Investigación

Testimonio de un espía en el Madrid republicano (II)

Dr. Antonio César Moreno Cantano

Este cruce de propósitos tuvo lugar en mayo de 1938. Un mes antes se celebró la vista oral de su juicio. El Gobierno, reunido en Consejo de Ministros, había dado el conforme a la sentencia de muerte de los trece inculpados de la organización «Golfín-Corujo» por el delito de espionaje. Los condenados a la pena capital eran: Javier Fernández Golfín, Ignacio Corujo, Luis García de París, Juan Francisco Jiménez, Manuel Rosado, Juan Manuel de la Aldea, Gregorio Fernández, Diego Martínez, Tomás Vidaure, Máximo Prieto, Carlos Alfaro y Julio Benavides[1]. En cuanto conoció la sentencia habló con Gregorio Fernández y decidieron ejecutar esa misma noche su plan de salida, que pasaba por dejar inoperativas las bombas de agua de la prisión para poder ir con un pretexto lógico al patio interior desde el que tenía que iniciarse su evasión[2].

          Tal y como estaba programado, la noche del 5 de mayo, Gregorio Fernández y Juan Manuel de la Aldea emprendieron su escapada del centro penitenciario. Siguieron la ruta trazada sin ningún contratiempo, pese a alguna herida superficial producida al tener que saltar una altura de más de siete de metros desde el tejado hasta el suelo, ya que como ellos esperaban las ramas del árbol que estaba pegado al muro no llegaban hasta allí. Desde la Diagonal de Barcelona y por aceras opuestas para no llamar la atención (no olvidemos que llevaban monos azules a rayas), caminaron hasta la travesera Mayor de Gracia. En este punto se dirigieron al que iba a ser su primer refugio, un chalet en la calle Nuestra Señora del Coll (a casi 4 kilómetros desde la cárcel) perteneciente al doctor Gaztañondo[3].

De la Aldea adoptó desde ese instante el nombre de Arturo Sánchez Cano con el objetivo de complicar las pesquisas que pudiesen llevar a su captura. Como les informó su huésped, tras su fuga las autoridades catalanas emprendieron una intensa búsqueda por toda Barcelona y detuvieron a cientos de personas. Gracias a la novia de Gregorio, Arístides Peña tuvo conocimiento del éxito de su plan. El día 27 de mayo, Juan Manuel, cansado de tanta espera, decidió abandonar en solitario este lugar y desplazarse hasta el despacho del abogado catalán. Después de establecer contacto con él y ocultarse temporalmente en sus oficinas tuvo noticias de que su compañero, Manuel Rosado, también se había fugado[4]. Su siguiente destino fue el domicilio particular de Arístides, que había iniciado gestiones con diferentes embajadas para salvar «a un perseguido político llamado Arturo Cano que se encontraba en inminente peligro de muerte», pero no llegaron a buen puerto[5].

El 11 de junio, por sorpresa, Arístides Peña fue detenido por el SIM (bajo la acusación de desafecto al gobierno republicano) y De la Aldea tuvo que refugiarse en un piso propiedad de Gómez Piñán sito en el n.º 341 de la Diagonal. Sería la última vez que ambos personajes se verían las caras hasta el final de la guerra. Cuarenta y ocho horas más tarde recibió instrucciones para encaminarse a la Legación de Panamá, donde también se instaló Manuel Rosado[6]. El cuerpo diplomático panameño había comenzado a gestionar el traslado de sus refugiados políticos desde Madrid a Barcelona a principios de 1938. Cuando nuestro protagonista llegó a la sede de Panamá, esta protegía a más de cuatrocientas personas[7].

El 24 de junio se ejecutó en los fosos del Castillo de Montjuich a los compañeros de los tres evadidos. Su nombre, así como el de Gregorio Fernández y el de Manuel Rosado Gonzalo, aparecía en la prensa catalana dentro de la lista de fallecidos[8]. Poco después de esta trágica noticia fue avisado de forma urgente de que la policía republicana iba a realizar un registro en la Legación y Consulado de Panamá. Huyó a las montañas cercanas a Sant Cugat del Vallés, donde se incorporó a un grupo de desertores y prófugos como él, permaneciendo con ellos hasta noviembre de 1938[9]. En esa fecha regresó nuevamente a Barcelona. Para pasar desapercibido cambió de aspecto y se tiñó el pelo de rubio y, más adelante, se lo rapó al cero. Gracias a unos conocidos fue escondido en la casa de la anciana Joaquina Calvet, hasta que lo detuvieron –sin sospechar en ningún momento quién se ocultaba tras el nombre de Arturo Sánchez Cano- el 7 de enero de 1939 por no haberse presentado a filas: «Se trataba de una redada impersonal llevada a cabo por fuerzas regulares del servicio de Policía Militar del Ejército de la República, dándome la impresión de que cualquier peligro de toda posible identificación era muy remoto»[10]. Bajo su falsa identidad ingresó en las «Prisiones Militares de Carlos Marx», cerca del puerto de la ciudad condal. Desde esta cárcel lo condujeron a la de Terrassa el 22 de enero, en la que junto con otros doscientos presos consiguió escapar fácilmente tras aflojar las bisagras de las puertas principales. Durante esta nueva huída se cruzó con numerosos soldados republicanos que se replegaban en dirección a la frontera francesa. Con el transcurrir de los días se vio envuelto en un fuego cruzado entre los dos ejércitos, hasta que finalmente se topó con el 6º Tabor de Regulares de Tetuán, que se disponían a cruzar el río Llobregat a la altura del pueblo de Castellbisbal, en la comarca del Vallés occidental. Se incorporó a una compañía de requetés y relató al coronel Miguel Rodrigo Martínez toda su odisea, expresando su deseo de que hiciesen llegar a sus familiares y al ministro Raimundo Fernández Cuesta su paradero. Como compensación por tanto sufrimiento se le permitió entrar triunfante en Barcelona portando una bandera junto al VI Tabor de Tetuán. Antes había sido requerido por el coronel Carlos Asensio, al que proporcionó algunos informes de carácter militar[11].

Debido a su precario estado de salud[12] tuvo que retirarse a la casa de unos familiares en Pamplona, incorporándose de nuevo en febrero de 1939 al 27 regimiento de Infantería de Árgel –Batallón 114-, donde permaneció hasta su licenciamiento el 2 de julio[13]. Sus avatares durante la guerra le valieron la entrega de la Palma Roja (distintivo enaltecedor por haber sido condenado a muerte con la siguiente comunicación de la sentencia) y la Medalla de Sufrimientos por la Patria[14].

Imagen 6

Juan Manuel de la Aldea con el uniforme de gala de Falange posando con los diferentes distintivos y medallas recibidos durante la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial. Fuente: Archivo Municipal de Zaragoza.

 

[1] La Vanguardia, «Veintidós penas de muerte en Barcelona», 14 de mayo de 1938.

[2] Juan Manuel DE LA ALDEA RUIFERNÁNDEZ, Mi testimonio…, pp. 71-72.

[3] Ibidem, pp. 75-78.

[4] Ibidem, pp. 80-83.

[5] Ibidem, p. 85.

[6] Ibidem, pp. 86-87.

[7] Antonio Manuel MORAL RONCAL, Diplomacia, humanitarismo y espionaje…, pp. 301-303.

[8] La Vanguardia, «Confirmación de penas de muerte», 25 de junio de 1938.

[9] Juan Manuel DE LA ALDEA RUIFERNÁNDEZ, Mi testimonio…, pp. 90-93.

[10] Ibidem, p. 104.

[11] Ibidem, pp. 111-113. Este relato se verifica casi al completo con la documentación procedente del Archivo General Militar de Segovia y de Ávila, así como en la Sección de Presidencia del Archivo General de la Administración.

[12] «Yo me encontraba al límite de mis fuerzas. Las pocas comidas en mi haber, no habían restablecido aún el equilibrio de la dieta de hambre padecida en casa de aquella buena viejecita que padecí como patrona durante tres meses. Mis escasos cincuenta kilos y mi agotamiento psíquico, no daban más de sí…». Juan Manuel DE LA ALDEA RUIFERNÁNDEZ, Mi testimonio…, pp. 113-114.

[13] AGA, Presidencia, Signatura 52-03665-93397. «Expediente personal del excombatiente Juan Manuel de la Aldea», 1944.

[14] Idem.

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