Comentario

Periodismo sin whatsapp: el primer corresponsal

Fernando García Mongay

Hasta la aparición del telégrafo, las noticias tardaban en conocerse en el siglo XIX el mismo tiempo que en la Edad Media. A veces se demoraban tanto como en la época de los romanos. José de la Peña recuerda en su libro Historias de las telecomunicaciones que el 8 de enero de 1815, más de 8.000 hombres de las tropas británicas se enfrentaron a las tropas americanas que protegían la ciudad de Nueva Orleáns. Cuando estaban avanzando, sufrieron el fuego de la artillería americana. En poco más de 25 minutos morían más de 2.000 hombres, entre ellos la mayor parte de los oficiales. El relato de la batalla de Nueva Orleáns es similar al de cualquier otra donde se ha producido una masacre de soldados. Pero existe una diferencia notable con otras contiendas bélicas. Cuando se celebró la batalla, hacia quince días que los dos países ya no estaban en guerra. Los oficiales que se encontraban al mando de las tropas no conocían la noticia y continuaron ordenando a sus tropas que combatieran. Fue necesario esperar unos pocos años para que se inventara la luz eléctrica, el teléfono, los automóviles, la fotografía, el gramófono y, por supuesto, el telégrafo, que fue la primera tecnología que modificó la forma en que llegaban las noticias a los periódicos. La expansión del telégrafo corrió paralela a la del ferrocarril.

En la guerra de Crimea (1854-1856), considerada como la primera donde se aplicaron las modernas técnicas bélicas, fallecieron alrededor de 650.000 hombres, más que en la guerra civil norteamericana qué tendría lugar unos años después. Para conectar el campo de batalla con los centros de tomas ele decisiones, los ingleses instalaron el telégrafo a la par que construyeron una pequeña línea de tren para abastecer a sus tropas. Con la ayuda del telégrafo, la de Crimea también se convirtió en la primera guerra que se podía seguir día a día a través de los periódicos. William Howard Russell, de The Times de Londres, fue, a juicio ele muchos historiadores del periodismo, el primer corresponsal que envió noticias desde el frente de batalla. Sus artículos influyeron decisivamente en el curso de una guerra de la que también se dispone fotografías. Roger Fenton condujo su carromato, el Pbotographic Van, para poder revelar las 360 fotografías que obtuvo. En las imágenes de Fenton no se aprecian los horrores de la guerra. El fotógrafo, que viajó a Crimea por encargo del editor Thornas Agnew, no captó las imágenes más desgarradoras para transmitir una visión más acorde con los deseos de su editor que pretendía dar una imagen aventurera de conflicto. Fenton

Se considera que Roger Fenton (1819-1869) fue el primer fotógrafo de guerra. En 1844, Fenton abrió un taller fotográfico en Londres donde se dedicaba a realizar imágenes de bodegones. La guerra de Crimea le animó a desplazarse hasta el campo de batalla. Salió de Londres a principios de 1845 y llegó a Balaclava el 18 de marzo. Llevaba el laboratorio de revelado en un carromato y le acompañaban tres ayudantes. En tres meses realizó más de 300 negativos. El procedimiento de trabajo no le permitía trabajar en horas de mucho calor, pero recopiló una buena colección de retratos como, por ejemplo, el de William Rusell, el periodista enviado por The Times de Londres. En 1838, siete años antes de que Fenton capturara las imágenes de Crimea, Daguerre dio él conocer su invento que fue conocido como daguerrotipo. El artefacto móvil que permitía obtener daguerrotipos, con sus accesorios para la placa y el revelado, incluyendo el trípode, pesaba unos 50 kilogramos y costaba 400 francos oro en 1839. El peso y el volumen se redujeron rápidamente. Tanto es así que en 1811 ya existían cámaras que pesaban alrededor de 4 kilos y se podían comprar por 250 o 300 francos. Las placas, que antes costaban 3 o 4 francos, se compraban por 1 franco. La fotografía pasó a formar parte de los gustos de la época y se popularizó deprisa. Tanto que en 1850 se cree que ya había 2.000 daguerrotipistas activos. Entre 1840 y 1860 se calcula que se hicieron 30 millones de fotos.

En los comienzos de la fotografía, las placas de las imágenes viajaban con el fotógrafo. Si se exceptúan algunos ingeniosos casos donde se emplearon palomas como medio de transporte. Aunque no se trataba exactamente de fotografías. En 1867, el señor Dagron presentó pequeñas fotos de 1 milímetro de lado para las que empleaba película de colodión. En la guerra de Francia con Prusia, Dagron salió de París en dirección a Tours con el objetivo de organizar la confección de los diminutos despachos para que los pudieran transportar las palomas, unas aves que sólo pueden llevar un peso inferior al gramo. En su Historia de la Fotografía, Marie Loup Sougez transcribe la explicación que aparece en El sitio de París visto por dentro, escrito en 1871, en español, por Ángel Aguado:

Los despachos podían tener hasta 40 palabras reunidas topográficamente por grupos de 50 despachos en hojas de papel de 13 x 18 centímetros. Seguidamente las hojas eran reproducidas sobre clisés fotográficos ordinarios y estos clisés ele 50 despachos cada uno se reducían a la dimensión microscópica de 1 milímetro y luego por grupos de 200; de manera que los 10.000 despachos no ocupaban en superficie más de 10 centímetros cuadrados o sea un paralelogramo de 2 x 5 centímetros.

A su llegada se leerían los despachos microscópicos […] con un megascopo que proyectaba las líneas en una pantalla delante de la cual había escribientes para copiarlos.

Estos despachos se encerraban en un canutito de pluma, que se ataba sólidamente a una de las plumas del volátil correo.

Sougez asegura que de las 365 palomas que salieron de París, sólo regresaron 57. «Las demás perecieron, víctimas del duro invierno, de las balas prusianas o de la codicia de la población hambrienta».

El reportero conocía la noticia y corría a la oficina de telégrafos para que la transmitieran cuanto antes al periódico. Como los cortes de la línea eran frecuentes, el oficio enseñó a los periodistas a escribir en el primer párrafo lo esencial de la noticia y luego añadir los detalles en los párrafos posteriores. Si el telegrama llegaba incompleto, en la redacción, al menos, recibirían lo sustancial de la noticia. Por las deficiencias de transmisión del telégrafo se empezó a utilizar una técnica que se conoce como «pirámide invertida», por la cual se escribía en primer lugar lo esencial de la noticia: lo primero que se escribe es lo primero que se lee y en esas líneas es necesario que figure lo fundamental. Todavía hoy, cuando los reporteros están en permanente comunicación con la redacción por medio de los teléfonos móviles, la pirámide invertida sigue siendo una de las mejores técnicas para ‘solventar un texto que ofrezca la información en el estado más puro. Con un siglo y medio de vida, la pirámide invertida tiene detractores, pero muchos profesionales influyentes de la comunidad periodística siguen defendiendo su utilización.

La transmisión telegráfica también favoreció las «exclusivas», por las cuales un determinado medio da a conocer una información que no disponen los demás. Para lograr una exclusiva, el telégrafo podía ser un aliado. Henry Morton Stanley obtuvo una exclusiva para The New York Herald que hizo que sus colegas se quedaran estupefactos. El periodista fue enviado a Adén para escribir sobre una expedición británica que pretendía castigar al Negus de Abisinia. Los otros enviados especiales se enteraron después de que el reportero se embarcó y sobornó a un telegrafista. Poco después de enviar su crónica, se rompió el cable submarino y así logró contar con la garantía absoluta de que nadie más enviaría su crónica.

*Publicado originalmente en Los caminos de las noticias, de las palomas mensajeras al periodismo digital, de Fernando García Mongay. Biblioteca Aragonesa de Cultura, Zaragoza, 2006.

http://garciamongay.es/

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