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El voluntario forzoso de la División Azul

Kilian Cuerda Ros

En el verano de 1941, se puso en marcha en toda España el reclutamiento de la fuerza militar que Franco enviaría a Hitler en apoyo a su campaña contra la Unión Soviética, la conocida como División Azul, formada mayoritariamente por voluntarios. Sin embargo, más allá de la propaganda, la composición de la masa divisionaria tuvo unos niveles de heterogeneidad más elevados de lo que cabría esperar, con un amplio abanico de casos desde el habitual falangista convencido y entusiasta hasta el represaliado republicano que purgaba penas propias o de allegados. También reclutas llevados al frente de una manera dudosamente voluntaria, aunque casos así serían más comunes a partir del segundo relevo de tropas, tras el pinchazo del entusiasmo y los éxitos alemanes iniciales. Entre estos reclutas estuvo Joaquín Ros, valenciano, soldado raso, músico militar de tercera, tal y como se definía a si mismo. Durante todo el desarrollo de su estancia en la División Azul, Joaquín Ros decidió escribir un diario de su vivencia, experiencias y pensamientos. Este diario se ha conservado hasta nuestros días por parte de la familia, y por eso pude tener acceso a él, dado que Joaquín Ros era mi abuelo. El diario es el núcleo de la publicación que aquí tratamos, y que fundamentalmente es la edición del manuscrito original, precedida de un breve estudio sobre el contexto histórico y el valor y naturaleza del documento. Para la edición del documento, se ha decidido respetar al máximo la ortografía original, siguiendo criterios científicos en el tratamiento de textos históricos, pero sin recargar de notas al pie la publicación, orientada no sólo a un ámbito especializado sino también hacia un público general. Por otro lado, Joaquín Ros realizó una tarea de preservación de la memoria de gran meticulosidad, con la recopilación y conservación tanto de todos los objetos que pudo traer consigo, como de las fotografías de aquel escenario de conflicto que tanto él como algunos amigos y compañeros realizarían, inéditas hasta esta publicación, por lo que el documento se convierte en un testimonio de una riqueza poco frecuente, con imágenes que llegan incluso a ilustrar momentos y pasajes del relato del diario.

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Joaquín toma la decisión de escribir su diario por la voluntad de preservar el recuerdo, o quizá más bien de construir el recuerdo, de los hechos que estaba viviendo, para él mismo y para su familia. No era un texto destinado a la publicación, ni un escrito posterior de memorias, sino un documento personal, gestado in situ, y además clandestinamente. De hecho, según relató a familiares, llevaba las libretas donde lo escribió escondidas bajo la ropa, pues el riesgo de confiscación suponía un peligro considerable, ya que al ser pensamientos propios, interiores, no necesariamente tenían por qué coincidir siempre con las consignas y visiones oficiales. Esto marca un contrapunto de gran interés respecto a las publicaciones de diarios y memorias de la División Azul, a veces bajo la forma de “falsos diarios”, que se publicaron en los años cuarenta, de manera contemporánea o inmediatamente posterior a los hechos y con un fuerte sesgo filonazi, o ya en una época más avanzada del franquismo, en los que se pretendería marcar distancias con los nazis y destacar cuestiones como la confraternización con la población local, y que construirían lo que ha venido a llamarse el relato divisionario. Evidentemente todas estas publicaciones estarían destinadas a mayor gloria del régimen, pero en el caso que nos ocupa, estamos ante una voz interior, muy íntima y humana, de una de las personas que tomaron parte en los hechos, que escribe para sí, y que manifiesta de manera muy viva los pensamiento propios, las contradicciones e incluso las críticas. Joaquín Ros era una persona de derechas, con vínculos con la derecha tradicional católica, derecha que experimentaría un proceso de fascistización durante los años 30. Durante la Guerra Civil se afilió a Falange y combatió bajo su bandera, pero sin embargo, acudió a la División Azul de forma bastante obligatoria, como sabemos por sus palabras, y como muestra de diversos modos en el diario, tanto en modo más o menos explícito como más veladamente, donde como muy bien indica él mismo, no puede escribir todo cuanto piensa o cuanto desearía escribir, por el riesgo de confiscación, aunque eso no es óbice para que destile habitualmente una feroz crítica contra la oficialidad de la División Azul: no olvidemos que Joaquín Ros, pese a su ideología de derechas, era un hombre de origen popular, bajo la maquinaria de un ejército fascista, fuertemente clasista, corrupto y habituado a los abusos sobre los subordinados. Afloran aquí dos lenguajes: uno personal, interior, muy humano, y otro oficialista, superestructural, ideológico, aunque no por ello menos auténtico. Podemos también así acercarnos a los mecanismos que influyen en la construcción de la memoria, y sobre todo de la memoria escrita, donde tanto silencios como confesiones, o las declaraciones entusiastas, son producto del difícil equilibrio entre la situación extrema y la voz interior de quien escribe el diario, que calla lo que no quiere recordar o lo que es peligroso escribir, y que destaca las cuestiones a las que quiere dotar de especial relevancia. Estamos así ante el relato directo, personal, de un soldado raso, que da testimonio desde su condición de testigo y protagonista directo, permitiéndonos acceder a los hechos de la División Azul más allá de la propaganda y los mitos del franquismo, devolviéndolos a la materialidad de la Historia.

portada

http://www.carenaeditors.com/diario-de-la-division-azul.html

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