Artículo histórico

La España oficial y la España real

Manuel Jiménez de Parga

Terminada la disputa en la Comisión de las Cortes sobre los tres proyectos de Ley que considerábamos importantes –el de libertad religiosa, el de representación familiar y el del Movimiento- la España oficial, la que en las Cortes habló y votó, no puede pretender resumir -pienso- todas las opiniones, aspiraciones y deseos de nuestros hombres y nuestras tierras. El Diario de Barcelona advertía en los días finales de aquellos debates parlamentarios: “El país vive todo esto con notable desgana. La vivacidad de algunos comentaristas de altura consigue interesar a una mínima minoría en la anécdota del día. Pero el impacto nacional –eso hay que decirlo- no se logra, por más minutos que nos den, cada noche de película televisada de las sesiones.”

Una mínima minoría española interesada en lo que se dice y se decide sobre el inmediato futuro de la nación. El resto, la inmensa mayoría, apartada por completo de la res pública, sin prestar oído a los procuradores. La España real, como hace medio siglo, en contraste con la España oficial.

Alguna vez he recordado un párrafo de Ortega, escrito en 1914, por desgracia de rabiosa actualidad. “Y entonces –en ciertas épocas de brinco y crisis subitánea, nos dice el maestro- sobreviene lo que hoy en nuestra nación presenciamos: dos Españas que viven juntas y son perfectamente extrañas: una España oficial que se empeña en prolongar los gestos de una edad fenecida, y otra España aspirante, germinal de una España vital, tal vez no muy fuerte, pero vital, sincera, honrada, la cual, estorbada por la otra, no acierta a entrar de lleno en la historia.

En la comisión de las Cortes se ha perfilado una “extrema izquierda” con los señores Udina, Balcells e incluso Porcioles. ¿Puede alguien pensar en serio que esos procuradores representan a los sectores más revolucionarios de España? Ahora muchos observadores se dan cuenta de que amplia zonas del país, zonas de hombres moderados y de hombres reformistas, situados a la izquierda de Udina, de Balcells y de Porcioles, no han tenido portavoz en los debates de las Cortes.

La Vanguardia se lamenta de la ausencia del pueblo en las organizaciones políticas que han sido montadas en la comisión de Leyes Fundamentales: “En estos últimos días de discusiones parlamentarias –con más ruido que nueces y con más retórica que votos- se ha hablado mucho del pueblo. Y lo curioso es que los que más lo han invocado, con un cierto talante bronco y hasta demagógico, han sido algunos de los que han cerrado el paso más intransigentemente, más intolerantemente, a las propuestas encaminadas a dar a ese pueblo, con el voto, su derecho a opinar, a tomar responsabilidades y a protagonizar la vida nacional.

El pueblo, pues, marginado de las asambleas oficiales y, como consecuencia de ello, un vuelo muy corto para las próximas instituciones representativas y legisladoras. Otra vez las palabras de Ortega en 1914: “¿Qué ocurre? ¿Ocurre que estas Cortes que ahora comienzan no van a poder legislar sobre ningún tema de algún momento, no van a poder preparar porvenir ¿ No ya eso. Ocurre, sencillamente, que no pueden vivir, porque para un organismo de esa naturaleza, vivir al día, en continuo susto, sin poder tomar una trayectoria un poco amplia equivale a no poder vivir.

Destino, 24 de junio de 1967

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