingleses embobados con la Venus han pasado junto a ella y no la han visto. Tan no la han visto que uno de ellos la ha atropellado un poco al pasar.

Y esta muchachita, ella misma, no su efigie en piedra, es la gran obra de arte de nuestro tiempo. Nuestra Venus de Occidente.

8/8/1928

 

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