Vuelta a Europa

Periodismo burgués y periodismo comunista

Manuel Chaves Nogales

-¿Cómo se ejerce en Rusia la censura de prensa? –he preguntado en Moscú a un periodista.

-Aquí no se ejerce la censura previa –me ha comentado-. Los periódicos publican todo aquello que sus redactores jefes creen que debe publicarse.

Cuando ha visto que yo me sonreía, mi interlocutor se ha apresurado a aclarar:

-Claro que los redactores jefes de los periódicos creen que solo puede publicarse aquello que conviene al gobierno. No crea usted que nos preocupa la necesidad de dar una apariencia de libertad de prensa. No; el periódico está aquí totalmente en manos del gobierno de Moscú y así debe ser. El cargo de redactor jefe de un periódico es un cargo político que se otorga solamente a personas de confianza del gobierno absolutamente identificadas con su política; el periodista es un funcionario más de la máquina administrativa del régimen.

El partido comunista no tiene por la prensa ninguna simpatía. Los bolcheviques consideran el ejercicio del periodismo como la manifestación más clara del servilismo de los intelectuales a la burguesía. Esta enemistad está sobradamente justificada. Los “leaders” del bolchevismo han sido objeto de las más furiosas campañas de prensa y todavía son los periódicos económicamente dependientes de las empresas capitalistas los que mantienen en el mundo el cerco al comunismo. Cuando en los primeros días de noviembre de 1917 los bolcheviques se habían apoderado de Petrogrado y los obreros, soldados y marinos, ejecutando las primeras disposiciones del comité militar revolucionario reunido en el Instituto Smolny, ocupaban triunfalmente las calles de la ciudad, todavía los periódicos de Petrogrado fieles a la causa burguesa arremetían contra ellos ferozmente y dando gritos de espanto ante lo que llamaban el fin de la civilización azuzaban a la juventud intelectual y burguesa lanzándola al combate contra los proletarios.

Para los bolcheviques la prensa no merece ninguna consideración de índole moral, no es más que un arma de combate absolutamente inerte por sí sola de la que se dispone desde el poder como se dispone de las ametralladoras o de los perros de asalto. Se incautaron de ella del mismo modo que se incautaron de los depósitos de municiones y no han tenido nunca la sospecha de que actuando independientemente del poder público la prensa pueda realizar ninguna función social.

“Es cierto –dice Trotski- que escribimos bastante mal, que los artículos de fondo de nuestra “Investia” están llenos de párrafos mal construidos y plagados de contradicciones (¿cómo habría sido posible sin contradicciones?) y que se ha perdido aquel estilo periodístico tan acabado que teníamos antes de la revolución de noviembre, cuando Milukov babeaba la prosa exquisita de sus artículos de fondo y Hessen servía maravillosamente al público los mejores bocados de los procesos de divorcio; pero la verdad es que todos estos “desnatadores de cultura” lo que hicieron fue liquidar la revolución de 1905 con sus brillantes prosas periodísticas.”

En el régimen comunista, los periódicos, siguiendo este criterio, no son más que escuderos de la revolución. Se les ha podado implacablemente de todo aquello que pudiera ser una reminiscencia burguesa y se los ha convertido en boletines oficiales del gobierno.

Para no dejar al periodismo tradicional ni siquiera el valor social que tiene como portavoz de las masas populares los comunistas crearon y fomentaron los llamados periódicos murales, una especie de tablilla de avisos colocada a la entrada de todas las fábricas y oficinas donde los obreros pegaban sus comunicados manuscritos exponiendo sus reclamaciones, sus críticas y sus alabanzas. Este sistema rudimentario de expresión de la voluntad popular acababa de quitar toda su importancia a la prensa y daba satisfacción a la necesidad que tiene el pueblo de manifestarse sin ocasionar un grave peligro para la dictadura por la escasa difusión que aquellas opiniones inmovilizadas en un paredón podían tener.

Los periódicos murales están hoy en franca decadencia; los obreros han ido cediendo en el fervor intervencionista de los primeros momentos de la revolución y cada vez acuden menos con sus quejas a estas tablillas que antes llenaban a diario con sus escritos. Yo he visto infinidad de periódicos murales en los que no hay más muestra de expresión popular que alguna divagación teórica sobre el marxismo o los pinitos literarios de algún obrero amarilleando bajo los efectos del sol de muchas semanas.

A pesar de todos sus pecados el periodismo es insustituible. El partido comunista no ha tenido más remedio que respetar su forma tradicional y darle una apariencia de libertad aunque en el fondo le tenga totalmente sometido.

El régimen de prensa de los soviets es bastante curioso. Los periódicos tienen una gran libertad para tratar de todas las cuestiones de la administración según el criterio personal de sus redactores. En cambio no se les consiente ninguna discusión de carácter doctrinal. Para la prensa soviética no hay más que una doctrina social, el marxismo, ni más interpretación de ella que la del gobierno de Moscú.

El sistema es radicalmente distinto del que siguen los gobiernos burgueses en sus intervenciones periodísticas. Por lo general todas las dictaduras capitalistas utilizan la censura de prensa para impedir las campañas periodísticas dirigidas contra la administración y en cambio dejan una gran libertad para las discusiones doctrinarias. El gobierno soviético, por el contrario, consiente las campañas de prensa contra la administración por enconadas que sean. Recientemente algunos periódicos de Moscú han arremetido contra el comisario del pueblo Lunatcharsky, al que acusaban de haber pasado una temporada en el extranjero en compañía de una célebre artista despilfarrando en placeres burgueses el dinero soviético. Mientras estuve en Rusia seguí atentamente las contestaciones que los obreros daban a una encuesta abierta por la “Gaceta” de Moscú que preguntaba a los trabajadores las razones que tenían para no figurar en el partido comunista. Me he hecho traducir literalmente una de las contestaciones publicadas que decía así: “No soy comunista porque me repugnan las inmoralidades de la burocracia del partido.” Y debajo la firma y la dirección del que opinaba.

Esta libertad desaparece en cuanto se trata de asuntos de política exterior. De lo que pasa en el extranjero el ciudadano de la Unión no tiene más noticias que las que le le facilitan los boletines oficiales del comisariado de relaciones exteriores. La incomunicación del pueblo ruso con el exterior es absoluta.

Sólo aquellos acontecimientos a los que puede darse una interpretación revolucionaria ganan las columnas de la prensa. Yo he podido comprobar cómo personas cultas que estaban al tanto del movimiento científico e intelectual de todos los países de hallaban absolutamente desorientadas en cuanto se refiere a la política internacional, hasta el punto de ignorar incluso la existencia de hechos de importancia capital para la marcha política del mundo.

En cambio, una mañana me he encontrado en un periódico de Moscú con dos columnas llenas de informaciones sobre la huelga obrera planteada hace dos meses en Sevilla a la que se atribuía una importancia política que yo, español, ni sospechaba siquiera.

20/10/1928

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