Artículo histórico

Jaime Claramunt retrata a Luis Bonafoux

No conocí personalmente al formidable escritor puertorriqueño Luis Bonafoux. Sin embargo fuimos, por correspondencia, bastantes años, amigos fraternos. Eramos compañeros de redacción, pues yo ejercía el cargo de redactor jefe y después de director de El Diluvio, popular diario barcelonés del  que Bonafux era corresponsal en París.

Fui yo quien llevé a Bonafoux a El Diluvio. El era entonces colaborador de Heraldo de Madrid en la capital de Francia. Por conducto de un amigo le ofrecí colaboración en El Diluvio y él, sin pérdida de tiempo, me escribió aceptando con toda gratitud mi oferta.

En su carta me decía que El Diluvio era para él uno de los diarios más simpáticos de España, por su independencia de criterio, su vanguardismo y por el ímpetu con que defendía sus ideales.

Sinceramente me confesaba Bonafoux que en Heraldo de Madrid no podía expresar sus ideas con libertad absoluta, por impedírselo los mil y un compromisos de Canalejas, que a la sazón era el principal propietario e inspirador político de aquel diario madrileño.

Y a este propósito he de advertir que si Bonafoux se sostenía como redactor en Heraldo de Madrid era por el temor que su terrible pluma inspiraba a Canalejas. Esto lo sabía todo el mundo en Madrid.

En El Diluvio, por el contrario encontró Bonafoux campo libre para sus demoledoras campañas. Así, cuando era yo jefe de redacción, como cuando fui elevado a la categoría de director, jamás leía un artículo de Bonafoux antes de su impresión en el diario, pues en el gran escritor tenía puesta la más ilimitada confianza.

Era Bonafoux un panfletista terrible. Podía competir con los escritores franceses de su tiempo que más se distinguían en ese género literario.

Si se proponía hacer trizas a un político, lo lograba con suma facilidad, lo propio que si su propósito era hacer añicos a un escritor.

Pero, contrariamente, no había quien como él que exaltase más al que tuviese la creencia de que lo merecía. Bonafoux fue, por lo general, justo en sus juicios acerca de los hombres y de los hechos humanos.

Y fue a la par hombre de una infinita ternura. Dado su carácter, al parecer siempre arisco y huraño, nadie le hubiera considerado capaz de una sensibilidad tan exquisita como la manifestada en una numerosa serie de sus admirables crónicas.

Toda la labor periodística de Bonafoux, todos los artículos que escribió sobre asuntos del momento en que vivía se hubieran perdido a no ser por la casa editorial parisina de Ollendorf que recopiló muchos de esos trabajos en varios interesantísimos volúmenes.

En la colección de El Diluvio puede encontrarse material suficiente para la publicación de numerosos tomos de artículos de Bonafoux.

Ninguno de los periodistas de nuestra América que entonces escribían en España y Francia podían competir en desenfado y acometividad con Luis Bonafoux.

Este fue un censor inexorable de los malvados-torturadores que en los calabozos del castillo de Montjuich hicieron revivir en España los horrores de la Inquisición.

Los juzgadores del capitán Dreyfus, recluido a perpetuidad por los reaccionarios franceses en la isla del diablo, tuvieron en Bonafoux un enemigo implacable.

Ninguno de los grandes defensores que en Francia tuvo el capitán Dreyfus, inocentemente condenado, superó a Bonafoux en energía y entusiasmo a favor del mártir Dreyfus.

A crear el estado de opinión que en España y toda la América Latina estuvo a favor de Dreyfus puede decirse que contribuyó muy principalmente con su ardorosa campaña Luis Bonafoux.

Y sobrevino la gran guerra europea de naciones. Bonafoux se colocó, desde luego, con resolución inquebrantable, junto a los aliados.

Los alemanes no tuvieron enemigo más tremendo que Bonafoux. En Heraldo de Madrid, en El Diluvio de Barcelona y en todos los periódicos americanos en que colaboraba fustigó Bonafoux con terrible saña a los desencadenaron aquella infame guerra, primero de los aterradores azotes que ha sufrido la humanidad. El segundo en magnitud es, con toda seguridad, la actual lucha, también de origen teutónico.

Pero Bonafoux era siempre, ante todo, justo en sus juicios y apreciaciones. Y los errores que los gobernantes franceses sufrieron en aquella pugna con Alemania, Bonafoux se los señaló valientemente.

Así creyó que servía con toda fidelidad los intereses de Francia, que era la nación de sus grandes amores. Porque, efectivamente, Bonafoux era en todo un gran enamorado de Francia. A su región natal, Puerto Rico, apenas la recordaba[1].

Aunque no puede decirse que fuese un antiespañol como otros escritores americanos, la verdad es que no sentía por España ni grandes admiraciones ni acendrados cariños. De muchas de las cosas típicas españolas hablaba habitualmente Bonafoux irónicamente.

Los juicios, siempre justos y acertados de Bonafoux sobre la guerra despertaron las suspicacias de los patriotas franceses, quienes en su incomprensión inexplicable llegaron a formular contra él la acusación de enemigo de Francia. Y así sucedió que Bonafoux, el extranjero más fervoroso adorador de Francia se vio perseguido cual si fuese un entusiasta germanófilo.

Esta enorme injusticia se cometió con Luis Bonafoux, quien cual sino tuviese motivos suficientes a la gratitud de Francia por su magnífica campaña aliadófila podía alegar que sus hijos luchaban valientemente contra la brutalidad alemana.

Bonafoux pasó por el dolor terrible de ver que la policía francesa registraba su vivienda de las cercanías de París en busca de elementos de prueba para acusarle como traidor a la causa de Francia. No pudo avenirse a tan horrenda infamia y, poseído de la más profunda desesperación, el pobre Bonafoux murió prematuramente. Aquella muerte revistió todos los caracteres de un suicidio.

1 El autor se confunde aquí, pues el lugar de nacimiento de Bonafoux es efectivamente Francia y Puerto Rico el lugar de su infancia.

Conferencia radiada en CMZ de La Habana en los años 40 y recuperada en el Archivo Nacional de Cuba

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