Vuelta a Europa

IV París al sesgo

Manuel Chaves Nogales

Esta mañana de domingo he caído en los alrededores de San Sulpicio. La gente viene a misa. Mucha gente. Toda esta humanidad un poco vencida y claudicante que en las grandes ciudades nutre las religiones. Caballeros honorables, viejecitas, adolescentes de mirada perdida, gente desbaratada que busca su camino de Damasco. Y negros, muchos negros. La obra de los misioneros –sobre todo de los misioneros españoles- ha sido grandiosa. El negro es católico, fundamentalmente católico. Uno se conmueve al verlos venir esta mañana de domingo a San Sulpicio aun sabiendo que por la tarde esta morenita cimbreante, vuelta a la selva en aras de la civilización, exhibirá su cintura desnuda con el sucinto adorno de unos plátanos en un “cabaret” cualquiera.

He entrado en San Sulpicio. La religión en París tiene un aire que no me gusta. En el atrio hay unos grandes cartelones de propaganda de las conferencias de la Semana Social; los temas de estas conferencias son perfectamente políticos. A la puerta de la iglesia unos militantes venden al público, en bien de la propaganda de sus ideales, los periódicos católicos, estos periodiquitos de escasa tirada tan combativos, tan bizarros, que en todas partes saben hacer los católicos: “La Vie Catholique”, “La Jeune Republique”…

Cuando hemos pasado bajo el dintel donde campea el lema de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, impuesto por el Gobierno a todas las iglesias, la impresión sigue siendo la misma. Demasiada modernidad, demasiada campaña social, excesivo “confort” harto sentido del momento.

Este esfuerzo del catolicismo francés por defenderse actualizándose me parece un error. La gran fuerza de las religiones viene de atrás; lo importante es conservarlas, mantener su liturgia, su sentido tradicional. Desde el punto de vista católico mejor servicio presta a la religión el cura de misa y olla que mantiene inalterable su dogma que este cura urbano que inicia una tímida evolución y al acomodarse a los tiempos pacta e insensiblemente desvirtúa su doctrina. En otro tiempo esto hubiera sido una herejía. Para “El Siglo Futuro” seguramente lo es.

El camarada Juan y su campañera

Este camarada se halla refugiado en París, donde su ideal revolucionario puede ser tolerado. Vive humildemente en su cuartito amueblado, chico como un pañuelo, en el quinto piso de una de esas casas renegridas de los barrios populares de París. Trabaja todo el día en un taller y por la tarde escribe terribles artículos revolucionarios.

Después de escribirlos sale con ellos a buscar entre las imprentas de París una donde quieran tirarle unos periodiquitos que él mismo edita. Además da conferencias y escribe dramas de carácter social, que representan los cuadros artísticos de las sociedades obreras de los barrios extremos.

Su compañera es también militante. Gana su pan trabajando en una oficina y además pertenece a la secretaría política de no sé qué grupo.

Esta tarde me han invitado a comer en su rinconcito. La pobreza de la mesa tiene un encanto limpio y gracioso. Es un detalle, una nimiedad, una imperceptible superfluidad lo que da una sensación de bienestar en esta mesa pobre, de gente al margen, que voluntariamente renuncia al bienestar burgués.

Esta nadería es lo que hace posible esta vida heroica del camarada Juan y su compañera. Es ese vaso con flores colocado hábilmente sobre la mesa, o ese vestido elegante de ella, o este cigarrillo turco de él, lo que permite la heroica persistencia de dos seres jóvenes y apetentes de todo en este régimen de austeridad del revolucionario militante.

El ideal revolucionario –del auténtico revolucionario contemporáneo, no del que aspira a derribar este o aquel Gobierno-, el ideal antiburgués no consiste en la destrucción del bienestar que han sabido crear los burgueses, sino en la limitación del apetito de cada uno por esos goces.

Yo no pienso ahora mismo en el camino que sigue para conseguir esto, pero me basta el espectáculo emocionante de esta gente diseminada por Europa que sabe poner un límite a sus apetencias sensuales frente al desenfreno a que se ha lanzado la burguesía europea después de la guerra, para que tenga una consideración espiritual por este ideal nuevo.

Esta señora a la que hay que ahorcar

Esta señora que tiene unos treinta y tantos años franceses –unos veinticinco años españoles- está casada; pero según ella misma dice, no es feliz en su matrimonio. Y hace desgraciado a su marido, suponiendo que él se considere desgraciado por tal cosa.  Esta señora es rica; posee unos buenos pedazos de la fértil tierra de Francia que le permiten gastar al año una renta de muchos miles de francos.

Se levanta temprano, se dedica amorosamente al cuidado de su cuerpo, come bien, como sólo se sabe comer en Francia, y se lanza a los bulevares a escoger entre los transeúntes su compañero en este anhelo de gozar de la vida que ella considera tan legítimo.

-Hasta ahora- me dice- soy feliz; más adelante, cuando pasen unos años y empiece a verme sola y triste, gastaré mi renta en alguien que me haga amar la vida todavía.

Cuando esta buena burguesa me hablaba así, yo intenté explicarle que la vida es algo más compleja, que hay muchas maneras de amarla, que la categoría de ser humano tiene otras exigencias. No me ha entendido.

Y yo estoy convencido de que hay que ahorcar a esta señora. No me preocupa demasiado esta necesidad porque sé que un día encontrará al bandido polaco que la asesinará a puñaladas en un cuartito de un hotel Meublé. Porque son los polacos los que cometen todos esos crímenes “pasionales” de París.

9/8/1928

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