Octubre 1934

Demostración documental de la falsedad de la violación y asesinato de las tres muchachas

Francisco Caramés

Los que no quieren enterarse nunca de la verdad y enjuician todo según sus especialísimos puntos de vista no querrán creer lo que escribiremos. Peor para ellos, si no son capaces de enmendarse ni de recoger las enseñanzas de lo acaecido. A nosotros nos basta con que nadie pueda desmentirnos. Luego si algunos se empeñan en fingirse ciegos ante una verdad que se adentra en el espíritu a poco que uno se pare a reflexionar, que sufran las consecuencias que se deriven de su intransigencia si en algún momento son llamados a rendir cuentas.

Un “terrible” rebelde

Aun sabiendo cuánto habrá de avergonzar el recuerdo de esta buena acción al que la ha realizado, queremos traer a este primer plano de la actualidad el corazón libre de falsos sentimentalismos de un auténtico revolucionario. Nos referimos a Gustavo de la Fuente, padre de la infortunada “Libertaria” y una fiera sanguinaria, según la interpretación de muchas plumas que se dicen cristianas. Es Gustavo de la Fuente –mejor diríamos era, porque ha quedado medio destrozado para el trabajo- un artista de excepcionales condiciones para la pintura. Ultimamente –antes de la revolución, se entiende- ocupaba sus afanes, además de en otros trabajos particulares, en la publicidad de la empresa teatral Fernández Arango de Oviedo, arrendataria de los teatros Campoamor (quemado por las fuerzas del Gobierno por razones de táctica y necesidades de la defensa del cuartel de Santa Clara), Torreno y Jovellanos.

En medio tan poco propicio, pues ya es sabido que para un buen negociante sobran las inquietudes artísticas, y los empresarios lo son, Gustavo de la Fuente sabía destacar su fino espíritu creador por encima de la vulgaridad de las normas que le trazaban, y no han sido pocas las compañías que han mostrado su admiración al ver la publicidad que el artista creaba.

Sus únicos ahorros estaban en su biblioteca, en la cual se podían hallar las más recientes modalidades de los pintores del Mundo, especialmente en la rama decorativa.

Vinieron los días malos; y como los libros no alimentan estómagos, la familia –lo que ha quedado en la calle de su familia- ha tenido que hacer verdaderos equilibrios para poder vivir, además de acompañarles a todas partes la amable aureola de la criminalidad.

La hija, “disparando con una ametralladora”, el padre, “miembro del comité revolucionario de Oviedo”; la esposa “haciendo comida para los rebeldes”, sin pararse demasiado a mirar si entre los trozos de carne iba alguno de sacerdote salado; las otras hijas, “actuando de camilleras”. ¿Qué clase de familia es ésta?

Si por un instante fuera posible llamar a la razón a los que deliberadamente se niegan a razonar, yo les haría esta proposición: Si existe un solo ovetense que haya recibido un daño de Gustavo de la Fuente, que lo diga y yo me daré por vencido.

Bastaría esta demostración para probar la certeza de cuanto digo, pues resulta sorprendente que a una fiera tal haya nadie que la estime. Pero era mucho más fácil meterlo en la cárcel con la mayor parte de su familia y deshacerle moral y materialmente por el solo hecho de “tener ideas”.

Porque, efectivamente, Gustavo de la Fuente, es comunista; pero creemos haber leído en algún lado que en España por eso no se puede perseguir a nadie y que ser comunista no es todavía un delito.

La satisfacción del deber cumplido

En su juventud Gustavo de la Fuente tuvo un desliz, igual exactamente a los que acostumbran a tener los que no son comunistas, con la única diferencia que éstos lo callan y no les preocupa, en tanto que a Gustavo de la Fuente le preocupaba en grado sumo.

Pasados bastantes años supo que su hijo andaba cerca, sin trabajo y en situación no muy próspera. Quien estas líneas escribe lo vió llorar de emoción al conocer la grandeza de pensamiento de la buena compañera, que se avenía a dar cobijo al muchacho sin sermones extemporáneos.

Esta tremenda fiera es así. Bastante vergüenza le dará que yo lo diga; pero no hay más remedio que exhibir lo malo de los hombres de ideas cuando los que no las tienen los tratan tan cariñosamente. Pero ¿Es posible esto?

La respuesta a esta pregunta puede obtenerla quien lo desee comprobando si es cierto cuanto aquí se escribe.

“La Libertaria”

La seguiremos llamando así, aunque nadie la conocía en Oviedo por ese nombre, porque con tal denominación alcanzó la triste popularidad que ha seguido a su muerte, a raíz de los sucesos de octubre.

Aida de la Fuente Penaos era una niña por sus años, por sus facciones y por su espíritu. Cuando hablaba parecía que su voz venía de un mundo interior. Su mirada estaba siempre abstraída en lo impreciso. Daba la sensación de un cuerpo vagando por entre las fealdades del mundo en tanto el pensamiento se recreaba en otro más risueño e igualitario.

Muchas tardes llegaba al teatro que yo regentaba solicitando las entradas que la familia tenía derecho por el cargo de Gustavo, y las pedía con humildad y el temor de quien cree que le dan algo que, legalmente, no le pertenece.

Aida de la Fuente era débil de complexión; aniñadísima por sus años –dieciséis- y por su vocecita, que denotaba un temperamento más que rebelde, místico.

Júzguese el contraste que ofrece esta estampa verdadera con el de los que la presentan manejando una barra de hierro, como si se tratase de un liviano barquillo de helado.

César

Así fue…

Pregunto a una de las hermanas:

-¿Cuál fué la última noche que Aida durmió en casa?

-La del viernes 12 de octubre.

-¿En qué se habían empleado ustedes aquellos días?

-Ella había salido, como muchísimas más, a atender a los heridos de una y otra parte. Su bondad y su temperamento pronto al sacrificio la llevaban a todos los lugares en donde había que realizar un bien, hubiera o no peligro. La decían que había que ir a la fiesta de la flor para recaudar fondos con destino a los menesterosos, y allí estaba nuestra Aida en primera fila.

-¿Cómo ha sido al denominarla “La Libertaria”?

-No lo sabemos. Nadie, hasta después de la revolución, la llamaba así. Creemos que habrá sido como recuero de otra muchacha que vivió parecidos momentos en casas Viejas, si bien a aquella, afortunadamente, no le pasó lo que anuestra infortunada hermana.

-¿Es cierto eso de la barra?

-¿Y usted lo pregunta?

-Pudiera tratarse de una cosa desconocida para mí.

-Pues no hay nada de cierto, o hay muy poco en esa información.

-¿Quién la mató?

-Un legionario apellidado Torrecilla.

-¿Están ustedes seguras?

-El mismo lo ha dicho a un periodista.

-¿Dónde está ahora ese legionario?

-En Africa. Le trasladaron acusado de haberle visto hablar en el hospital de Oviedo con Teodomiro Menéndez cuando éste estaba allí enfermo a consecuencia de su intento de suicidio. En la casa en donde se hospedaba en la calle Caveda dijo muchas veces que estaba arrepentido de haberla matado y que lo que había dicho había sido porque unos periodistas le habían obligado a beber.

-¿Sufrió usted algún vejamen? -digo a Maruja Lafuente, hoy presa en Madrid.

-Me desnudaron completamente los moros en el hospital a pretexto de ver si en el cuerpo se me conocían señales de haber disparado cuando la revolución.

-¿Cuántas de ustedes han estado detenidas?

-Menos una, todas.

-¿También tu madre?

-Mamá, de las primeras.

-¿Por qué?

-Nos lo estamos preguntando nosotras desde hace tiempo sin hallar respuesta satisfactoria. No se podía meter en nada porque papá estaba enfermo hacía seis meses de asma. Cuando los de Asalto recorrieron nuestro barrio deteniendo a los vecinos dijeron a nuestra madre:

-Rú, ¿por qué estás ahí?

-Estaba haciendo comida –respondió ella.

-Serás una…

E hicieron un ademán desagradable. Ella respondió:

-Yo soy una mujer decente.

-Sí, una…

La llevaron al cuartel de Asalto y allí permaneció veintitantos días. Un capitán, que era una buena persona, al enterarse de los motivos que la retenían allí la puso en libertad, en unión de una niña que había sido detenida cuando iba a un recado y que aún conservaba apretado en la mano el duro que su familia le había entregado para adquirir víveres.

Así es esta familia que algunos periódicos presentaron como prototipo de crueldad.

Se me olvidaba decir que un hermano de estas muchachas, el recogido por el padre, supo a su vez que era padre él un mes después de la insurrección, cuando se hallaba preso en la cárcel de León.

Vean ahora como ha sido, en verdad, la muerte de “La Libertaria”.

Conste que respondemos de cuanto escribimos, y que si velamos el nombre de quien nos informa es por cumplir la palabra que hemos dado:

“Al avanzar por la calzada que sube a San Pedro de los Arcos, el fuego de los revolucionarios era intensísimo. Cuando éstos vieron que era imposible la resistencia iniciaron la desbandada. En este instante, Aida de la Fuente, en un impulso de generosidad, dijo:

-No marchar todos; que se quede alguno para defender la retirada de los demás.

Instintivamente se abalanzó a la ametralladora, recibiendo entonces el primer disparo.

A medio camino, desde el lugar conocido como bar Cantábrico hasta San Pedro de los Arcos, encontramos a Aida de la Fuente. Estaba sentada en un saliente de una cochiquera, reclinada hacia atrás y llena de sangre.

Hay distintas versiones de los hechos, que nos abstenemos de recoger porque no aportan nada fundamental al relato que hemos hecho.

El romance anónimo, laurel que disciernen los labios de las multitudes y que diviniza el viento, comienza ya a tejer la gloria eterna de esta mártir de la idea.

“La verdulera”

El barrio de La Argañosa es uno de los más modernos y de más claro porvenir entre todos los de Oviedo. Su crecimiento data de muy pocos años, y en cada uno sorprenden las suntuosas edificaciones, las industrias y los recreos que allí se van estableciendo. No tardando mucho, cuando la carretera de circunvalación, hace tiempo proyectada, sea un hecho, La Argañosa será el primero de los barrios modernos, higiénicos y selectos de Oviedo.

Favorece especialmente esta parte de la capital de Asturias el cruce de la carretera de Los Monumentos, que recibe este nombre por estar en lo cimero de la misma San Miguel de Lillo y Santa Marina, reliquias arquitectónicas que son muy visitadas por los turistas y que están muy cerca de la vía que lleva a la cumbre del monte Naranco.

Durante los meses de abril a noviembre La Argañosa es el paso obligado de todos los ovetenses que desean tomar el aire puro de las cresterías al tiempo que disfrutar de un paisaje delicioso.

El primer domingo de julio de todos los años se celebra en la cumbre la romería del Naranco, que congrega allí a cuarenta o cincuenta mil romeros.

En la bifurcación de las calles avenida de Colón, prolongación de Independencia y el nacimiento del barrio de La Argañosa, enfrente mismo de la casa conocida como El Gorrión, tiene su puesto de frutas y hortalizas la madre –llamémosla así aunque el padre de la interesada está casado en segundas nupcias- de Elena Pérez Domínguez, conocida por “la verdulera” como resultado de los quehaceres que diariamente realiza y que consisten en llevar hortalizas y frutas a las casas del barrio.

No existe otra en La Argañosa que pueda conducir a error, pues si bien un poco más abajo hay otra frutera llamada María, las dos hijas de ésta son aún unas niñas.

El padre de Elena, como hemos dicho, casado en segundas nupcias, está entre indignado por la calumnia de que han hecho objeto a su hija y temeroso de que le ocurra algo desagradable en estos momentos, en los cuales hasta razonar es un delito.

Le pregunto:

-¿Salió tu hija de casa durante los días de la revolución?

-No, siempre estuvo a mi lado.

-¿Siempre?

-Ni cinco minutos permaneció sola. Cuando salíamos lo hacíamos todos juntos. Y eso a las aceras del barrio, pues no se podía aventurar uno mucho.

-¿A qué atribuye usted lo de su hija?

-Yo no lo sé, señor. No sé de dónde ni por qué han sacado ese cuento.

-¿Hay alguna verdulera más en La Argañosa?

-Mi hija es la única llamada así, por las faenas que diariamente realiza.

-¿En dónde está ahora?

-Como siempre, repartiendo por las casas de los vecinos legumbres y otras cosas.

-¿Quiere usted escribirme unas líneas que desvanezcan ese absurdo que han inventado y que tiene en la cárcel a unos hombres?

-¿Me pasará algo?

-Decir la verdad no debe ser merecedor de castigo. En todo caso, piense en lo que están sufriendo.

-Entonces, ahora mismo. Y muy agradecida por acabar con esa mentira, pues con ella no ganamos nada nadie; ni los que están acusados, ni nosotros.

-¿Se han presentado ustedes a alguien para decir eso?

-Sí, señor, pero tenemos miedo de que nos ocurra algo.

-Es que en la cárcel hay algunos inocentes y es necesario decir lo que se sepa para que la verdad resplandezca.

-Si es para eso, yo escribiré cuando quiera.

Y nos entrega el documento que insertamos, que dice textualmente: “Yo, Isidoro Pérez Fernández, de cuarenta años, casado con Amelia, mi segunda mujer, justifico que mi hija Elena Pérez Domínguez, de dieciocho años de edad, durante la revolución de octubre de 1934 no faltó ni cinco minutos de casa de su padre; y para que se desmientan las mentiras le mando esta fotografía de ella al periodista Francisco caramés.

Y para que conste firmo la presente en Oviedo a 6 de abril de 1935. Isidoro Pérez.”

Mañana hablaremos con el último “cadáver”, que vive muy cerca de Madrid.l

Oviedo abril 1935, publicado el 11 de enero de 1936

Categorías:Octubre 1934

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