Vuelta a Europa

Ocho mil kilómetros sobre el territorio ruso y un accidente en el Cáucaso

Manuel Chaves Nogales

El territorio ruso está cruzado hoy de parte a parte por las líneas de aviación comercial. Había que asegurar un medio de transporte rápido, aunque sea limitado, a través de la inmensa Rusia, y el gobierno de los soviets, haciendo un considerable esfuerzo, ha logrado constituir varias empresas netamente rusas o rusoalemanas, que prestan un servicio regular diario entre todas las ciudades importantes de la Unión.

Las enormes distancias de Rusia hacían este servicio indispensable. Para trasladarse de Moscú a Bakú, por ejemplo, se invierten cuatro días y pico en ferrocarril; en avión, Moscú está del extremo meridional de Rusia a unas treinta y seis horas.

Camino de Bakú salimos esta mañana en uno de los aviones de Ukrowosdujputj, cuando aún no raya el día. Tenemos por delante veintitantas horas de avión. Hacemos el viaje en compañía de un curioso tipo, que sería desconcertante en Europa: el camarada Rojklin, comunista militante. El va a ser el héroe de nuestra excursión.

Volar sobre territorio ruso, hay que repetirlo, es sencillamente como seguir una ruta con el dedo sobre el mapa. Durante miles de kilómetros no hay el más mínimo cambio en la decoración. La tierra rusa es una vasta planicie perfectamente diferenciada de las zonas montañosas, y en ella no se dan esos accidentes constantes de España, donde el llano, la meseta y la montaña alternan cada cien kilómetros. Volando sobre Rusia puede verse, en una gran extensión de cientos de kilómetros, la línea circular del horizonte cerrando los campos de siembra inacabables, en los que la corteza terrestre se parece a la corteza de grandes panes redondos, incluso con las grietecillas abiertas por la cochura.

Y así toda Ukrania. Jarkov, la capital, en medio de la inmensidad de estos campos sembrados de trigo no es, como podría pensarse, exponente de la vasta riqueza de esta vasta República. Contemplando la ciudad de Jarkov desde el avión se advierte en seguida que el campo es mucho más fuerte que la ciudad en Ukrania. La ciudad no pasa de ser un centro burocrático; lo indispensable. La verdadera fuerza de Ukrania no ha emigrado todavía del campo a la ciudad, como en la provincia de Moscú, por ejemplo, donde los campesinos llegan en oleadas a los arrabales de la ciudad, abandonando cada vez más la vida aldeana. El amo aquí en Ukrania no es el ciudadano, sino el campesino. Las isbas infinitas, diseminadas por el inmenso territorio se imponen a las ciudades.

Unos cientos de kilómetros más abajo, Rostov muestra ya cierto poderío urbano. Es la cuenca del Don, la proximidad del mar Negro, lo que da a la ciudad una vida propia libre de la tiranía de los campesinos. Rostov es la ciudad con vida propia, con una fuerte industria, cruce de importantes caminos. Más comunista, pues, que Jarkov.

En el aeródromo de Rostov tenemos el último contacto con lo que pudiéramos llamar la soberanía de Occidente. Vamos a entrar en la región del Cáucaso, donde ya el europeísmo va cediendo a la influencia, cada vez más fuerte, del Sur y el Oriente.

Horas y horas de aspas del pequeño Farman que ahora nos conducen van quebrantando el silencio de los campos. Volamos casi a ras de tierras sobre los sembrados. Los campesinos levantan un momento la cabeza, doblada sobre los surcos, y nos saludan jubilosos. Estos aviones que diariamente cruzan sobre las remotas aldeas son uno de los instrumentos de propaganda política más eficaces del gobierno ruso. Hay que imaginarse el desconcierto del campesino, que para llegar a la estación más próxima del ferrocarril había de hacer a veces cientos de verstas sobre su troica, al ver cruzar sobre su cabeza el pájaro metálico que salió de Moscú aquella misma mañana.

Ya vencido el día cruzamos sobre Armavir, el punto de encuentro de todas las líneas férreas del sur de Rusia, y seguimos siempre a ras de suelo hacia Vladicaucas. El sol está ya muy bajo, y el piloto fuerza cada vez más la velocidad del avión. Marchamos ahora a más de doscientos kilómetros por hora.

En el horizonte empiezan a adivinarse las sombras de la cordillera caucásica, y poco después se recortan ya netamente en el fondo rojo del cielo las moles de los gigantes del Cáucaso, Elbrús, Kastán, Kasbec…

Súbitamente el avión da una sacudida que nos lanza fuera de nuestros asientos. Gruñe un poco el motor y apenas tenemos tiempo de advertir que la tierra se levanta mágicamente, y después de tropezar con ella bruscamente el avión da unos aletazos y se queda gruñendo y bufando sobre un campo de girasoles.

El piloto nos explica. Ha habido seguramente una pérdida de aceite y el motor se ha quemado. No se puede continuar.

Bueno ¿y dónde estamos?

A la derecha de nuestra ruta se levanta la imponente barrera del Cáucaso. La gigantesca mole de Elbrús con sus cinco mil seiscientos metros de altura está delante de nosotros. La luz roja del sol poniente tiñe la nieve perpetua de su cima y le hace parecerse a un sorbete de fresa dispuesto para la Divinidad.

Llega corriendo un campesino que habla en una lengua absolutamente incomprensible, no ya para mí, sino para los rusos. Poco a poco van llegando más campesinos y logramos informarnos. Estamos cerca de la aldea de Syorovska, a 25 kilómetros de Mineralivodks, la primera estación de ferrocarril. Menos mal. Veinticinco kilómetros es una distancia que de alguna manera se podrá salvar.

13/9/1928

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