Comentario

La gente del Heraldo de Madrid, acogida en el diario Crítica de Buenos Aires

Gil Toll

Manuel Fontdevila, director del Heraldo de Madrid durante casi una década, estaba exiliado en París en 1937 y desde allí  escribió para el diario Crítica de Buenos Aires. Un viejo conocido del Heraldo, pues su editor, Natalio Botana, recibió apoyo del Heraldo en 1931 había cuando estuvo exiliado en Madrid huyendo de la dictadura de José Félix Uriburu. Fontdevila escribía sus crónicas en el café des Batingoles, siempre a última hora, apurando el tiempo para llegar al avión que partía rumbo a la Argentina desde el aeropuerto de Le Bourget, según recordaba Sebastià Gasch.

Al término de la guerra civil española la situación en Europa llegaba a su punto de ebullición con el inicio de la II Guerra Mundial. Fontdevila optó por dejar el viejo continente y encontró muy natural dirigirse a la Argentina donde contaba con la protección de Botana.

Navegó en el Massilia, el mismo vapor que había transportado al editor argentino ocho años antes, junto a otros muchos exiliados republicanos españoles que tenían por destino Chile y la Argentina. Al llegar a Buenos Aires, Natalio Botana, acudió al puerto y ofreció trabajo a los periodistas y una suma de dinero a cada pasajero que optara por quedarse en la Argentina. Los redactores del Heraldo Rafael Solís, Juan G Olmedilla y Carlos Sampelayo acompañaron a Fontdevila en la redacción de Crítica.

Natalio Botana era un empresario de origen uruguayo que lanzó el diario Crítica en 1913. El periódico era uno de los más populares en Buenos Aires, aunque entonces se encontraba lejos del millón de ejemplares que llegó a tirar en la década anterior.

Botana murió dos años más tarde y surgió un conflicto sobre la propiedad en el que Fontdevila apostó por el lado que resultaría perdedor.

Las mismas calles de Buenos Aires pisaba en aquellos momentos Alfredo Cabanillas, el sucesor de Fontdevila en la dirección de Heraldo de Madrid que había sido destituído por la Redacción del periódico. Cabanillas había decidido aceptar la ayuda de su hermana, residente en la capital argentina, tras recibir largas del general José Ungría, que se hallaba junto a Franco.

Se le recomendó que escribiera en los periódicos argentinos narrando una visión franquista de la guerra civil, y así lo hizo. Colaboró en el diario La Nación, donde escribió una serie titulada “Episodios de la guerra española” y dedicó intensas jornadas a la redacción de su libro “Hacia la España eterna”. No hay constancia de referencias o encuentros entre Cabanillas y Fontdevila, pero sin duda se siguieron mutuamente durante aquellos años.

El empuje de Fontdevila dio un último resultado con la puesta en marcha de un nuevo periódico, El Sol, financiado por elementos del Partido Radical, en la oposición al gobierno de Perón. Según Carlos Sampelayo, que también escribió en sus páginas, El Sol era un diario de estilo español, con preciosismos de impresión y montaje fuera de la onda de la prensa argentina del momento.

El periódico fracasó y Fontdevila pasó penalidades para sobrevivir hasta que consiguió un puesto de bibliotecario en el ministerio de Sanidad que le permitió subsistir con dignidad. Frecuentó las tertulias y los cafés, escribió en la revista de los exiliados catalanes. Veía casi a diario a su amigo Paco Madrid y vivió sus últimos años con la también periodista española María Rita García.

Alfredo Cabanillas profundizó sus relaciones con los círculos franquistas de Buenos Aires y llegó a formar parte de los Legionarios civiles de Franco, una asociación política con una dimensión benéfica en la atención de niños y jóvenes con problemas. La culminación de esta carrera llegó con la dirección de El Diario Español, portavoz de la comunidad más apegada a la oficialidad española de la postguerra. En 1945 fundó el semanario Cartel, colaboró en emisiones radiofónicas y hasta asesoró durante un tiempo al presidente Perón. Sin embargo, Cabanillas deseaba volver a España y mantenía correspondencia con el general José Ungría, que ejercía como jefe del SIM, el servicio de inteligencia militar de Franco. La carta con el visto bueno para el retorno definitivo no llegó hasta 1964. Establecido en Córdoba, colaboró en las páginas de ABC hasta su muerte en 1979.

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