Vuelta a Europa

El régimen soviético en Rusia

Manuel Chaves Nogales

Deliberadamente me he limitado en mis crónicas de viaje por el territorio ruso a exponer, desnudos de artificio, los pequeños hechos de la vida cotidiana que caían bajo mi zona de observación y he guardado cuidadosamente, hasta aquí, tanto la documentación oficial que a manos llenas se me ha ofrecido en Rusia como cualquier deseo de interpretación personal que pudiera haberme asaltado.

Pero, ya de regreso, me espanta un poco la interpretación que haya podido darse del hecho aislado que hondamente consignaba yo. Por ejemplo:

El hecho, exactísimo, de que el kilo de pan cuesta la mitad o la tercera parte de los que cuesta en cualquier otro país europeo hace soñar a la gente necesitada con un verdadero paraíso rojo. Por otra parte, me dicen que un periódico conservador deducía de mis descripciones de la vida comunista no sé qué enseñanzas contrarrevolucionarias.

Esta diversidad de pareceres, que hasta cierto punto debía halagarme porque proclama mi imparcialidad informativa, me dice, sin embargo, que es imprescindible, dado el desconocimiento que se tiene en España de la situación actual en la Rusia soviética, ensartar estos hechos aislados en una exposición algo más ordenada que el relato de un viaje para que sirva de pauta a su acertada interpretación.

Y como estos errores de interpretación parten, a mi juicio, de que unos creen que el régimen soviético está a punto de extenderse por todo el universo como forma redentora de la humanidad, y otros, en cambio, consideran que la revolución comunista no es más que una utopía, la obra infecunda de unos cuantos delirantes que se han aprovechado del estado de descomposición de un pueblo inculto para instaurar un régimen monstruoso, creo lo esencial reflejar exactamente la situación en que Rusia se encuentra hoy ante el mundo.

No creo que exista ya en toda Europa un solo político capaz de creer honradamente esas patrañas contrarrevolucionarias que las agencias periodísticas subvencionadas por los estados burgueses lanzan cada día anunciando la inminente caída del gobierno de Moscú.

Pero la consolidación del régimen soviético se ha hecho a costa del sacrificio de las teorías comunistas. La dictadura del proletariado ha tenido que dar un paso atrás y quedarse en una suerte de capitalismo de estado muy semejante al que se esboza en Alemania, por ejemplo, con el cual los gobiernos burgueses pueden transigir y pactar tranquilamente. La revolución mundial no es ya más que una aspiración romántica de los idealistas del partido. Esta es la victoria de Stalin sobre Trotski.

Un formidable nacionalismo fomentado hábilmente desde el gobierno de Moscú en todas las repúblicas de la Unión es hoy el verdadero sostén del régimen, que no ha querido quedarse a merced de una problemática revolución mundial.

Aparte la renuncia en teoría de la “revolución permanente” que postulaban Trotski y sus amigos, el gobierno de Moscú ha ido evolucionando por etapas sucesivas y en la actualidad se ha restablecido la libertad de comercio interior, en los campos se ha concedido a la burguesía el derecho a arrendar sus tierras y a contratar el trabajo de los obreros, se ha reconocido de nuevo el derecho a la herencia, se ha abierto nuevamente a los hijos de los burgueses el acceso a la enseñanza superior, se ha devuelto a los campesinos el ejercicio de sus derechos electorales y en las fábricas se ha limitado la intervención de las células obreras a la función de controlar el cumplimiento de las leyes del trabajo. Todo esto tiende eficazmente a la consolidación del régimen.

Frente a esta política de concesiones a los gobiernos burgueses y a la burguesía del interior se ha levantado la oposición acaudillada por Trotski que acusa a Stalin de “Thermidoriano”. “!Están liquidando la revolución!”, gritan.

En realidad, las conquistas revolucionarias van sucumbiendo ante la necesidad de defender el régimen. El empujón de la burguesía interior y exterior van más allá de todas la concesiones, y el mismo Stalin, que derribó a Trotski porque este quería volver al comunismo de guerra para defender la revolución, se ve ahora obligado a tomar el programa de su adversario y pronto tendrá que poner en práctica aquellas medidas excepcionales que aconsejaba el compañero de Lenin si no quiere ser arrollado por la nueva burguesía que se lanza al asalto del último bastión comunista: el monopolio del comercio exterior. Rikov y el jefe del estado, Kalinin, parece que están dispuestos a hacer también esta última concesión, ante la que Stalin se detiene atemorizado. Y una nueva escisión empieza a dibujarse en el seno del partido.

Pero no hay que hacerse ilusiones. Los jefes del partido podrán acometerse encarnizadamente y acusarse mutuamente de contrarrevolucionarios y de “thermidorianos”; podrán acertar o errar en esta política oportunista de zigzag, de tira y afloja, que vienen desarrollando; pero hay una inmensa masa popular dispuesta a todo trance a defender el régimen y a impedir toda reacción capitalista o pequeñoburguesa. Se da el caso que la misma gente que pone en peligro la vida del régimen, incluso el “nepman” y el “kulak”, los enemigos jurados del comunismo, se levantarían en masa para apoyar al gobierno de Moscú si éste se hallase realmente en trance de tener que abandonar el poder.

4/10/1928

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