Libros

El viaje del Intendente a través de la Historia

Justo Cuño

El tiempo, aparentemente, (sólo aparentemente) detenido construye y reconstruye las imágenes que evocan La Historia que sirven de portada a este “Palabras para el Intendente. Un libro-homenaje al historiador Juan Andreo García”. Bajo sus notas, Juan Andreo aborda su último tren, dispuesto a comandar la pesada locomotora 50 de la estrada de ferro Madeira – Mamoré de Porto Velho, Rondonia, Brasil, construida entre 1907 y 1912 en la asfixiante y casi desahuciada Amazonía brasileña. La poderosa locomotora que otrora arrastró sus vagones repletos de la borracha, del caucho, de ese oro blanco que inició, con su recolección y comercio, el despojo de la Amazonía a principios del siglo XX, permanece callada ahora. En 1913 empero, rugía voraz de carbón transportando hacia el exterior de la selva el precioso oro blanco y subyugando al interior de la jungla a 30.000 trabajadoras y trabajadores muertos que según Fiorelo Picoli aherrojó el pulcro y heroico empresario estadounidense Percival Farquhar, afamado por haber puesto el capital necesario para concluir tan formidable tarea, la de construir la que fue justamente llamada “A Ferrovia do Diabo”.

Juan Andreo fue esto, La Historia que explica la imagen, pero en el sentido de intentar comprender no la historia de Farquhar sino la de esas y esos 30.000 que quedaron sin Historia (Historia para el pobre, Historia necesaria).

Quizá, el más importante traslado del sentido que ha de adquirir la Historia para los seres humanos, venga dado por lo que Andreo nos explicó y que resume la imagen de la locomotora 50: la Historia no cuenta, comprende. Y por ello, Andreo recorrió el continente buscando comprender, entender para explicar en Murcia, en Castellón, en Sevilla y en América, la Historia de nuestra querida Latinoamérica.

135-Palabras_para_intendente

En este sentido, el libro resulta una doble reivindicación que es doblemente universal: la de nuestro Juan Andreo y la de nuestra Latinoamérica. Y se reivindica América Latina porque se reivindica la esencia de lo que somos (latinoamericanos y españoles) que se construyó en lo que fuimos y que se seguirá cimentando en lo que seremos. Transitan sin embargo los españoles como extraños ante lo latinoamericano, o como extrañamente resentidos de lo que la historia oficial contó que habían sido. Y esa imagen grandiosamente erigida por esa historia oficial a partir de lo vano y del oropel huero, se interpone constantemente entre su esencia y su tergiversada realidad. Y se mira de soslayo y con desprecio a lo latinoamericano porque España es un país de ultrajes insubstanciales, donde un mal pretendido honor primó sobre una poco amueblada razón y donde la manipulada idea de una grandeza que no se tuvo, culpó a lo americano por querer soltar lastre en 1810 y en 1898.

Y por eso Andreo amó tanto Latinoamérica, por ese sino benditamente maldito de los historiadores (de algunos historiadores) de encontrar los porqués en sus fuentes. Y como los cantos de ida y vuelta, atravesó el charco en incontables ocasiones desde su Alhama de Murcia natal intentando comprender por qué su huerta murciana no sería tal sin las patatas, judías, pimientos, tomates, girasol, fresones o aguacates americanos y por qué igual que llegaron desde el siglo XVI tantos y tan preciados productos comestibles, en el siglo XX tuvieron que salir como emigrados a América tantas mujeres y hombres murcianos pobres y por qué a finales de ese mismo siglo, llegaron a su huerta tantas y tantos latinoamericanos trabajadoras y trabajadores en busca de un mejor futuro en su tierra hermana.

Ahora Andreo no sube a, es la locomotora 50. Y tirará de una nueva generación de historiadores que consideren que la Historia es necesaria, científica, urgente, comprensiva pero comprometida en desterrar todos aquellos prejuicios construidos desde una historia oficial que pretendió que modificaría nuestra esencia para siempre.

Pero no contó ni con Juan Andreo, ni con los quince historiadores que escribimos este libro que reivindica tanto su figura como su obra. La historia oficial ya tiene otro canto de vuelta.

 

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