Investigación

El triste papel de la prensa en la crisis de Guinea de 1969

Jon Burgoa

El sábado 12 de octubre de 1968, España culminaba la independencia de su última colonia al sur del Sáhara Occidental: Guinea Ecuatorial. Pero lo que vino por ser uno de los mejores escaparates publicitarios para la política exterior del Franquismo acabó convirtiéndose en un desastre estrepitoso meses más tarde, al darse de bruces con una realidad que no quería ver y tardó en digerir con su peculiar modus operandi. Seis meses después, Guinea Ecuatorial rompía definitivamente los lazos con la vieja metrópoli. Una crisis diplomática en marzo de 1969 se interpuso entre ambas naciones. Una crisis nada espontánea, respuesta a una serie de cúmulos desarrollados en el país desde el momento inmediato de su lograr su ansiada libertad, que provocó el temor entre los españoles residentes en el país africano y el despliegue del aparato de censura franquista para mitigar sus consecuencias mediáticas entre la opinión pública en España.

El régimen era consciente de la necesidad de dominar la situación y de evitar que la publicación desmedida de informaciones manchara su expediente, por lo que dejó ejercer con plenos poderes a la censura para conseguir que los medios nacionales informaran de la crisis. Eso sí, a medias tintas. Algunas noticias tardarán en ser publicadas, y cuando aparezcan, lo harán tras haber pasado por los aros de fuego preparados a tales efectos: manipulación, omisión y filtración.

Antes del detonante de la crisis, se sucedieron dos hechos que explican la actitud y la animadversión del presidente Macías hacia España, ambos a finales de 1968. Primero, el vacío de las cuentas del Banco Externo de España en Guinea Ecuatorial, que impedía pagar a los funcionarios y llevó al joven país a una situación de déficit. La respuesta de Macías fue pedir un aumento de 400 millones al presupuesto asignado por España, de alrededor de 700 millones de pesetas. La negativa de España a dicho aumento y el envío de pequeñas partidas para solventar el déficit no fueron del agrado de Macías. A este asunto económico se sumaría el segundo problema, la repatriación y detención de Bonifacio Ondó. Macías estaba convencido de que quien fuera su antiguo compañero en el gobierno autonómico estaba confabulando para derrocarle. Tras ser extraditado y encarcelado, la diplomacia española buscó su salida inmediata de la cárcel, gesto visto por Macías como una confabulación de España contra su persona. Un desconocido pero tenso episodio histórico que acabó con la expulsión del país de diversos ciudadanos españoles en diciembre.

La crisis diplomática estallaría en la ciudad de Bata –capital continental– el 23 de febrero de 1969 con el episodio conocido como “Crisis de las banderas”. La presencia de un “exagerado” número de banderas rojigualdas –tres en realidad– provoca las iras de Macías, quien obliga a su guardia a irrumpir en el consulado español para arriar forzosamente la bandera. Este acto de violación llevó a enaltecer los ánimos de los partidarios más radicales del presidente, conocidos como Juventudes con Macías; a atemorizar a la población blanca y a obligar, con más tensión que orden, a la Guardia Civil –por orden del embajador –a ocupar los principales puestos estratégicos de Santa Isabel a fin de poder controlar la situación, acción que Madrid aborta a las pocas horas a fin de evitar un mal mayor. Macías seguiría en su escalada de horror provocando una tormenta política con nuevos discursos, explotando definitivamente contra España, contra los ciudadanos españoles y contra la Guardia Civil.

La prensa española obviará estos acontecimientos de febrero. En Madrid, ni el Ministerio de Información ni las redacciones saben cómo actuar ante esta situación, ni están preparadas adecuadamente para tratar el tema y darlo a conocer a la opinión pública, que desconoce la tensión de los compatriotas en Guinea Ecuatorial. Al final, un llano teletipo de la Agencia EFE será la punta de lanza de los medios para informar de lo ocurrido aquellos días en Bata, aunque dicho teletipo no avanzara nada de la “Crisis de las banderas”, pues sus líneas no cuentan nada acerca de una crisis ni de unas banderas, solo de diversos incidentes en Bata de los que se omitirán las causas, aunque sí posibles autores: las Juventudes con Macías.

A finales de febrero, el miedo ya estará en el cuerpo de los españoles residentes en Guinea Ecuatorial, desconocedores de que en España apenas conocían su situación real. Sin embargo, el Gobierno realizará una operación paralela a la informativa y decidirá el traslado de cinco navíos de la compañía Transmediterránea y el incremento de los vuelos Barajas – Santa Isabel para evacuar al casi total de ciudadanos españoles. En esos mismos compases, se daría la muerte del único español: Juan José Bima Martí asesinado por milicianos de las Juventudes con Macías cuando pretendía salir del interior del país junto a su mujer –embarazada– y treinta compañeros a bordo del carguero madedero Kogo. Su muerte acabará siendo omitida por la prensa, a excepción de Pueblo, el único con la suficiente valentía o libertad editorial para hacer pública la noticia.

El episodio más tenso de la crisis diplomática sucedería a partir del miércoles 5 de marzo, día del fallido golpe de Estado de Atanasio Ndongo. La censura del régimen franquista no informaría directamente de estos hechos. Hasta que se decida dar a conocer a la población la noticia, los periódicos irán lanzando pequeñas pistas enmarcándolas bajo la etiqueta de “rumores no confirmados”, como las informaciones que publicaron al día siguiente ABC o El Alcázar. El viernes 7 medios como La Vanguardia o Ya acabarán informando, a grandes rasgos, de un golpe de Estado, y anunciando a Atanasio Ndongo y Saturnino Ibongo –ministro de Asuntos Exteriores y representante de Guinea Ecuatorial en Naciones Unidas– como los principales cabecillas del mismo. Los mismos periódicos marearan la perdiz sobre el devenir de los presuntos organizadores. De ahí, que las informaciones sobre el estado de Atanasio Ndongo varíe, en poco tiempo y diferentes medios, de estar malherido a estar grave y, posteriormente, a haber fallecido. Ese mismo viernes 7, el diario Ya remarcaría dicho golpe como un asunto de “carácter puramente interno”, una conspiración urgida desde las entrañas del tenso gabinete de Macías Nguema.

Setenta y dos horas después del golpe de Estado, los medios españoles, por medio del aparato de censura y propaganda franquista, manifestarán su repulsa por el golpe de Estado, e iniciarán una rocambolesca artimaña por la que los periódicos, indiferentemente de su posición dentro del régimen, van a buscar la mínima oportunidad para criticar –hasta niveles insospechados– la posición de Macías, un antiguo funcionario del régimen colonial. Pero no solo eso, también buscarán, por activa y por pasiva, la manera de exonerar al Gobierno ante la opinión pública, de limpiar su honor y asegurar a la población española que el Franquismo no tenía nada que ver en todo ese asunto. Esta última medida buscó silenciar las teorías de Macías sobre una posible intervención española –teoría basada en unos rumores que el propio Macías lanzó con supuestas pruebas pero que siguen sin poder ser contrastadas a día de hoy– y echar las miradas a otro lugar y a otra persona, asunto que llevó con especial interés el ultraderechista El Alcázar, quien llegó a insinuar una confabulación de la Unión Soviética o del Reino Unido –por Gibraltar– en el asunto de Guinea Ecuatorial.

A mediados de marzo, el régimen dejará a un lado las cargas de culpa a Macías para centrarse en la preocupación mediática sobre la salida de los españoles. Sin embargo, poco iba a durar esta técnica, pues días después se producía una nueva carga del séptimo de caballería periodístico, que regresaba con la artillería para abalanzarse sobre Macías cuando se da a conocer las mil y una trabas puestas para impedir la salida de maestros, doctores y técnicos que esperan evacuar. Al igual que en el informe de la Guerra de Ifni (1957 – 1958), se procedió a introducir entre las informaciones de Guinea Ecuatorial textos escritos por medios internacionales, con el objetivo de dar a mostrar una mayor realidad saltándose la censura desde dentro. Ese fue el caso de la intervención del New York Times (en la edición de Pueblo, martes 25 de marzo de 1969), que aseguraba que la situación del país era dramática, y que Macías se encontraba alterado y desbordado por los acontecimientos que se sucedían. Sería el propio Macías después de la presión ejercida por la ONU quien daría todas las protecciones a los españoles para evacuar el país. Una noticia recibida con gran tranquilidad por la prensa española, quien notificaría el fin de la evacuación civil para el 30 de marzo, mientras que la militar, replegada a Fernando Poo, se atrasará una semana más. La salida de los últimos de Guinea daría por finalizado el episodio de la crisis diplomática entre España y Guinea Ecuatorial.

La propia prensa se alzaría como altavoz para criticar los castigos cometidos contra los participantes del fallido golpe, muchos de los cuales o bien fueron educados en España o trabajaron para su administración en la última etapa. Destacan en este aspecto dos nombres: Saturnino Ibongo, a quien se le dedicaría un emotivo artículo el domingo 23 de marzo en La Vanguardia, escrito por Manuel Aznar y titulado “En recuerdo de un amigo muerto a palos”. El otro, Armando Balboa, recordado por Antonio Gibello en otro artículo de opinión escrito en El Alcázar el martes 18 de marzo y titulado “Una fosa más en Guinea”. Se trató este de un texto de alta connotación sentimental cuyo párrafo final acabó concentrando el odio del autor por la muerte de Balboa. Su cierre, escrito como profecía para el presidente Macías, aseguraba que dicha crisis sería recordada por los enemigos políticos, y aprovechada para ir en su contra en el momento justo, como sucedería finalmente en 1979 al acabar derrocado.

Después de los terribles recuerdos de marzo, la prensa, la censura y el propio régimen volverán a echar la vista hacia otro lado. Aunque España firma nuevos acuerdos con Guinea Ecuatorial, las actitudes y acciones de Macías acaban con la ruptura definitiva de las relaciones en 1971, cuando se decreta en España la prohibición informativa de cualquier asunto referente a la antigua colonia, catalogado ya como “materia reservada” y vetado hasta la llegada de Adolfo Suárez. A pesar de que la Democracia restauró el nombre de Guinea Ecuatorial en los medios de comunicación, el efecto de censura buscado por el régimen funcionó: el recuerdo colectivo sobre Guinea Ecuatorial fue borrado en varias generaciones posteriores. Esta huella también está presente hoy en día en los libros de Historia Contemporánea, que han acabado reduciendo, consciente o inconscientemente, a unos pocos párrafos la rica historia de unión entre dos países que durante casi doscientos años fueron uno solo.

Categorías:Investigación

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