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Los excombatientes franquistas, un pilar de la dictadura

Ángel Alcalde*

Todavía en el recuerdo de muchos españoles permanece la imagen icónica del veterano de guerra franquista, a veces identificado con la figura de un padre, o de un abuelo que hizo la guerra con el ejército rebelde, y que pocas veces habló del traumático luchar en las trincheras y del sobrevivir a una posguerra. También persisten los recuerdos de aquellos ex alféreces provisionales, y de hombres que se colocaban distintivos y medallas, incluso alguna Cruz de Hierro alemana, sobre sus camisas azules, durante ceremonias de sabor fascista y concentraciones que aclamaban al dictador, y en visitas rituales a su tumba, cada 20 de noviembre. Estas imágenes y esta memoria esconden una auténtica historia, que los historiadores han tardado en empezar a conocer, mientras sus protagonistas desaparecen para siempre de nuestro entorno cotidiano.

Los excombatientes franquistas, aquel millón aproximado de hombres que fueron movilizados en el ejército de Franco durante la guerra civil española, fue un grupo social que algunos políticos fascistas españoles se propusieron convertir en defensores acérrimos de la dictadura que habían ayudado a imponer con las armas en la mano. Y no obtendrían poco éxito en el empeño. La experiencia de la guerra civil española, una vivencia violenta que transformó y forjó las identidades, lealtades y valores de muchos que combatieron, fue, en sí misma, el primer paso para la transformación de los miembros del ejército de Franco en individuos franquistas en el sentido ideológico y político del término. Así, en el contexto del turbulento periodo de entreguerras europeo, excombatientes de una guerra total, como había sido la Gran Guerra y como fue la Guerra Civil Española, se iban a convertir, una vez más, en adalides de una dictadura, como aparentemente había sucedido en la Italia fascista y en la Alemania nazi, donde dos soldados de las trincheras, Hitler y Mussolini, devinieron líderes de sendos movimientos violentos y antirrevolucionarios que tras alcanzar el poder avanzaron hacia el totalitarismo.

A la altura de 1939, en una España en que la República había sido destruida, el modelo a seguir era el fascismo. Fue por ello que el partido fascista español, el único oficial permitido en la dictadura franquista, Falange Española Tradicionalista y de las JONS, se arrogó la función de encuadrar a los excombatientes de Franco. La tarea se puso en manos de José Antonio Girón, un joven falangista vallisoletano que había llegado a capitán provisional y había pasado el fin de la guerra en un viaje a la Italia de Mussolini. Paralelamente a la desmovilización de las quintas, durante la segunda mitad de 1939, Girón organizó la llamada Delegación Nacional de Excombatientes, una estructura totalitaria para el control de las masas de veteranos, a los que se asignaba la pretenciosa función de hacer la revolución nacional-sindicalista, y se intentaba dar empleo y ayudas materiales con que afrontar la penuria posbélica. A la vez, miles de exoficiales de posición social privilegiada obtenían cómodos puestos de poder en el “nuevo Estado”. Y por todas partes, el tronar de canciones de victoria, las ceremonias por los “caídos”, la proliferación de discursos de “Cruzada” y la insistencia en el sacrificio y la obediencia al Caudillo compusieron una cultura de guerra que fue el pan de cada día para los excombatientes de Franco. Muchos de ellos no tuvieron otra cosa que comer.

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Cuando la Segunda Guerra Mundial terminó con la destrucción del fascismo en Europa, el régimen de Franco tuvo que esconder sus credenciales fascistas; con ellas los excombatientes pasaron a un tercer plano, mientras rezos, rosarios, vírgenes y ceremonias católicas marcaron la cotidianidad del momento. El comienzo de la guerra fría permitiría, en un breve lapso temporal, restaurar la presencia falangista en el régimen, y con ella se produjo la vuelta, eso sí, controlada y sumamente censurada, de los excombatientes al espacio público. Aquel congreso nacional de excombatientes en Segovia, en el frío Octubre de 1952, con una ceremonia de estilo fascista y rasgos católicos de exaltación del “Caudillo” que se celebró en el “Alto de los Leones”, significó la rehabilitación de los proyectos de Falange. Poco después, un militar que había comandado unidades en la División Azul, Tomás García Rebull, tomó las riendas de la Delegación Nacional de Excombatientes. Bajo su férula, se insistió en convertir a los excombatientes en miembros de FET-JONS, y se reactivó el sistema de gestión de beneficios sociales para obtener y consolidar la lealtad y connivencia de los veteranos de guerra. En aquella década de 1950, marcada por la fiebre anticomunista, las Hermandades de Excombatientes de la División Azul empezaron a formarse, bajo el paraguas de su ferviente catolicismo, ofreciendo un nuevo modelo de encuadramiento a los excombatientes franquistas.

Los tiempos cambiaban, y a finales de los años 50 el falangismo agotó sus impulsos políticos. En el régimen y la sociedad española se imponía una cierta apertura; acabar definitivamente con el aislamiento y la autarquía. En los años 60, la vieja Delegación Nacional de Excombatientes transformó su estructura y cambió su nombre. Los excombatientes del Movimiento fueron organizados en asociaciones, mientras una élite de antiguos oficiales, los ex alféreces provisionales, creaba un poderoso instrumento político, la Hermandad Nacional de Alféreces Provisionales, más cercana al Ejército que a la Falange. Pero desde todas estas entidades, un gran número de excombatientes franquistas continuó siendo un grupo de apoyo social a la dictadura, con gran relevancia simbólica. A mediados de los años 60, la adopción de nuevos discursos políticos por parte del régimen, como aquella farsa de los “25 años de paz”, y el inevitable cambio generacional, hicieron entrar en crisis al movimiento excombatiente franquista. No por eso cejó en su empeño de mantener las esencias del “18 de julio” en España. Incluso durante los compases finales del régimen de Franco, y durante la transición, los excombatientes franquistas actuaron en el espacio público como un obstáculo, una pesada carga, que no obstante no evitó que por fin regresara la democracia a España.

Desde su comienzo hasta su final, pues, los excombatientes franquistas fueron un importante colectivo para la construcción, consolidación y pervivencia del régimen de Franco; un grupo que además, por su fuerte presencia política y simbólica en la dictadura, y por su cultura de guerra, nos permite observar las estrechas relaciones entre franquismo y fascismo.

 

 

*Ángel Alcalde | Instituto Universitario Europeo es autor del libro Los excombatientes franquistas (1936-1965), Prensas Universitarias de Zaragoza, 2014.

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