Artículo histórico

La llave de la verdad

Francisco González Ledesma

Conocí a Josep Pernau, a quien acaba de serle entregada la llave de Barcelona, en un cursillo de periodismo que se desarrollaba en Salou, creo que fue en el 56 o el 57. Seguramente él no se acuerda, pero en cambio se acordará —seguro— de cómo eran aquellos cursillos organizados “desde arriba”, y con más autoridades que cursillistas. Lo primero que aprendí de Pernau entonces fue que era un hombre conciliador: siempre había gente organizando discusiones y siempre aparecía Pernau organizando la paz. Más tarde, en redacciones nocturnales, de mucha ilusión y poca paga —donde los redactores teníamos el vicio de soñar en una libertad que flotaba con las nubes— aprendí que Pernau era, además, un hombre de buen humor. La cantidad de bromas, sorpresas y si tuaciones de despiporre que organizaba era considerable. Ese buen humor era más meritorio aún en un hombre que había empezado de maestro de escuela en un pue blecito, teniendo que ir a dar clases a lomos de una mula. Más tarde, aunque no coincidi mos en los mismos periódicos, la vida nos llevó por los mismos caminos. Y aprendí otras cosas de Pernau como trabajador a todas horas —en ese lado oscuro y sufrido del periodismo que tanta gente ignora— para empresas que no siempre agradecían su trabajo. Nos encontrábamos en actos, en reuniones y, ¿por qué no?, en conjuras. Porque junto a ese Pernau luchador estaba el Pernau demócrata, que quería la libertad de expresión y consideraba que el pueblo tiene derecho a conocer la verdad. El Grupo de Periodistas Democráticos, que ahora puede parecer ingenuo, pero donde te jugabas el empleo y quién sabe si la cárcel, fue nuestro nuevo punto de encuentro, y allí aprendí que había otro Pernau que no entendía de bromas. Y si les hablo a ustedes de todo esto es porque los periodistas, que damos a conocer a tanta gente, somos en realidad unos desconocidos y por la llave de Barcelona, esa distinción que premia toda una vida de honor, abre no exactamente la puerta del futuro sino la del pasado. Es decir, la puerta de los viejos cariños y de los entrañables recuerdos. Perdónenme ustedes por tenerlos.

Pero es que además estoy diciendo la verdad: lo que cuento de Josep Pernau son hechos objetivos y perfectamente comprobables. Son cosas que se han perdido quizá en las noches de las redacciones y en las entrañas de la calle, pero que a lo mejor quedan un poco en el corazón de los hombres. Hay otros Josep Pernau sacrificados y silenciosos. El hombre de la Asociación de la Prensa y del Col.legi de Periodistes, el de la columna diaria (hay alguien que sepa lo que cuesta escribir con dignidad una columna diaria?) el que tiene que defender a los compañeros y hacer cuadrar los presupuestos. Todo esto bien merece una llave de Barcelona, una llave que –como él mismo dijo en el acto- “abre todas las puertas, pero no cierra ninguna y menos la de la esperanza.”

Permitan ustedes ahora que dé algunos detalles para la pequeña historia: presentó el acto Joan Armengol, y presentó al homenajeado Tomás Hernández, que, con Pernau, fue redactor jefe en los tiempos de las largas noches. Hablaron también periodistas ilustres, como Federico Gallo, Antonio Franco y Josep Maria Cadena, y otro que además es entrañable, como Horacio Sáenz Guerrero. Junto a él se sentaba otro de los profesionales más dignos y sacrificados de la ciudad, Jaime Arias. Todos, como Pernau, tienen la llave de una hermosa historia.

La Vanguardia, 29 de septiembre de 1993

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